Capítulo I "Apuntando al cielo"
Apuntando al cielo
Mateo Leviev asumía la
presidencia del Imperio Confederado en un día que no necesitaba ser anunciado
para sentirse definitivo. Nada parecía distinto todavía y, sin embargo, todo lo
era. Era el primer día de su gobierno y el país, sin saberlo del todo, entraba
en una zona distinta de su propia historia. El Imperio que recibía no era una
promesa ni una idea por cumplir, sino una extensión concreta de tierra y de
personas acostumbradas al límite, endurecidas por el aislamiento, detenidas
durante años por un sistema de sanciones internacionales que había vuelto
habitual la carencia y sospechosa cualquier forma de crecimiento. Allí, el
futuro se había administrado con cautela, como se administra un recurso escaso,
y el progreso había sido reemplazado por una forma paciente de resistencia.
Gabriela Marqués dejaba la
presidencia sin alardes. Su gobierno no se medía en afectos ni en cercanías,
sino en estructuras que habían quedado en pie. El proyecto de educación
superior universal, defendido con una disciplina implacable, se había incrustado
en el aparato del Estado como una pieza irreversible, no como una concesión ni
como un gesto político. No era el entusiasmo de la población lo que cerraba su
mandato, sino la constatación de que ciertas cosas, una vez hechas, ya no
podían deshacerse sin violencia. En ese país, gobernar no había significado
escuchar, sino ordenar; no persuadir, sino sostener.
Leviev había sido parte de ese
engranaje. Desde la Secretaría de Educación había aprendido a ejecutar sin
figurar, a defender sin firmar, a cargar decisiones que no llevarían su nombre.
Comprendió entonces que el poder verdadero no siempre se manifiesta en la visibilidad,
que muchas veces se ejerce desde la sombra, administrando logros que otros
capitalizan. No era su momento. Lo supo y lo aceptó. Esperó.
Cuando llegó la campaña, no habló
de ruptura. No podía. El Imperio no estaba hecho para los quiebres, sino para
las transiciones silenciosas. Se presentó como una variación del mismo impulso,
una continuidad con otro ritmo, con otra energía, con una voluntad más frontal.
Se alejó lo justo para parecer distinto, pero nunca lo suficiente como para
poner en duda el curso general del proyecto. El aparato electoral debía seguir
funcionando, las fuerzas políticas, empresariales y sociales ya estaban
alineadas, no con personas, sino con una forma de entender el poder que había
comenzado en 2001, con el presidente Alonso, y que Marqués había administrado
sin desviaciones. Cambiar demasiado habría significado desatar fuerzas que
nadie controlaba del todo.
Ahora, ese proyecto pasaba a sus
manos.
Mateo Leviev era joven,
pragmático, intensamente competitivo. Su manera de hablar no admitía rodeos; su
cuerpo, erguido incluso en reposo, imponía una presencia que no necesitaba ser
explicada; el cabello rizado, los ojos verdes y el mentón marcado componían un
rostro fácil de reconocer, difícil de ignorar. Todo en él parecía orientado
hacia la afirmación, hacia el avance, hacia la conquista de un espacio que ya
no aceptaba retrocesos. Había llegado al poder prometiendo devolverle grandeza
a un país cansado de sostenerse sin avanzar, de resistir sin transformarse.
No llegaba solo. A su alrededor
se había reunido un grupo reducido de leales, hombres y mujeres elegidos por su
utilidad y no por su cercanía, dispuestos a sostenerlo durante los años que
vendrían, a empujar con él una maquinaria que no toleraba vacilaciones.
—Es un honor, señora
presidenta. Siempre a sus órdenes y al servicio de su proyecto, dijo Leviev,
consciente de que aquellas palabras cerraban algo más que una conversación.
—Gracias, Mateo —respondió
Gabriela Marqués.
