Capítulo II "El consuelo"

El poder y sus silencios

Apenas habían pasado cuatro días desde que el estilo Leviev había comenzado a gobernar y ya esos días, idénticos entre sí, comenzaban a parecerle no solo rutinarios, sino densos, prolongados, como si cada uno de ellos hubiese decidido quedarse más tiempo del debido dentro de su cuerpo. Estaba despierto desde muy temprano; en realidad, desde antes de que la noche hubiese terminado de retirarse. Apenas había dormido un par de horas, lo suficiente para no colapsar, pero no lo suficiente para descansar.

Sobre su escritorio, una pila de documentos aguardaba su firma con una paciencia casi ofensiva. El trabajo era simple hasta volverse humillante: rubricar cada hoja y desplazarla hacia otro montón. Nada más. Su equipo se encargaría del resto, como si su firma fuese el único gesto verdaderamente necesario para que las cosas ocurrieran.

A veces se detenía.

No por interés, sino por inercia.

Ah, una nueva contratación.
Uy, compromisos con la asociación de mineros.

Lo decía en voz baja, como si comentara una escena trivial que no le pertenecía, mientras barría con los ojos la página antes de firmar, con una rapidez que no admitía dudas ni lecturas profundas.

—Señor presidente, Ricardo está aquí. ¿Lo hacemos pasar?

—Sí, adelante. Por favor que use una kipá.

—A la orden, presidente.

Ricardo Vivanco había sido presidente del Imperio Confederado unos cuantos años antes. No se le recordaba precisamente por haber encabezado un gobierno responsable, sino por uno donde la libertad de prensa se había visto limitada hasta volverse casi ornamental, donde el nepotismo había adquirido carácter de rutina y donde las crisis eran el estado natural de las cosas. Sin embargo, había vuelto al servicio público y ahora ocupaba la Secretaría de Gobernación. Para Mateo, su presencia ahí no era una concesión personal, sino una jugada dentro del tablero del partido. Necesitaba alianzas que lo sostuvieran sin cuestionarlo demasiado, y Ricardo, pese a todo, aún gozaba de credibilidad. Muchas de las empresas del Estado se habían formado durante su administración, y con ellas había tejido una red de amistades convenientes, hombres que no olvidaban.

—Shalom.

—Shalom, presidente. Qué bonitos acabados pediste, empiezo a envidiarte un poco.

—Deja tus cosas ahí. Qué gusto verte. ¿Qué te ofrezco?

—Café americano, por favor. Y qué, ¿no te alcanzó para una buena consola?

Ambos rieron, no tanto por la broma, sino por el reconocimiento tácito de un código compartido.

—Sabes que ese no es mi estilo —respondió Mateo.

El café llegó de inmediato. La ayudantía lo colocó con precisión sobre una mesita preparada para el servicio. La loza era elegante: llevaba los colores nacionales y la nueva identidad del gobierno, con una franja de oro en los bordes. Mateo la miró un instante más de lo necesario.

En unos años, esta taza será una pieza de colección.

—Hablemos como caballeros y directo —dijo Ricardo, inclinándose apenas hacia adelante—. El partido está un poco preocupado por tu postura radical de ayer. Ya habíamos hablado de eso. ¿Qué pasa contigo? Modérate un poco. Estamos aquí como amigos, ¿no? Y me interesa saber qué planeas. A nuestros amigos no les gusta pensar que no tienen el control. Algunos no son afines a lo espiritual, tú me entiendes.

—Y no lo tienen. Ahora el presidente soy yo. Hazles saber eso antes de cualquier otra cosa.

—No estamos cuestionando eso. Están de tu lado. Pero olvídate de ellos, piensa primero en nosotros como equipo. Consúltame a mí, cuida esto, el equipo… Max, Elena, Ann, Diego, Santi. Primero necesitamos conocerte, después te respaldaremos. Sin importar qué. Para resumir… primero consúltanos.

