Capítulo II "El consuelo"
El poder y sus silencios
Apenas
habían pasado cuatro días desde que el estilo Leviev había comenzado a gobernar
y ya esos días, idénticos entre sí, comenzaban a parecerle no solo rutinarios,
sino densos, prolongados, como si cada uno de ellos hubiese decidido quedarse
más tiempo del debido dentro de su cuerpo. Estaba despierto desde muy temprano;
en realidad, desde antes de que la noche hubiese terminado de retirarse. Apenas
había dormido un par de horas, lo suficiente para no colapsar, pero no lo
suficiente para descansar.
Sobre
su escritorio, una pila de documentos aguardaba su firma con una paciencia casi
ofensiva. El trabajo era simple hasta volverse humillante: rubricar cada hoja y
desplazarla hacia otro montón. Nada más. Su equipo se encargaría del resto,
como si su firma fuese el único gesto verdaderamente necesario para que las
cosas ocurrieran.
A
veces se detenía.
No
por interés, sino por inercia.
Ah, una nueva
contratación.
Uy, compromisos con la asociación de mineros.
Lo
decía en voz baja, como si comentara una escena trivial que no le pertenecía,
mientras barría con los ojos la página antes de firmar, con una rapidez que no
admitía dudas ni lecturas profundas.
—Señor
presidente, Ricardo está aquí. ¿Lo hacemos pasar?
—Sí,
adelante. Por favor que use una kipá.
—A
la orden, presidente.
Ricardo
Vivanco había sido presidente del Imperio Confederado unos cuantos años antes.
No se le recordaba precisamente por haber encabezado un gobierno responsable,
sino por uno donde la libertad de prensa se había visto limitada hasta volverse
casi ornamental, donde el nepotismo había adquirido carácter de rutina y donde
las crisis eran el estado natural de las cosas. Sin embargo, había vuelto al
servicio público y ahora ocupaba la Secretaría de Gobernación. Para Mateo, su
presencia ahí no era una concesión personal, sino una jugada dentro del tablero
del partido. Necesitaba alianzas que lo sostuvieran sin cuestionarlo demasiado,
y Ricardo, pese a todo, aún gozaba de credibilidad. Muchas de las empresas del
Estado se habían formado durante su administración, y con ellas había tejido
una red de amistades convenientes, hombres que no olvidaban.
—Shalom.
—Shalom,
presidente. Qué bonitos acabados pediste, empiezo a envidiarte un poco.
—Deja
tus cosas ahí. Qué gusto verte. ¿Qué te ofrezco?
—Café
americano, por favor. Y qué, ¿no te alcanzó para una buena consola?
Ambos
rieron, no tanto por la broma, sino por el reconocimiento tácito de un código
compartido.
—Sabes
que ese no es mi estilo —respondió Mateo.
El
café llegó de inmediato. La ayudantía lo colocó con precisión sobre una mesita
preparada para el servicio. La loza era elegante: llevaba los colores
nacionales y la nueva identidad del gobierno, con una franja de oro en los
bordes. Mateo la miró un instante más de lo necesario.
En
unos años, esta taza será una pieza de colección.
—Hablemos
como caballeros y directo —dijo Ricardo, inclinándose apenas hacia adelante—.
El partido está un poco preocupado por tu postura radical de ayer. Ya habíamos
hablado de eso. ¿Qué pasa contigo? Modérate un poco. Estamos aquí como amigos,
¿no? Y me interesa saber qué planeas. A nuestros amigos no les gusta pensar que
no tienen el control. Algunos no son afines a lo espiritual, tú me entiendes.
—Y
no lo tienen. Ahora el presidente soy yo. Hazles saber eso antes de cualquier
otra cosa.
—No
estamos cuestionando eso. Están de tu lado. Pero olvídate de ellos, piensa
primero en nosotros como equipo. Consúltame a mí, cuida esto, el equipo… Max,
Elena, Ann, Diego, Santi. Primero necesitamos conocerte, después te
respaldaremos. Sin importar qué. Para resumir… primero consúltanos.
Mateo
permaneció en silencio. No era un silencio incómodo; era un silencio calculado,
casi escénico.
—¿Qué
te puedo decir? —continuó Ricardo—. Sé cómo se siente. Disfrútalo. Pide que
cierren una avenida y grita hasta desgarrarte la garganta. Hazlo todo, vívelo
con intensidad.
Aquella
insinuación lo dejó suspendido en una idea que no terminaba de formarse.
¿Qué más
habrá pedido este desgraciado?
Es un sujeto turbio. Muy turbio.