Ella se levantó primero y señaló
la salida con un gesto sobrio, casi automático. Al día siguiente tendría lugar
la toma de protesta del nuevo gobierno. Eran amigos, pero el protocolo imponía
su propio idioma. Aquella formalidad no era una distancia afectiva, sino una
forma de reconocerse dentro de una continuidad que no necesitaba ser declarada.
El despacho presidencial se encontraba en lo más alto de la Torre Nacional, un edificio altísimo que, durante un breve periodo, había sido contado entre los más elevados del mundo. Había sido inaugurado en 2001, con el nacimiento de la nueva patria, tras la caída del periodo especial gobernado por la junta militar, y se alzaba a las afueras de Distritos Unidos como una afirmación deliberada del país que se quería construir. Desde lejos, la torre nacional no solo dominaba el paisaje, lo vigilaba.
El despacho era sobrio, funcional, marcado por la estética de inicios del milenio. El brutalismo se imponía en las líneas y en los volúmenes, contenido por maderas nobles y acabados precisos. Los libreros ocupaban los muros con tomos de derecho constitucional, historia universal, historia nacional y crónicas de pensadores confederados. Algunos pertenecían a la colección privada de Marqués; otros eran herencia del presidente Vivanco. Dos banderas tricolores flanqueaban las entradas, inmóviles dentro de vitrinas de cristal, como si no participaran del tiempo.
Desde ese espacio se habían
tomado decisiones que definieron al Imperio. Allí se había resuelto la
conformación de los cinco estados que lo integraban: Hachi, Kansai, Guerreros
Unidos, Olegário y Coruña. Territorios tan distintos entre sí que bien podrían
haber seguido caminos separados. Cada uno conservaba el recuerdo de épocas en
las que había sido imperio, con influencia propia, ambiciones particulares y
relatos de grandeza que no siempre coincidían. El Imperio Confederado no nació
de la afinidad, sino de la necesidad de reunir esas fuerzas dispersas bajo una
estructura común.
Lo único que realmente compartían
era la marca de la invasión militar. Aquella cohesión impuesta, no deseada,
terminó por unirlos y, con el tiempo, por convertirlos en una nación
independiente que aprendió a sostenerse desde la conciencia de un destino
compartido
La capital guardaba el simbolismo
de haber sido, durante el periodo imperial, una de las ciudades más influyentes
del continente. No por su tamaño únicamente, ni por su posición geográfica,
sino por una energía temprana que la había empujado siempre hacia adelante. Su
intensa actividad comercial, sostenida durante décadas por un intercambio
constante de bienes, personas e ideas, y la acogida temprana de tecnologías que
para su tiempo resultaban extravagantes, habían modelado su carácter. La
primera línea de telégrafo, tendida cuando muchas ciudades aún se comunicaban
por mensajeros y rumores; aquella ruta brevísima de apenas tres kilómetros de
ferrocarril que, más que transportar mercancías, transportaba una idea de
futuro; el cableado eléctrico que comenzó a iluminar noches que hasta entonces
pertenecían a la penumbra, todo ello fue formando una generación de
personalidades que entendieron la modernidad no como un destino, sino como una
forma de estar en el mundo. Con los años, esas vidas quedaron fijadas en
crónicas, en libros, en relatos que forjaron una reputación de contemporaneidad
cuando la ciudad aún aprendía a nombrarse a sí misma.
Distritos Unidos es una ciudad inmensa, comparable con las grandes metrópolis del mundo, y como ellas, contradictoria hasta el agotamiento. Es una ciudad que abruma y asfixia, una mezcla constante de etnias, acentos y gestos que conviven sin tocarse del todo. En sus rincones se oculta una violencia que no siempre se muestra, pero que se intuye, como una tensión permanente bajo la piel. Fue diseñada para segregar, para separar trayectorias, para organizar la desigualdad con precisión geométrica, y terminó convertida en un espacio de disfrute reservado para unos cuantos. Sus escaparates de tiendas lujosas no exhiben mercancías, exhiben distancias, subrayan lo inalcanzable para las mayorías que pasan frente a ellos sin detenerse. Es una ciudad que consume corduras lentamente, con sus interminables atascos, con la saturación constante de sus sistemas de transporte, con la sensación persistente de que todo llega tarde.
