Alas de cera
Alas de cera
Soy una persona normal, con un oficio
como cualquiera. El mío consiste en matar.
No me considero violento. A veces
incluso creo que tengo un instinto de cuidar la vida. He protegido a los
indefensos, he compartido mi paga con quienes no tenían nada. Pero terminé aquí
después de despachar a mi cliente Insulza, uno de los periodistas más críticos
del presidente Vivanco. No me arrepiento. Como dije, es un oficio, y yo soy un
trabajador.
Vine de lo más bajo. Lo recuerdo con
precisión: regresé un día de la escuela y una tormenta había borrado mi casa en
Hachi. Vi a mi madre llorar en la calle, entre tablas húmedas y ropa embarrada.
En ese instante juré no volver a permitir que la vida se burlara de mí. Hice
una promesa: nunca más volveríamos a ser pisoteados. A los que dicen que
conocen el sufrimiento, yo les respondo que no han estado donde yo estuve.
Nosotros lo perdimos todo.
Vivimos en la calle, comimos de la
caridad, y yo dejé la escuela para trabajar cargando bolsas en los
estacionamientos de los centros comerciales. Ahí conocí el verdadero desprecio:
la mirada de la gente que se apartaba como si uno fuera una enfermedad. Esas
humillaciones me forjaron. Me hicieron impoluto, de acero. La sociedad me
abandonó, pero yo permanecí firme.
Cuando recibes tanto desprecio, los
caminos se reducen. No sé qué esperan de uno: ¿reformarse? ¿soportar una
prisión? Ahí dentro se encuentra gente mala de verdad, y no todos sobrevivimos.
Yo elegí no ser víctima.
Me inicié viendo a los manes vender
sustancias a los niños. Eso me enfurecía. Decidí entrar con un código de
valores: no pervertir, no dañar a los indefensos, no ser avaro. Eso me
distinguió. Yo cobraba, cumplía, y repartía. Parte de lo que ganaba lo
destinaba a mis cercanos. Que lo digan ellos: más de una familia comió gracias
a mí.
Siempre fui bueno en lo que hacía. Los
líderes lo notaron. Me buscaron como escolta, como ejecutor de confianza.
Descubrí que tenía un talento especial: leer a las personas. Podía saber si
alguien era sincero o falso con solo mirarlo. Eso me abrió camino en la mafia
confederada. Primero traficábamos armas para la guerrilla colombiana, luego
vinieron encargos mayores. Ascendí porque trabajaba con paciencia, con precisión,
y nunca fallaba.
En 2014 llegó un encargo distinto. Me
dijeron que pagaban bien. No sabía quién era el cliente. Investigué al objetivo
y diseñé un plan que mostré a mi jefe. Supe que el mejor escenario era un
puente, en plena hora pico. Los autos detenidos, sin escape. Conocía el modelo
de coche: había estudiado los ángulos, los puntos vulnerables, los espacios
mínimos para cubrirse. El día señalado, esperé. Disparé hacia los asientos. No
miré rostros. El auto era un cajón y yo tenía la llave. Todo fue rápido,
limpio. Tiré la ropa al río, me cambié, pasaron por mí. Trabajo cumplido.
Solo después supe quién era. Insulza, el
periodista. Uno de los críticos más duros del gobierno. Lo vi en las noticias,
orinado de miedo. Un imbécil. Muchos lo lloraron. Yo cobré mi paga, repartí
parte, y mantuve la calma hasta que el escándalo se enfrió.
No me arrepiento. ¿Por qué habría de
hacerlo? Ese hombre, como tantos otros, tuvo su destino. Yo solo fui el
ejecutor. Me enorgullece que hablen de precisión, de eficacia. El plan salió
perfecto: ni la policía halló mi ropa. Desaparecí al inicio, y nadie pudo
seguir mi rastro. ¿Por qué habría de importarme lo demás? A mí nadie me preguntó en su momento si yo estaba bien o necesitaba algo.
Muchos dicen que no merezco ser
escuchado. Pero se engañan: todos han deseado alguna vez la muerte de alguien.
Yo llevé esos pensamientos hasta su conclusión lógica. No me mires con
desprecio, no finjas pureza. No eres mejor persona que yo.
Lo repito: no puedes juzgarme. No
sabrías lo que es ver a tu madre con hambre y no poder hacer nada. No sabrías
lo que es perderlo todo en un día, dormir en la calle, trabajar cargando bolsas
mientras otros niños jugaban con zapatos nuevos. Yo lo sé. Y por eso me
convertí en lo que soy: un hombre con un oficio. Un oficio como cualquiera.


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