Se
desconectó del sermón. Era habitual en él: cada reprensión lo conducía a una
forma refinada de ausencia. Su rostro permanecía atento, incluso interesado,
pero en su interior no escuchaba nada.
—¿Crees
que estuvo mal lo de ayer?
—Yo
no dije eso —sentenció Ricardo—. Solo no puedes esperar que leamos tu mente.
—Señor
secretario, por eso está en el equipo. Desde luego que tomaré en cuenta sus
valiosas intervenciones.
—¿Cómo
está Diego? Hace meses que no hablamos para nada.
—Él
está bien. Lo veo feliz. Está a mitad de semestre. Cómo pasa el tiempo. Para mí
es como si recién lo hubiese conocido. Me cuesta vivir estos momentos tan
importantes sin él. Siento como si estuviese solo.
—No
lo estás. Siempre que pueda, estaré para ti.
—Y
te agradezco, pero quisiera que vuelva, o al menos poder escaparme unos días.
Desde la campaña y ahora no he tomado vacaciones. Apenas duermo. Además, con
los sindicatos intentando agarrar lo que sea con el cambio… siento ganas de
huir.
Ambos
alargaron la conversación unos minutos más, no porque hubiera algo más que
decir, sino porque a veces el silencio exige ser disimulado con palabras
menores, con esos detalles del día que no significan nada y, sin embargo,
sostienen la apariencia de una cercanía que en realidad ya se ha retirado.
Hablaron de cosas insignificantes, de asuntos que no sobrevivirían ni siquiera
al recuerdo inmediato, y cuando finalmente esas palabras se agotaron, Ricardo,
satisfecho —o al menos convencido— de haber cumplido su labor, se levantó con
una parsimonia apenas estudiada, tomó el portafolio con un gesto que le
devolvía su peso específico dentro de la escena y salió de la oficina con ese
aire altanero que no necesitaba exagerarse para ser evidente.
La
reunión había concluido, aunque en Mateo no quedaba claro en qué momento había
terminado realmente.
—¿Desea
desayunar? —preguntó una voz desde la puerta, con la neutralidad propia de
quien no participa de nada, pero lo observa todo.
—Lo
de siempre.
El
resto del día transcurrió como había comenzado, como si en realidad no hubiera
comenzado nunca: pilas de papeles pendientes de firma, hojas que se acumulaban
con una paciencia casi ofensiva, visitas frecuentes del equipo, interrupciones
breves que no alteraban el curso de nada, apenas lo confirmaban.
—Disculpe,
presidente, nos equivocamos en la ortografía. Este es el bueno.
Mateo
respondía con una mirada fulminante cada vez que aquello ocurría, una mirada
que no castigaba el error en sí, sino la reiteración de lo inútil. Después,
resignado —o tal vez ya habituado— firmaba sin decir más, como si incluso su
molestia hubiera perdido eficacia.
Estoy
exhausto. Nadie trabaja tanto como yo,
pensó.
El
tiempo avanzaba sin dejar huella clara, y las novedades del país, reducidas a
informes, cifras y resúmenes, lo aturdían más por su acumulación que por su
contenido. Desde el inicio había optado por un estilo más solitario y
centralizado, no tanto por convicción ideológica como por una necesidad de
control que se confundía con disciplina. El foco estaba puesto en su imagen de
hombre decidido, de hombre que no duda, y para sostener esa imagen había
reducido la realidad a lo administrable: escritos, notas, informes que su
ayudantía le presentaba ya digeridos, ya organizados, como si el país pudiera
entenderse mejor cuando se le quitan las aristas.
El
más destacado de ellos era Frida, una mujer decidida, de movimientos precisos y
con una confianza casi absoluta en su jefe. Ambos pasaban largos periodos
juntos en la Torre Nacional, donde ella le leía informes recientes sobre
criminalidad en la ciudad portuaria de Sagami con una voz que no se quebraba ni
se detenía, mientras, a la par, anotaba con rapidez las instrucciones que
después debía coordinar con el resto del equipo. En ese ritmo, entre la lectura
y la orden, entre la palabra dicha y la palabra ejecutada, Mateo encontraba una
forma de continuidad que lo sostenía. Con la prensa, en cambio, mantenía una
relación cerrada, de línea dura, sin concesiones ni exclusivas, como si cada
palabra pública fuera una grieta posible que debía evitarse a toda costa.
—Me
voy a casa, estoy muerto, agéndame un masaje para mañana por la noche.
—Entendido,
mañana a las 18 como usual —respondió Frida, reculando apenas, como si incluso
en ese gesto hubiera una forma de disciplina.