Distritos Unidos huele. Huele a cloro, a concreto mojado con jabón barato, a smog de automóviles detenidos durante horas. Es un olor que se pega a la ropa y a la memoria. La ciudad se extiende mucho más allá de lo que puede verse incluso desde las alturas, como si nunca terminara de revelarse por completo. Una capa fina de gris la cubre casi siempre, un velo persistente bajo el cual resulta raro encontrar rostros descansados. Quien vive allí vive hostigado por el reloj, avanzando a empujones, abriéndose paso como el agua por lo que alguna vez intentó ser una cuadrícula ordenada y que ahora es un entramado desafinado, torcido, convertido en calles serpenteantes que parecen resistirse a toda lógica.
Sin embargo, en su centro, la
ciudad late de otra manera. Los distritos de Jabaquara, Puerto Espadas,
Pirineos y Boscoso conforman su alma visible. Cafeterías que nunca parecen
vacías, barrios de extranjeros donde los idiomas se mezclan sin esfuerzo, luces
de neón que sobreviven incluso al amanecer, avenidas amplias por las que
caminan oficinistas ebrios a cualquier hora, jóvenes besándose con una
intensidad que solo permite la despreocupación de la juventud, anuncios
coloridos que compiten por la atención de peatones distraídos. Edificios
pequeños de concreto, alineados con una precisión casi obsesiva, calles
perfectamente pintadas, macetones cuidadosamente podados. Todo ello convive con
inmensos edificios corporativos, tan altos que obstruyen el sol, tan altos que
levantar la mirada no basta para encontrar la cima. Allí la ciudad se exhibe y
se contradice, se ofrece y se niega al mismo tiempo.
El último día del gobierno de
Marqués se sentía más vívido que nunca. La ciudad parecía consciente de que
algo estaba por cerrarse. Las celebraciones de año nuevo comenzaban desde el
inicio mismo de la cuenta regresiva, preparándose para recibir no solo un nuevo
año, sino también un nuevo periodo político. Mientras tanto, Gabriela vivía sus
últimos momentos en el despacho presidencial como un ritual íntimo. Al
finalizar la jornada, apagó las luces y cerró la puerta. Decidió vivir ese
instante en soledad. Estaba satisfecha. Se sentía segura de haber conducido miles
de destinos con responsabilidad, de haber encarrilado al país después de años
desastrosos que parecían no tener fondo.
Al salir, acompañada por la
custodia acostumbrada, entregó sus credenciales y se dirigió a casa. Allí la
esperaban su esposo y sus hijos. Los abrazó con la efusividad de quien regresa
del exilio, como si hubiese atravesado un territorio hostil y por fin pudiera
descansar. Estaba dispuesta a degustar la cena prometida, se dejó llevar por un
ánimo festivo. Siempre había disfrutado de esa sensación particular que ofrecen
el último y el primer día del año, ese momento suspendido en el que parece
posible soltar el peso acumulado. Sus hombros descansaron, el nerviosismo la
abandonó y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió sentirse feliz de
volver.
En su apartamento, en otro punto
de la ciudad que todavía celebraba, estaba Mateo. Vigilante. De pie frente al
balcón, observaba los fuegos pirotécnicos abrirse y extinguirse sobre el cielo
de Distritos Unidos, escuchaba el estallido seco de las botellas de vino al
destaparse, el murmullo festivo que subía desde las calles y el crujir de las
maletas arrastradas por las aceras de quienes creían, como cada año, que
cambiar de lugar atraería más viajes, más fortuna, más vida para el ciclo que
comenzaba. No consiguió conciliar el sueño. Se sentía exaltado, atento,
expectante, como si su cuerpo hubiese decidido permanecer despierto aun cuando
la noche pedía descanso.