Mateo permaneció en silencio. No era un silencio incómodo; era un silencio calculado, casi escénico.

—¿Qué te puedo decir? —continuó Ricardo—. Sé cómo se siente. Disfrútalo. Pide que cierren una avenida y grita hasta desgarrarte la garganta. Hazlo todo, vívelo con intensidad.

Aquella insinuación lo dejó suspendido en una idea que no terminaba de formarse.

¿Qué más habrá pedido este desgraciado?
Es un sujeto turbio. Muy turbio.

Se desconectó del sermón. Era habitual en él: cada reprensión lo conducía a una forma refinada de ausencia. Su rostro permanecía atento, incluso interesado, pero en su interior no escuchaba nada.

—¿Crees que estuvo mal lo de ayer?

—Yo no dije eso —sentenció Ricardo—. Solo no puedes esperar que leamos tu mente.

—Señor secretario, por eso está en el equipo. Desde luego que tomaré en cuenta sus valiosas intervenciones.

—¿Cómo está Diego? Hace meses que no hablamos para nada.

—Él está bien. Lo veo feliz. Está a mitad de semestre. Cómo pasa el tiempo. Para mí es como si recién lo hubiese conocido. Me cuesta vivir estos momentos tan importantes sin él. Siento como si estuviese solo.

—No lo estás. Siempre que pueda, estaré para ti.

—Y te agradezco, pero quisiera que vuelva, o al menos poder escaparme unos días. Desde la campaña y ahora no he tomado vacaciones. Apenas duermo. Además, con los sindicatos intentando agarrar lo que sea con el cambio… siento ganas de huir.

Ambos alargaron la conversación unos minutos más, no porque hubiera algo más que decir, sino porque a veces el silencio exige ser disimulado con palabras menores, con esos detalles del día que no significan nada y, sin embargo, sostienen la apariencia de una cercanía que en realidad ya se ha retirado. Hablaron de cosas insignificantes, de asuntos que no sobrevivirían ni siquiera al recuerdo inmediato, y cuando finalmente esas palabras se agotaron, Ricardo, satisfecho —o al menos convencido— de haber cumplido su labor, se levantó con una parsimonia apenas estudiada, tomó el portafolio con un gesto que le devolvía su peso específico dentro de la escena y salió de la oficina con ese aire altanero que no necesitaba exagerarse para ser evidente.

La reunión había concluido, aunque en Mateo no quedaba claro en qué momento había terminado realmente.

—¿Desea desayunar? —preguntó una voz desde la puerta, con la neutralidad propia de quien no participa de nada, pero lo observa todo.

—Lo de siempre.

El resto del día transcurrió como había comenzado, como si en realidad no hubiera comenzado nunca: pilas de papeles pendientes de firma, hojas que se acumulaban con una paciencia casi ofensiva, visitas frecuentes del equipo, interrupciones breves que no alteraban el curso de nada, apenas lo confirmaban.

—Disculpe, presidente, nos equivocamos en la ortografía. Este es el bueno.

Mateo respondía con una mirada fulminante cada vez que aquello ocurría, una mirada que no castigaba el error en sí, sino la reiteración de lo inútil. Después, resignado —o tal vez ya habituado— firmaba sin decir más, como si incluso su molestia hubiera perdido eficacia.

Estoy exhausto. Nadie trabaja tanto como yo, pensó.

El tiempo avanzaba sin dejar huella clara, y las novedades del país, reducidas a informes, cifras y resúmenes, lo aturdían más por su acumulación que por su contenido. Desde el inicio había optado por un estilo más solitario y centralizado, no tanto por convicción ideológica como por una necesidad de control que se confundía con disciplina. El foco estaba puesto en su imagen de hombre decidido, de hombre que no duda, y para sostener esa imagen había reducido la realidad a lo administrable: escritos, notas, informes que su ayudantía le presentaba ya digeridos, ya organizados, como si el país pudiera entenderse mejor cuando se le quitan las aristas.