El
trayecto a casa fue completamente disociado. El cansancio era tal que apenas
notó el camino; cerraba los ojos por segundos, breves, intermitentes, y en ese
parpadeo interrumpía su noción del tiempo, como si cada cierre de ojos lo
desplazara de un momento a otro sin transición. No era consciente de sus manos
ni de su cuerpo, perdía la localización de sus extremidades como si estas
pertenecieran a otro, y al abrir los ojos, sobresaltado, sintió una sed
inmensa, física, casi violenta.
El
habitáculo del vehículo, insonoro y en penumbra, lo separaba del exterior con
una eficacia inquietante. Todo quedaba afuera: la ciudad, el ruido, las
personas. Él, en cambio, permanecía suspendido en ese espacio cerrado donde
solo existía una idea persistente: dormir. Pensó en sus almohadas, esponjosas y
firmes, en el calor constante del piso calefactado, en la elegancia silenciosa
de sus cortinas, en ese orden que lo esperaba como una promesa de descanso.
Al
final, se tumbó en la cama apenas habiéndose desabotonado la camisa. Se giró lo
justo para acomodarse y clavó la mirada en el techo. El silencio absoluto le
penetraba el cráneo con una insistencia incómoda.
No
soportaba el hecho de que todo fuera tan calculado.
Tan
frío.
Sus
libreros, la alfombra del pasillo, los cuadros que colgaban con una precisión
casi obsesiva, todo parecía observarlo, como si cada objeto tuviera una
conciencia mínima destinada a juzgarlo. Sin nadie a su alrededor a quien
compartirle el día, sin una voz que interrumpiera esa perfección, la escena se
volvía insoportable en su quietud. Aquello lo atormentó durante horas, no con
un dolor definido, sino con una incomodidad persistente que no terminaba de
nombrarse, hasta que, como una defensa, su mente consiguió desplazarse hacia
otros asuntos aún no resueltos.
El
inmenso agotamiento que había sentido camino a casa pareció entonces
transformarse en otra cosa: una agitación súbita, cercana a la taquicardia, una
energía incómoda que no aliviaba, que no ordenaba, que solo empujaba. Esa
sensación le era conocida. Lo había asaltado durante su época estudiantil,
cuando la confianza ante un examen lo abandonaba sin aviso, cuando el
conocimiento no bastaba y el cuerpo reaccionaba antes que la razón. Fue ahí
donde había aprendido que, a veces, ser bueno en algo no es suficiente para
hacer lo que es necesario.
Ese
impulso, esa energía inexplicable, fue suficiente excusa para escribirle una
prolongada carta a Diego
No
la redactó de golpe ni con la soltura de quien simplemente deja correr el
afecto, sino con esa mezcla tan suya de ansiedad, necesidad y cuidado, como si
incluso en el amor necesitara administrar el desborde para que no se le notara
demasiado. Se quedó viendo unos segundos la pantalla, inmóvil, con los hombros
tensos, antes de empezar a teclear, y luego, cuando por fin lo hizo, las
palabras salieron sin resistencia, una detrás de otra, húmedas todavía de esa
intimidad que solo aparece cuando el cansancio desarma un poco la vigilancia.
“Mi
vida, mi amor.
Hace
tiempo que has partido para luchar por lo que mejor sabes hacer, lo que daría
por abrazarte y besarte en estos momentos cuando las cosas se ponen difíciles,
paso mis tardes de descanso mirando nuestras fotos y aquellas capturas que nos
enviamos por mensaje, es tan duro estar tan lejos de ti, quiero localizarte,
hablamos a diario, pero tengo unas inmensas ganas de darte ternura, darte mi
calor, apreciar tu nariz, tus dedos y acariciar tu pelo, mientras te hago
sentir que nada te pasará mientras haya pulso en mí. Me entristece saber que no
estás en casa para decirme cómo debo hacer los dobleces de mis corbatas o hacer
chistes sobre todo, todos extrañan el solecito que nos abrazaba en las mañanas
lleno de energía, extraño el frío de tus pies en mi espalda y ver tus pinceles
regados en nuestra habitación. Es muy duro no estar contigo, me aterra pensar
que estarás pasando frío o una pequeña incomodidad. No puedo vivir con el hecho
de imaginar que mis victorias no las puedo compartir. Espero que esta carta no sea
un punto que nos haga menos unidos, pero cuando me siento intranquilo como en
estos días, ponerlo en palabras es mejor para mí cuando no dejo que nada me
interrumpa y solo me concentro en amarte tanto y que la distancia no puede
corroer ese vínculo tan único que tenemos.