Para él, no era solo el inicio de
un año nuevo. Era el año 5781, que había comenzado meses atrás, en lo que la
mayoría conocía simplemente como septiembre. Esa superposición de calendarios
le parecía natural, incluso necesaria, como si su tiempo personal nunca hubiese
coincidido del todo con el de los demás. Esperaba el amanecer con una ansiedad
que no lograba contener. Quería dirigirse a su juramentación. Deseaba recibir
el poder. Miró unos minutos más los fuegos artificiales, como si al observarlos
pudiera apropiarse de algo que se le escapaba. Luego encendió el aire
acondicionado, apagó las luces, programó una alarma para muy temprano y se
dispuso a intentar dormir, sin estar seguro de querer lograrlo.
Por la mañana, con una disciplina
que rozaba lo antinatural, tomó su ropa deportiva y se entregó al ejercicio con
un ahínco casi agresivo. Se movía con tal intensidad que atraía miradas como un
imán. En el gimnasio privado de su residencia sonaba, a todo volumen, el
compendio de sus canciones favoritas, una secuencia precisa de golpes de
energía y dopamina. Nadie se atrevió a interrumpirlo. Nadie siquiera entró.
Entrenaba con tal vigor que la sola idea de cruzar ese espacio parecía anunciar
un conflicto. Quiso condensar un día entero de actividades en una mañana
estrecha y acelerada. Era su manera de convencerse de que estaba listo, de
domesticar la ansiedad mediante el desgaste físico.
Sin grandes novedades y con todo
ocurriendo conforme a lo planeado, concluyó su primer día. Estaba exhausto.
Harto de sostener la sonrisa, de cuidar la pose, de medir cada gesto. Incluso
en la intimidad de su habitación seguía haciéndolo, vigilando cada movimiento
para no comunicar debilidad. Era un experto en ello. Conocía esas reglas del
juego como se conoce un idioma aprendido desde la infancia. Eran las mismas que
lo habían llevado a triunfar, a reunir voluntades suficientes para convencer a
un país entero de que él era quien necesitaban. Recibió a los presidentes de
las naciones amigas, obtuvo el respaldo formal de las fuerzas armadas y se
juramentó ante la constitución y un congreso que no podía mirarlo con recelo. Todos
ellos provenían del equipo de la presidenta saliente y, en un sistema de
creencias como el de aquel país, disentir abiertamente era una forma de
herejía.
Se dejó caer sobre la cama apenas
se quitó el saco. Miró el techo sin terminar de creerlo. Había esperado ese
instante durante meses. Tanta planificación y ahora no sé qué hacer, pensó.
Permaneció inmóvil, permitiendo que los pensamientos se sucedieran sin orden,
hasta que la fatiga los volvió opacos, como si alguien hubiese bajado
lentamente la intensidad de la luz.
Al cabo de un rato se levantó,
inquieto. Fue a buscar un vaso de jugo, aunque durante unos segundos meditó
seriamente la posibilidad de servirse vodka. Luego se sentó frente a la
computadora de su despacho privado. Pasó un largo tiempo leyendo lo que la prensa
escribía sobre él. Disfrutaba de la atención con la misma concentración con la
que se entregaba a la lectura. Cuando los ojos le pidieron tregua, cerró la
pantalla en silencio, sin tomar decisiones, sin conclusiones.
Pidió a su equipo de seguridad
que se retirara. No quería interrupciones. En la oscuridad, se desnudó hasta
quedarse en ropa interior. Encendió el aire acondicionado y lo ajustó a una
temperatura gélida. Se cubrió con los cobertores y se dejó hundir en un sueño
profundo, como si nada de lo ocurrido durante el día le perteneciera todavía,
como si el poder fuera un objeto prestado que podía devolverse al cerrar los
ojos.
