Desbordando conocimiento
Por mi salón han pasado miles de alumnos. Algunos brillantes, otros francamente mediocres. No todos, me atrevo a decirlo sin culpa, están hechos para una educación superior. Desde el aula, uno puede elaborar un diagnóstico bastante certero de la sociedad: basta observar una generación de jóvenes para anticipar, con cierta tristeza, en qué se convertirá el país dentro de diez años. Es asombroso cómo una muestra tan pequeña puede reflejar, con precisión quirúrgica, el cambio abismal de los tiempos. Desde la academia tenemos una responsabilidad enorme, aunque ya nadie parezca reconocerlo. Y con estos sueldos miserables, ¿qué responsabilidad puede sostenerse sin caer en el cansancio o el cinismo? Sueño con alcanzar las cuarenta horas, aunque sea sin grupo, porque en algún rincón de mi vida todavía anhelo la estabilidad.
Soy un profesor severo (eso dicen mis alumnos, y no lo
niego) convencido de que los valores fundamentales se inculcan, no se
improvisan. Pero cada día esa tarea se vuelve más difícil. La autoridad se ha
vuelto una especie en extinción. Los jóvenes no respetan a nadie, y a veces
sospecho que tampoco se respetan entre ellos ni a sí mismos. La disciplina y el
esfuerzo, esos pilares antiguos de la educación, son para ellos conceptos tan
remotos como el honor o la decencia. Cada año llegan más distraídos, más rotos.
Hace una década temíamos que el celular les quitara atención; hoy comprendemos
que les quitó algo mucho peor: la capacidad de pensar. Los teléfonos los han
atrofiado, los han hecho dependientes, les han robado la memoria y el asombro.
Han visto tanto y tan poco a la vez que ya nada los emociona. Se ofenden por
todo y olvidan enseguida por qué estaban ofendidos. Viven ensimismados,
acomplejados, buscando impresionar a un mundo que solo espera que empiecen a
trabajar y paguen impuestos. Tienen una responsabilidad enorme y ni siquiera lo
saben. No me extrañaría que esta generación, con su frivolidad de escaparate,
conduzca a la sociedad al precipicio. Nada les importa que no sea
fotografiable, colorido, publicable. Los miro llegar en sus automóviles nuevos,
a su edad yo ni siquiera soñaba con tener uno y pienso en esos padres blandos y
complacientes que solo han criado inútiles mimados.
Ser profesor hoy exige una piel gruesa, una coraza de
hierro. Debes prepararte para que esa turba de muchachos, porque eso son, una
turba, rastree tu vida entera en redes sociales, se burle de las fotos de tu
familia, comente el rostro de tus hijas o parodie tus gestos. Se sienten con
derecho a todo y obligación de nada. Inventan excusas lastimosas para
justificar la falta de una tarea y lo hacen con la misma naturalidad con la que
respiran. ¿Qué harán en sus tardes libres que tanto les impide cumplir con lo
elemental? Rascarse las bolas, imagino.
Lo importante es conocer las reglas del juego. Saber qué
puedes decir, aunque te graben con sus teléfonos, y qué no debes ni insinuar.
Si eres hábil, puedes incluso ser arbitrario sin que lo noten. Y si consigues
que uno o dos alumnos te aprecien, te defenderán como si fueras un santo. Basta
con regalarles cumplidos diminutos que alimenten sus egos maltrechos; no hace
falta que sean sinceros. Este trabajo tiene sus ventajas, sí: descansamos
cuando ellos descansan, rara vez trabajamos de nueve a cinco y, cuando no has
preparado la clase, siempre puedes fingir un enojo, cancelar la sesión y
mandarlos a investigar cualquier cosa. Ellos escribirán un texto que jurarán
propio, aunque lo haya redactado una inteligencia artificial, y tú fingirás
creerles. Si quieres divertirte, basta con preguntarles un detalle al azar; los
desarmarás en segundos.
Ser un buen profesor o un mal profesor da igual. Siempre
habrá alguien que hable pestes de ti. No vale la pena preocuparse. En unas
generaciones, esos mocosos se disolverán en la vida, fracasarán en su intento
de titularse, y nadie recordará tus supuestos errores. Aprendí que el mérito o
el fracaso de un alumno no determinan nada. Algunos tendrán suerte o contactos;
otros, simplemente, no nacieron para estudiar. La vida, con su sentido de
justicia torcido, acaba poniendo a cada uno en el lugar que le corresponde.
Y, aun así, hay días en que uno intenta convencerse de que
vale la pena. Que la enseñanza, pese a la ingratitud y la fatiga, conserva algo
sagrado. Pero en el fondo sabemos que pocos soportarían este oficio si no fuera
por cierta pasión incomprensible. No se trata de dinero, nadie hace esto por
unos cuantos dólares, sino de un amor tozudo al arte de enseñar, aunque la
enseñanza haya dejado de ser arte y se haya convertido en un acto de
resistencia. Somos la primera línea contra la necedad, el blanco favorito de
los jóvenes que se rebelan contra todo, menos contra sus propios padres.
Nuestra labor, silenciosa y anónima, es de contención.
¿Que si hay alumnos que detesto? Desde luego que sí. Somos
humanos. Y las personas desagradables generan ambientes desagradables, así que
aprenden pronto a enfrentarse al mundo solos. No me pagan lo suficiente como
para aconsejarlos. Nuestro margen de acción se mueve entre lo correcto, lo
arbitrario y lo legal. Puedes inventar artículos del reglamento y nadie te
contradirá; nadie lo ha leído. En eso radica una de nuestras pocas ventajas: la
autoridad temporal. Con los años, aprendes que lo que hoy parece insoportable
mañana se olvida.
Ser profesor, en estos tiempos, es casi una condena. Quien
permanece en el oficio lo hace porque fracasó en otra cosa, porque le gusta
demasiado tratar con adolescentes, porque es un perverso con ínfulas de mentor
o porque necesita un ingreso extra. Las buenas escuelas (esas que pagan lo
justo) están reservadas para otros. Los docentes del sistema público somos el
chivo expiatorio nacional: si la sociedad se degrada, es culpa nuestra; si un
joven se suicida, es porque lo presionamos; si hay reprobados, es porque no
enseñamos bien. Que cualquiera venga a probar lo contrario. Quisiera verlos
preparar clases para estudiantes que no saben leer, con cerebros atiborrados de
ruido y de mugre digital. Quisiera verlos fingir que no notan cuando una tarea
entera está copiada de la red.
A veces, sin embargo, ocurre el milagro: un grupo amable,
unos muchachos del barrio que entienden tu humor y agradecen una clase ligera.
Entonces vale la pena entrar al salón, si el aire no huele mal y si todos se
bañaron. Es cuestión de suerte. Lo que no depende de la suerte es el suplicio
de compartir cubículo con otros docentes. Algunos son tan torpes que solo
sirven para predicar pseudociencias o repetir tonterías pedagógicas. Compartir
espacio con uno así es, permíteme el neologismo, horrondoferoso. Sí,
horrondoferoso, una palabra justa para el infierno que describe.
De vez en cuando, surge un alumno distinto, una mente
curiosa que sorprende. Entonces uno se ablanda, le invita un café o un trago,
siente que algo de sí mismo aún puede transmitirse. Pero eso es raro. Después
de ver tanto, nada sorprende. A veces, una exalumna te saluda en la calle y
sonríes fingiendo recordarla; en realidad, no dejó huella alguna.
¿El sindicato? Se cuece aparte. Entre profesores los egos
son un campo minado. Habrá quienes crean en esta vocación y quienes la usen
como excusa para su mediocridad.

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