Con
amor,
Mati”
Leyó
la carta una vez, no para corregirla, sino para volver a sentirla. No había en
ella la sobriedad que exigía para el resto de su vida, ni la exactitud cortante
que solía imponer en la palabra pública; ahí, en cambio, estaba ese otro Mateo
que solo aparecía cuando la distancia lo obligaba a saberse necesitado. No la
encontró ridícula. La encontró justa. La envió.
Antes
de finalmente acostarse, decidió mirar las fotografías de sus viajes juntos a
Bali e Ibiza. Esos viajes habían sido sus favoritos por muchas razones, por lo
apartados, por la posibilidad de disfrutarse sin interrupciones y, sobre todo,
porque cada uno de ellos le permitió conocer un poco más de la personalidad de
Diego, no la que se mostraba en cenas, reuniones o actos públicos, sino la
otra, la minuciosa, la doméstica, la que solo se revelaba en la convivencia. En
Ibiza, por ejemplo, descubrió que Diego era obsesivo con el vello facial y que
su malhumor era prácticamente previsible cuando los rastrillos provistos por el
hotel eran malos. Así, entre nimiedades y pequeñas irritaciones, habían ido
afianzando su relación, aprendiendo uno del otro sobre todo en los conflictos,
que era donde más se revelaba el carácter. Recordó una vez, por ejemplo, cuando
ambos, sin saberlo, tomaron un taxi local sin cargar efectivo en moneda del
país y el trayecto, que en cualquier otra pareja habría terminado en reproches,
se convirtió en una escena ridícula que resolvieron con inventiva, humor y una
mezcla de torpeza y encanto que después contaron durante semanas a sus amigos
como si hubiera sido una hazaña. Esos inconvenientes, lejos de alejarlos, los
unían, porque siempre encontraban formas creativas de darles la vuelta y
transformarlos en anécdotas.
Por
alcurnia, ambos estaban involucrados en la política desde sus padres, aunque en
cada uno esa herencia había adoptado formas distintas. Para Mateo, su padre se
había desempeñado como un respetado jurista durante la época de la dictadura
militar, y Mateo no podía recordarlo sin pensar en la severidad sobria de su
voz, en la forma en que sus argumentos parecían buscar siempre una limpieza
moral del lenguaje. Resaltaba, por encima de todo, el hecho de que se hubiera
vuelto un férreo defensor de los derechos humanos, de los derechos de las
mujeres y que, ya desde la academia, hubiera ocupado la rectoría de la
Universidad Nacional durante su proceso de autonomía. Ese itinerario le había
otorgado una reputación de hombre comprometido con los históricamente oprimidos,
una reputación hecha tanto de méritos como de relato público.
Su
madre, en cambio, pertenecía a otra zona de la memoria y de la historia. Había
fallecido varios años atrás, en un siniestro de aviación que todavía a veces se
le presentaba a Mateo como una imagen incompleta, como una noticia que no
terminaba de adquirir forma del todo, y había sido ministra de la Suprema Corte
de Justicia, también durante el periodo de la dictadura militar. A diferencia
del padre, ella fue juzgada con dureza por la historia, que la consideró más un
instrumento del aparato opresor que una figura honorable. Sin embargo, Mateo
conocía la otra parte de esa historia, la menos citada, la menos cómoda. Su
madre, Lidia Tenenbaum, hizo lo propio, asumió su rol con la dignidad que cabía
en un tiempo así y votó en contra de muchas resoluciones que, a su juicio,
violaban la presunción de inocencia. Ese gesto, quizá insuficiente para
absolverla ante la memoria colectiva, había bastado para colocarla en las
listas del Servicio Federal de Inteligencia como persona de interés.
Por
su parte, el padre de Diego se había desempeñado como congresista desde 1989,
uno de los primeros en pertenecer a los bloques opositores al régimen. El
Imperio Confederado, empujado por presiones internacionales, había tenido que
demostrar que su democracia mostraba al menos algunos rasgos de autenticidad y,
cuando la junta militar se vio obligada a abrir un poco la compuerta, Armando
Noriega, el padre de Diego, reunió suficientes simpatías para representar y
liderar uno de los primeros movimientos de liberación en el país.
Posteriormente, de 2014 a 2018, fungió como alcalde de Distritos Unidos en una
gestión marcada por el aumento del costo de la vivienda y la criminalidad al
alza, mezcla ingrata de modernización urbana y descomposición cotidiana que caracterizaría,
durante años, a la capital.