La primera noche del año era,
como siempre, una noche de celebración. El descanso era mandatorio en todo el
país, extendido además por el cambio de gobierno. Los cantos desafinados que
escapaban de los departamentos donde amigos bebían juntos, los gritos de
emoción que pedían justicia tras una mala mano en juegos de cartas, el sabor
persistente del vino y una extraña paz en las calles componían el ambiente
general de Distritos Unidos. Pocos autos recorrían el concreto, haciéndolo
sonar. Esa noche, además del inicio de un año nuevo, se celebraba una victoria.
Un pueblo entero había depositado sus esperanzas en aquella joven promesa.
El cansancio solo lo venció
durante unas horas. Poco después, una sensación de urgencia inexplicable lo
despertó sobresaltado. Sentía como si tuviera millones de asuntos pendientes,
reuniones ineludibles, responsabilidades inaplazables. Todo era ilusorio. De
pronto volvió a sentirse como cuando era niño y permanecía en vigilia esperando
oír a los reyes magos que sus amigos juraban reales. Nunca escuchó nada. Nunca
vio nada, salvo la menorah del buró apuntando hacia la ventana, único obstáculo
entre su mirada y el balcón.
Recordó entonces aquellos días en
que caminaba sin razón por las calles frías y mojadas de la ciudad, apresurado,
escapando de lo que era solo para sentir una libertad breve. Fueron intentos
vanos de aceptarse. Las reglas absurdas de su madre lo habían hecho duro,
inflexible, decidido. Esa noche pasó revista a sus pensamientos, hojeándolos
como si buscara una versión de sí mismo que explicara cómo había llegado hasta
allí. Se había puesto un traje que ya no podría quitarse. Tampoco podría huir.
Soy dueño del mundo, pensó, repitiéndolo con insistencia, como quien ensaya una
verdad que todavía no termina de creer.
Se levantó lentamente y arrastró
una silla hasta colocarla frente a la ventana. Se quedó mirando al vacío.
Recordó sus días de infancia, cuando perdía el tiempo observando la vida
transcurrir, siendo el testigo silencioso de aquel desorden, de ese cruce interminable
de historias, de ese flujo de acontecimientos que, juntos, forman la realidad.
Era imposible acostumbrarse a dejar de ser aquello que nunca había dejado de
ser. Ineludible. Se concentró en sentir el momento.
Le gustaba imaginar que podía
volar, ubicarse sobre un plano invisible de la ciudad, como si se tratara de un
sistema de navegación. Recordó las noches pasadas en casa de algunos de sus
amantes de juventud, explorando barrios distintos según el apartamento del
enamorado de turno. Durante esa época compraba compañía con una generosidad
excesiva, se obsesionaba con violencia emocional y luego olvidaba por completo.
Aquellos años le dejaron un rastro de fotografías indecentes y testimonios
comprometedores. La ciudad lo había absorbido. Lo había dejado probarlo todo.
Saboreó lo más bajo y lo más alto. Cuando creyó haber agotado el exceso, se
refugió en los libros, en Borges, en el estoicismo.
Las inseguridades regresaron. Las
humillaciones del pasado. Se pensó hostil, siempre a la defensiva,
reconstruyendo conversaciones que ya habían ocurrido, buscando vencerlas con
argumentos tardíos. Quería ser vencedor de su pasado del mismo modo en que ahora
lo era del presente.
El amanecer se posó finalmente
sobre la ciudad, poniendo fin a la pesadilla de pensamientos acumulados.
A mediodía, estaba citado en una
conferencia de prensa convocada por su propio equipo. Allí presentaría a
quienes integrarían su gabinete y, más tarde, acudirían al congreso para
juramentarse uno por uno. Desde temprano, aquel compromiso le pareció un
obstáculo. No porque careciera de importancia, sino porque interfería con sus
vehementes ganas de trabajar, una palabra que para él podía significar
cualquier cosa y, al mismo tiempo, todo. Leviev había decidido nombrar a su
primer año de gobierno como el año de la productividad, no como una consigna
retórica, sino como un mensaje directo a todo el aparato estatal, una
advertencia velada de que el tiempo de la inercia había terminado y que los esfuerzos
debían redoblarse sin excusas.