La
madre de Diego, de perfil mucho más discreto, provenía de una familia de clase
media que se había beneficiado del sector de la construcción de vivienda social
durante el periodo presidencial de Fernando Alonso. Graduada en arquitectura,
dedicaba su tiempo libre a las artes y a gestionar su compañía. Fue así como
conoció a Armando: no en una oficina ni en una negociación, sino durante un
concierto de artes escénicas en la ciudad, como si incluso ese encuentro
hubiera querido diferenciarse de la lógica dura de la política.
Esos
antecedentes eran, sin saberlo, el inicio de la historia de la pareja
presidencial que años después gobernaría la nación. En 2017, cuando el padre de
Diego seguía siendo alcalde de la ciudad, Mateo asistió a uno de los múltiples
eventos estudiantiles organizados por sociedades de alumnos que buscaban
patrocinios gubernamentales. Por entonces, Mateo trabajaba como coordinador en
la Secretaría de Educación Pública. Su presencia allí no obedecía a una
inclinación personal ni a entusiasmo alguno, sino a una mera cuestión de
trámite gubernamental, a una obligación menor dentro de una cadena de
obligaciones mayores.
Diego,
que siempre había sido extrovertido y elocuente, inició la conversación
mientras Mateo, sentado, juzgaba a la distancia.
—¿Qué
es lo que miras? —preguntó Diego, de pie, detrás de él.
Al
inicio, Mateo no se percató de que el comentario iba dirigido a él. Estaba
absorto en sí mismo, en esa forma de retraimiento vigilante que lo acompañaba
casi siempre en espacios ajenos.
—Eh,
¿estás bien? —insistió Diego.
—¿Es
a mí? Ah, no es nada, es que esto me parece excesivo… Disculpa, ¿quién eres?
—Soy
Diego y, no, no soy excesivo.
—Diego,
un gusto, no, no lo digo por ti.
—Es
broma, lo sé, tú eres Mateo.
—Sí,
vengo por parte del secretario Juárez Cervantes a supervisar personalmente
esto.
—Tranquilo,
Mati. Conmigo no tienes que ser tan formal, yo también estoy aburrido, ahora yo
soy tu consuelo.
—¿Y
tú estás aquí por…?
—Soy
hijo de Armando Noriega, siempre lo acompaño, me gusta ver chicos lindos.
Mateo
desvió la mirada. No porque no le agradara el atrevimiento, sino porque le
gustó demasiado rápido y no quiso concederle de inmediato la ventaja que eso
implicaba.
—Ah
vaya, sí que es un trabajo difícil entonces. Ah… el alcalde… quiero decir, él…
el alcalde es alguien muy ocupado y lo acompañas a todos lados… Amm, seguro
conoces a muchas personas.
—Qué
cosas dices. ¿Y si salimos de aquí y nos vamos a caminar? Estar sentado es malo
para la salud.
—¿Y
a dónde? ¿Tardaremos mucho? Tengo que estar aquí.
—Confía
en mí, yo sé a dónde podemos ir y estarás aquí para cuando esto esté por
terminar.
Ese
día tuvieron su primera cita informal. Para Mateo, conocer hombres era un acto
novedoso y rebelde, aunque nunca se negó a sí mismo, tampoco se mostró
abiertamente ante los demás. Se había impuesto una restricción: no hablarlo con
nadie. Pensaba que su entorno, en algunos casos ortodoxo y anticuado, le
representaría un mar innecesario de complicaciones y preocupaciones. Había
reservado para sí sus intenciones y deseos, mostrándolos solo a un par de
chicos durante su etapa preuniversitaria, con quienes se frecuentó
ocasionalmente y experimentó el amor, las citas a escondidas, las noches de
placer y romance, los celos y las discusiones por sus decisiones respecto a
quién podía enterarse de su condición y quién no. Esas primeras experiencias
resultaron lo suficientemente desagradables como para convencerlo de que era
mejor construir una vida paralela, una donde su mejor amiga actuaba como su
novia cuando resultaba conveniente.
Las
memorias de esos días y de aquella primera cita fueron un recuerdo amable y
relajante que terminó por inducirle, al fin, un reposo necesario para el día
siguiente. Su ritual nocturno, intacto y estricto, se impuso antes de
entregarse al sueño.