Alistarse para salir era un
ritual que no admitía improvisaciones. Mateo se miraba con detenimiento,
buscaba que el rostro estuviera libre de imperfecciones, se aseaba con cuidado
casi quirúrgico, ultimando cada detalle de pulcritud. Elegía el traje que más
seguridad le transmitía y, con su kipá sobria y confiable, abandonaba la
habitación. Ese gesto bastaba para activar a su equipo de seguridad personal,
que comenzaba a anticiparse a las necesidades del presidente como un organismo
entrenado para la obediencia. Nada de aquello le parecía excesivo. Por el
contrario, le producía una satisfacción íntima ser notado, reconocido,
registrado por el mundo.
Mientras el automóvil escoltado
avanzaba por las calles todavía medio vacías de la ciudad, Mateo se engrandecía
en sus pensamientos. Se veía a sí mismo como la encarnación de la modernidad,
como la fuerza que transformaría aquellas avenidas hostiles, que daría forma,
cultura y refinamiento incluso a los cuerpos cansados que se agolpaban en las
esquinas. Se imaginaba salvador. Las bocinas del auto presidencial estallaban
con sus músicas favoritas, alimentando una adrenalina que se mezclaba con
exaltación, como si el movimiento mismo confirmara su lugar en el mundo.
Al llegar al congreso, lo
sorprendió una sensación incómoda. No había empleado mejor su tiempo. Tenía
que haber repasado el discurso, se recriminó. Luego se respondió sin
severidad: improvisa, lo haces excelente. Aquella confianza, construida a lo
largo de años de exposición pública, funcionaba como un escudo contra la duda.
Tenía claro el eje de su
gobierno. En realidad, llevaba tiempo trabajándolo, incluso cuando formaba
parte del equipo de la presidenta Marqués. Sabía que debía diferenciarse de
ella. Reprobaba el tono social, el carácter cálido que ella transmitía, y estaba
convencido de que su propio liderazgo debía ser más directo, más tajante, menos
complaciente. Aun así, existía una regla que no podía romper: abstenerse de
hablar mal de su antecesora. Su discurso debía presentarse como la continuidad
de un excelente proyecto de nación. Había empeñado su palabra en un pacto con
el partido y no pensaba traicionarlo. Ambos pertenecían al Partido Nacional
Trabajador. Las instituciones y los membretes cambiarían de color, nada más. El
verde esperanzador de Marqués cedía su lugar al azul marino, sobrio y formal,
que ahora enmarcaba las espadas cruzadas, los laureles y el águila bicéfala,
símbolos históricos del país.
Leviev era, en el fondo, mucho
más pragmático y hábil políticamente que Marqués y que los secretarios que la
habían acompañado. El partido lo sabía. Por eso había optado por él. Aun así,
despertaba suspicacias. Se le acusaba de humillar en público a funcionarios que
carecían del aire intelectual que su porte y su altura parecían conferirle.
Para protegerse, se había forjado una reputación de lector asiduo, de letrado
estadista. Aquella imagen funcionaba como refugio frente a las burlas de las
que había sido blanco por su condición de judío. Siempre se sintió como un
expatriado en su propio país y su ascenso al poder llevaba consigo una forma de
redención frente a quienes lo habían maltratado.
—¡Señor presidente! Te ves genial
—exclamó Max Montoya con complacencia.
—Este es el punto —respondió
Mateo, agitando el saco desde las solapas.
El primero en recibirlo fue Max.
Caminaron juntos por un largo pasillo que se extendía bajo las tribunas del
congreso. Habían estudiado en la misma universidad y mantenido una amistad
sólida, incluso cuando Max pasó varios años en Estados Unidos como asesor
económico. Aquellos méritos, modestos pero funcionales, le habían valido el
nombramiento como secretario de Hacienda. A Mateo le reconfortó ver un rostro
familiar en medio del barullo creciente, de la tensión que precede a los
grandes actos.
Los reporteros no tardaron en
percatarse de su llegada. Las cámaras comenzaron a disparar a la distancia, las
preguntas se acumularon en el aire, pero la seguridad actuó con precisión,
impidiendo que cualquiera se acercara demasiado. Llegaron al pie de las
escaleras que conducían al recinto principal. El congreso se abría ante ellos,
enorme y opulento, decorado con una bandera monumental de franjas verde, blanco
y azul. Una tribuna imponente dominaba el espacio, flanqueada por los escaños
de los partidos, distribuidos en varios niveles. Una alfombra azul marino
protegía el suelo, reforzando la identidad visual del nuevo gobierno.
Al pie de las escaleras los
esperaba el resto del equipo. Ricardo, secretario de Gobernación. Santiago, en
Relaciones Exteriores. Elena, en Educación. Diego, en Transporte. Julio, en
Salud. Andrés, secretario y general de las Fuerzas Armadas. Todos estaban allí.
Se abrazaron, sonrieron, rieron.
Celebraron la victoria como un equipo que ha llegado a la final y la ha ganado.
Estaban extasiados, llenos de una energía que todavía no conocía el desgaste.
El estilo de Leviev se hizo
evidente en el discurso. Habló de reformas laborales y fiscales, de la apertura
al turismo, de la confrontación directa con las naciones que habían sancionado
al país en el pasado. Con particular énfasis proclamó la certificación por ley
de los alimentos kosher, nuevas leyes de protección a los animales destinados
al consumo humano, la obligatoriedad del aprendizaje de oficios desde los trece
años y una reforma laboral que contemplara la observancia del Sabbat. Más de
una ceja se levantó. Incluso dentro de su propio equipo, pocos esperaban una
postura tan frontal.
Insistió en la idea de una
economía de experiencias, que, más allá del tono ensalzador del discurso,
consistía en crear un entorno turístico atractivo. Pasear es una parte esencial
para ser pleno, afirmó, mientras relataba sus viajes por Europa como si hablara
con amigos. Aquella torpeza no pasó inadvertida.
Las críticas comenzaron de
inmediato. Elena negó con la cabeza, un gesto breve, visible, imposible de
ocultar.
El discurso concluyó entre
aplausos y expectativas. Un nuevo comienzo siempre promete oportunidades. El
ambiente general era el de un país que se sentía en manos de un líder dispuesto
a apuntar hacia la grandeza, como tantas otras naciones que se cuentan a sí
mismas esa historia. La identidad del nuevo gobierno transmitía poder y
formalidad, justo cuando el país parecía exigir mesura. Mateo sacudía las
manos, las abría, buscaba abrazar simbólicamente a la multitud. Recibía los
elogios con satisfacción. Había dado un golpe sobre la mesa. Sonreía. Saludaba.
Era su momento.
En una esquina opuesta del
recinto, con apenas vista a la tribuna principal que seguía estallando en
aplausos, se encontraba el espacio destinado a la prensa. Los medios habían
sido invitados sin revisiones excesivas. La libertad de prensa debía mostrarse
desde el inicio, con menos rigor que en los años de Marqués.
Disculpándose por su llegada
tardía, Miguel comenzó a esbozar el borrador de la nota del día.
—Nos evacuaron de la estación del
metro —justificó a su jefe.
Como uno de los periodistas más
críticos del nuevo gobierno, se mantuvo fiel a su estilo inquisidor. Señaló la
falta de una transición democrática real. Más de lo mismo que con Marqués y
ahora Leviev, pero en judío, escribió.