Ya
con la energía recargada, Mateo tomó su desayuno habitual. Su equipo de
servicio lo conocía lo suficiente como para no equivocarse en aquello que
respecta a la rutina de la casa. Mateo era, en ese terreno, del tipo
predecible: alguien que prefería lo conocido, aunque no siempre resultara
conveniente. A veces, sin embargo, como fue el caso de ese día, se atrevía a
rebelarse un poco y, eligiendo jugo en lugar de café, se preparó como siempre,
con esmero, y se adelantó a escuchar las novedades del día. Por la mañana debía
asistir a una asamblea estudiantil en la Universidad Nacional, a la que había
sido invitado como muestra de apertura a la juventud. Desde luego no estaba
obligado a asistir, pero cuando la presión y el buen recibimiento de esa
posibilidad se hicieron demasiado grandes, ya no pudo desdecirse. El recuerdo,
la añoranza de tiempos anteriores, se hizo presente y, con certeza, influyó en
su decisión de estar allí.
—¿Sabes
por dónde es? —cuestionó al conductor antes de abordar el pesado sedán.
—Sí,
señor, seguiremos la ruta que el equipo preparó anoche.
—No,
no. Quiero que tomes Av. Palacios y, después, entremos por la puerta M.
—Tendr…
Mateo
lo interrumpió.
—Encárgate
de seguir esa ruta, coordínalo con todos.
El
cambio de ruta no respondía a un capricho ni a uno de sus delirios de mando,
sino a la añoranza de recordar sus pasos matutinos desde su antiguo
departamento hasta su facultad. Así fue. Su deseo se concedió y el auto, junto
con el resto del equipo, emprendió el rumbo hacia la Universidad Nacional por
el trayecto que él había elegido.
¿Quién
se encarga de todo esto?,
se preguntaba, casi estupefacto, mientras caminaba hacia el salón principal de
la asamblea estudiantil.
Estaba
allí para presentar su plan de gobierno. En realidad, no era más que una
repetición de lo ya dicho en el congreso, aunque vestido esta vez de victoria y
revolución. Sabía que la juventud se exaspera con facilidad. Hablar de
revolución para ellos era casi lo mismo que hablar de juventud: una forma de
identidad, una coartada sentimental, un mandato estético. Él también había sido
joven y conocía la manera de encenderlos, citando a los grandes nombres de su
tiempo. Le convenía identificarse con ellos, porque serían quienes llevarían la
discusión a las mesas familiares, en los momentos más inoportunos. El cambio
ideológico generacional podía empezar allí: los hijos enfrentando a los padres.
No había mejor excusa para ello que la presencia de un líder fuerte.
Al
llegar, lo sorprendió escuchar que los asistentes de las primeras filas
coreaban frases de apoyo que ni él mismo habría inventado. Amaba la adulación,
pero incluso aquello le parecía excesivo.
—Nuestro
señor presidente, el ciudadano licenciado presidente Mateo Leviev, está hoy con
nosotros embelleciendo nuestro recinto y se dirigirá a la juventud para
empaparnos de su liderazgo —anunció, nervioso, el maestro de ceremonias.
Mateo
tomó el auditorio por completo. Su elegante traje negro, con franjas blancas en
las mangas como sello inconfundible de aquellos que servían al Estado desde el
poder, atraía miradas. Su estatura y sus pasos no dejaban a nadie indiferente.
El auditorio enmudeció al verlo, mientras la escolta tomaba posición
discretamente detrás del escenario principal; todo estaba calculado para
transcurrir sin perturbar, siquiera en la mirada, al presidente. Sin titubear
ni dar tiempo a la duda, comenzó. Su discurso estaba calculado para dar en el
blanco. Citó a exponentes juveniles de Venezuela, Chile, Cuba, México, Bolivia
y Colombia. Con voz firme presentó su plan de gobierno y se permitió anunciar,
como primicia, el aumento al presupuesto en educación pública. Era solo una
verdad a medias: el incremento existía, pero se destinaría a la creación de la
Autoridad Especializada en Educación Superior, un nuevo aparato burocrático.
Con su habilidad habitual, supo presentar un logro como dos.
El
recinto estalló en aplausos.
—¡Presidente,
presidente, presidente! —retumbaba en cada rincón.
Sonreía
forzadamente cada vez que escuchaba las frases de apoyo, sin mirar realmente a
quienes lo vitoreaban. Sus ojos permanecían fijos como anclas en el discurso y,
ocasionalmente, en un fugaz intercambio de miradas, se cercioraba con su asesor
de que todo estuviese saliendo como había sido planeado. Llegó entonces la
sección de participación estudiantil.
Una
joven de pelo corto y anteojos tomó la palabra, emocionada y cuidando sus
gestos:
—Hoy
nos sentimos muy orgullosas de tenerlo aquí, presidente. Es un honor que esta
lucha…
¿Qué
lucha?, pensó Mateo.