Las televisoras retransmitieron
el mensaje. De inmediato, en aulas, mesas de análisis y conversaciones
cotidianas dentro del metro, se diseccionaron sus palabras. Cada frase fue
sometida a interpretaciones prematuras. Se destacaron aciertos, se magnificaron
errores, se alabaron visiones y se reprocharon silencios. Los titulares
amplificaron el primer tropiezo del joven presidente y el gesto de Elena.
Mateo pensó que todo sería
olvidado en unos días. Le causaba una cierta gracia que para otros viajar a
Europa fuera una experiencia lejana. En su mundo, todos lo habían hecho. Sonrió
con indulgencia ante esa diferencia. Decidió llamarla.
—Elena, qué tal, ¿cómo estás?
—Señor presidente, buen día.
Imagino para qué me llama. Antes de que diga algo más, quisi…
—Ah, así que sí tienes
imaginación, sí puedes pensar. Ya me habían dicho que no servías para nada.
Desde luego que quisieras hacerlo, ¿no es cierto? Cuando desapruebas no
desapruebas al presidente. Desapruebas a toda la nación. No es a mí a quien
humillas, es al país que te da de comer. Y debes bajarle. Bastante has tenido
ya —sentenció, riendo, con un tono sereno, casi clerical.
—Señor presidente, no sucederá.
—Depende de ti. Carga con eso.
Colgó. Miró al vacío con altivez.
Había cumplido, al menos en su mente, con recordar quién mandaba.
En la ciudad comenzó el proceso
de rebautizar monumentos y retirar la imagen del gobierno anterior. El verde
fue cediendo su lugar al azul marino. Al menos en el papel y para el aparato
burocrático, el cambio había comenzado. Si todos los cambios traen oportunidades,
este al menos corrigió el horrendo color de los puentes peatonales por uno que
se volvía casi invisible de noche. El inicio, aunque tropezado, había cumplido
su cometido: mostrar una transición efectiva.
Indulgente, impredecible, Mateo
rechazó a última hora todas las invitaciones a fiestas y cenas en su honor. Así
lo hizo con el sindicato de electricistas, con la federación de empresarios y
con diversas organizaciones civiles. Exceptuó, por supuesto, a su propio
partido y a las asociaciones religiosas judías, que recibían con aplomo al
primer presidente judío del país.
Ahí, sin saberlo todavía,
comenzaba realmente su gobierno
Televisión resistencia
– 2 de enero de 2020
Leviev presenta Plan
Nacional de Desarrollo y anuncia dos nuevas instituciones
Por: Carolina Mejía.
El presidente de la república,
Mateo Leviev, presentó este jueves el Plan Nacional de Desarrollo 2020, que
marcará la ruta de su administración para el periodo 2020–2023. El documento
establece la transición hacia una república federal con mayor autonomía
institucional y contempla la creación de plataformas de participación ciudadana
como el portal GOBIC y una agenda de programación, el cuál documentará el quehacer diario del nuevo gobierno.
En su mensaje, el mandatario
promulgó la libertad de cultos religiosos y anunció reformas en productividad,
comunicaciones y educación superior, además de un programa de vivienda e
independencia económica.
Leviev decretó también la
creación de la Autoridad Especializada en Educación Superior, organismo
dependiente de la Secretaría de Educación Pública, encargado de fortalecer la
relación con universidades y fomentar el deporte, la cultura y el
emprendimiento; y de la Comisión Especializada en Vivienda Metropolitana, bajo
Gobernación y Desarrollo Social, orientada a atender la demanda de vivienda en
zonas urbanas con un equipo de especialistas en derechos humanos y perspectiva
de género.
El discurso fue retransmitido
en cadena nacional y generó amplio debate en medios y espacios públicos.
Analistas señalaron tanto aciertos como omisiones, mientras algunos críticos
destacaron que las disposiciones relacionadas con la certificación de alimentos
kosher, la reforma laboral para la observancia del Shabbat y la obligatoriedad
del aprendizaje de oficios desde los 13 años reflejan la influencia personal
del presidente en la agenda institucional.

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