—…culmine
con su visita a nuestra universidad, la mejor del país. Tenemos certeza de que
las mujeres ganamos con usted y, sobre todo, la comunidad LGBT. Presidente,
todas, todos y todes estamos con usted. ¡Viva!
Más
fanfarronería, pensó.
Mantuvo
el gesto de atención, las sonrisas calculadas y los movimientos de la mano
dirigidos a los oradores.
Otro
estudiante, trajeado, intervino:
—Nuestro
presidente es un exponente de la libertad, una libertad que este pueblo lleva
años reclamando. Estos acercamientos nos convierten en una nación próspera y
soberana, con la juventud al frente. Estamos agradecidos de que nos haya
concedido un lugar en su agenda y que reciba de primera mano la grandeza de
esta institución. Esta siempre será su casa.
Mateo
se sorprendió. Había esperado al menos un reclamo justo: la reparación del
cuarto de cómputo, que ya en sus tiempos era deplorable. Nada de eso ocurrió.
Después
de todo, esto es demasiado fácil. Debería haber traído mis audífonos.
Los
halagos continuaron sin pausa. No veía la hora de cortar el listón e inaugurar
los cursos para marcharse. Sabía, sin embargo, que debía agregar un gesto
espontáneo.
—¡Y
que viva Ciencias Políticas! —exclamó con una energía impostada.
El
grito encendió otra vez el entusiasmo. Posó para las fotos oficiales con su
mejor sonrisa tras cortar el listón, y para otra más con la chica de anteojos.
Para ella era el momento cumbre, la proximidad con el presidente.
Ojalá
ser presidente me dé la autoridad para insultar a ese odioso prefecto, pensó, recordando las extravagancias
sugeridas.
—¿Tú
organizaste esto? —cuestionó con dureza.
—No,
señor. ¿Por qué lo dice?
—¿Entonces?
¿De dónde sacaron todo eso? No puede ser así de sencillo, me hacen desconfiar
de ustedes. Esperaba, no sé, quizá alguien que me pidiera algo, no sé,
diferente…
—Lo
investigaré, señor —sostuvo Frida.
—Necesito
ver a Elena, hazla ir al despacho.
El
tiempo se escurrió de sus manos. Entre entrevistas, fotos y abrazos, la tarde
ya acariciaba la ciudad. El recorrido a Torre Nacional fue más corto de lo
habitual y, al entrar al despacho presidencial, Elena estaba firmemente sentada
en la antesala, aguardando al presidente.
—¿Cómo
va la designación de la estructura de la autoridad de educación superior? —dijo
en voz alta mientras caminaba hacia el despacho.
—Tenemos
buen avance, presidente. Al menos la mitad de las posiciones importantes ya
están ocupadas y sus responsables han empezado a hacer funcionar todo. Aquí le
traje la estructura orgánica con nombres y todo.
Elena
se levantó sobresaltada y lo siguió, extendiendo la mano con una carpeta llena
de hojas.
—De
hecho, presidente, el único asunto urgente que tendríamos que resolver es la
continuidad de los cursos de inglés. La empresa que nos daba esos servicios
está esperando que el nuevo coordinador de esta nueva institución autorice los
recursos financieros y se haga formal el aprovechamiento de instalaciones para
comenzar en una semana.
—De
acuerdo, gestiónalo y habla con Max para que libere el recurso. ¿Hay cambios
respecto al anterior?
—Ninguno,
señor; solo que ahora ellos insisten en que deberíamos dejar vender sus libros
o, bien, subsidiarlos.
—Bien,
bien. Resuélvelo y regresa con novedades. La estructura que propones tiene
muchas dependencias, hazla más simple. Por ejemplo, esto, ¿cómo vas a trabajar
por separado las ilustraciones de los libros de la dirección de arte? Una misma
puede hacer ambas.
—Enterado,
señor.
—¿Firmas?
—Sí,
de favor. Al menos este oficio, para el presupuesto que le mencioné para los
cursos de inglés.
—Ah,
por cierto. También espero que el calendario unificado de días de descanso ya
esté funcionando para todas las escuelas, ¿has tenido problemas con eso?
—No,
señor. El sindicato de trabajadores de servicios de limpieza estuvo de acuerdo;
de hecho, agradecieron que se les tomara en cuenta para la programación de
actividades. Algunos rectores no estuvieron, pero, ignorando eso, los pondré a
trabajar.
—Muy
bien, si surge algo más te hago llamar.
Antes
de cerrar la puerta, tomó su tableta y abrió el portal de noticias. Se tumbó
sobre un sillón mientras hojeaba las páginas de internet de los principales
medios. En ese momento, su obsesión compulsiva por el clamor popular estaba
apaciguada. A él le importaba otra cosa: que no se hablara sobre Diego. Quería
mantenerlo ajeno a su realidad. De hecho, salvo unos rumores lejanos, nadie más
que sus personas de confianza conocían aquella relación.
—Señor…
—dijo una voz desde la puerta.
—¿Sí?
—Lo
busca Ulises, señor.
Ulises,
secretario de Cultura, hombre de toda la confianza del presidente, se había
vuelto uno de sus principales pilares emocionales desde que se conocieron en un
congreso. Si bien no habían compartido demasiados momentos por las agendas
apretadas de ambos, Mateo le tenía simpatía por su estilo pausado y racional de
jalar, de opinar, de estar.
Estaba
empezando a extrañar las buenas compañías. Efusivo, saludó Mateo a su invitado.
—Perdona
que no he avisado, hace tiempo no nos vemos. Déjame felicitarte nuevamente.
—Gracias,
muy honrado. ¿Qué gustas?
—Nada,
solo quería verte, ¿cómo estás?
Ambos
se tiraron sobre el sillón, que era lo suficientemente ancho como para acoger a
los dos, pero estrecho como para dejar poco espacio entre ambos. Sus miradas
apuntaban al techo.
—Honestamente
no lo sé. Me he sentido disociado, como que no… no soy yo, ¿sabes?
—Claro,
el poder embriaga.
—No
me refiero a eso, tú sabes. Todavía no lo creo. Es Diego.
—¿Qué
con él? ¿No hablan a diario?
—Claro
que sí, pero la diferencia de horarios nos distancia, creo. Lo veo feliz, a
veces creo que no me necesita y eso me duele en el alma. Es decir… no quiero
una dependencia, ¿sabes? Simplemente, no sé, lo extraño. ¿Tú sabes algo de él?
¿Te ha dicho algo sobre mí?
—No
mucho en realidad, de lo que estoy seguro es de que te quiere. Se ven muy bien
juntos, tú lo quieres, es recíproco, no deberías preocuparte.
—Te
confieso que tengo miedo. O no sé qué sea, debería ir con una especialista.
—¿A
qué le tienes miedo?
—No
lo digas así, yo soy valiente.
—Explícame.
—Es
solo que, ahora que tengo todo, literalmente todo, he vuelto a hablar con
muchas personas, algunos que siempre me han parecido buenas personas.
—Es
decir, que te gustan.
—Sí,
digamos que sí, me da miedo sentirme solo y buscar su compañía. No me juzgues.
—Yo
no podría hacerlo.
—Es
eso, a veces creo que él podría estar haciendo lo mismo. No sé, puede ser. Como
sea, él no sabe nada de esto, a veces solo lo escucho y yo no puedo decirle
nada, se detiene poco a oírme, no me molesta, lo ahora, pero es extraño.
—Hablen,
lleguen a acuerdos. Eso es lo más sensato.
—Quizá,
no es tan fácil.
Su conversación siguió extendiéndose hasta entrada la noche, momento en que Leviev se detuvo a probar café y aprovechó para retomar una idea de club de lectura que tenía con su amigo. En su despacho sonó música y los pendientes se acumularon para el día siguiente. Esa tarde, al menos para el presidente, había sido más ligera de lo acostumbrado.
Televisión
confederada – 15 de enero de 2020
“Leviev anuncia incremento en educación ante universitarios”
Por: Francisco Gutiérrez
El
presidente del Imperio Confederado, Mateo Leviev, se reunió este viernes con
estudiantes en el salón principal de la Rectoría de Ciudad Universitaria, en el
Distrito de Puerto Espadas, donde presentó su plan de gobierno y reiteró el
compromiso de su administración con la juventud.
Recibido
entre vítores y aplausos, el mandatario destacó la importancia de la
participación de las nuevas generaciones en la vida pública y citó a líderes
políticos de distintos países de la región como ejemplo de compromiso y
transformación social.
Durante
su discurso, anunció un incremento en el presupuesto destinado a la educación
pública, medida celebrada como un paso decisivo hacia la consolidación de un
sistema más inclusivo y moderno. El encuentro concluyó con la inauguración
oficial de los cursos lectivos, en un ambiente de entusiasmo y respaldo a la
gestión presidencial.
Con
ello, el gobierno de Mateo Leviev reafirma que la educación será uno de los
pilares fundamentales en la construcción de un Imperio Confederado más justo y
cercano a su juventud.


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