El más destacado de ellos era Frida, una mujer decidida, de movimientos precisos y con una confianza casi absoluta en su jefe. Ambos pasaban largos periodos juntos en la Torre Nacional, donde ella le leía informes recientes sobre criminalidad en la ciudad portuaria de Sagami con una voz que no se quebraba ni se detenía, mientras, a la par, anotaba con rapidez las instrucciones que después debía coordinar con el resto del equipo. En ese ritmo, entre la lectura y la orden, entre la palabra dicha y la palabra ejecutada, Mateo encontraba una forma de continuidad que lo sostenía. Con la prensa, en cambio, mantenía una relación cerrada, de línea dura, sin concesiones ni exclusivas, como si cada palabra pública fuera una grieta posible que debía evitarse a toda costa.

—Me voy a casa, estoy muerto, agéndame un masaje para mañana por la noche.

—Entendido, mañana a las 18 como usual —respondió Frida, reculando apenas, como si incluso en ese gesto hubiera una forma de disciplina.

El trayecto a casa fue completamente disociado. El cansancio era tal que apenas notó el camino; cerraba los ojos por segundos, breves, intermitentes, y en ese parpadeo interrumpía su noción del tiempo, como si cada cierre de ojos lo desplazara de un momento a otro sin transición. No era consciente de sus manos ni de su cuerpo, perdía la localización de sus extremidades como si estas pertenecieran a otro, y al abrir los ojos, sobresaltado, sintió una sed inmensa, física, casi violenta.

El habitáculo del vehículo, insonoro y en penumbra, lo separaba del exterior con una eficacia inquietante. Todo quedaba afuera: la ciudad, el ruido, las personas. Él, en cambio, permanecía suspendido en ese espacio cerrado donde solo existía una idea persistente: dormir. Pensó en sus almohadas, esponjosas y firmes, en el calor constante del piso calefactado, en la elegancia silenciosa de sus cortinas, en ese orden que lo esperaba como una promesa de descanso.

Al final, se tumbó en la cama apenas habiéndose desabotonado la camisa. Se giró lo justo para acomodarse y clavó la mirada en el techo. El silencio absoluto le penetraba el cráneo con una insistencia incómoda.

No soportaba el hecho de que todo fuera tan calculado.

Tan frío.

Sus libreros, la alfombra del pasillo, los cuadros que colgaban con una precisión casi obsesiva, todo parecía observarlo, como si cada objeto tuviera una conciencia mínima destinada a juzgarlo. Sin nadie a su alrededor a quien compartirle el día, sin una voz que interrumpiera esa perfección, la escena se volvía insoportable en su quietud. Aquello lo atormentó durante horas, no con un dolor definido, sino con una incomodidad persistente que no terminaba de nombrarse, hasta que, como una defensa, su mente consiguió desplazarse hacia otros asuntos aún no resueltos.

El inmenso agotamiento que había sentido camino a casa pareció entonces transformarse en otra cosa: una agitación súbita, cercana a la taquicardia, una energía incómoda que no aliviaba, que no ordenaba, que solo empujaba. Esa sensación le era conocida. Lo había asaltado durante su época estudiantil, cuando la confianza ante un examen lo abandonaba sin aviso, cuando el conocimiento no bastaba y el cuerpo reaccionaba antes que la razón. Fue ahí donde había aprendido que, a veces, ser bueno en algo no es suficiente para hacer lo que es necesario.

Ese impulso, esa energía inexplicable, fue suficiente excusa para escribirle una prolongada carta a Diego

 

 

No la redactó de golpe ni con la soltura de quien simplemente deja correr el afecto, sino con esa mezcla tan suya de ansiedad, necesidad y cuidado, como si incluso en el amor necesitara administrar el desborde para que no se le notara demasiado. Se quedó viendo unos segundos la pantalla, inmóvil, con los hombros tensos, antes de empezar a teclear, y luego, cuando por fin lo hizo, las palabras salieron sin resistencia, una detrás de otra, húmedas todavía de esa intimidad que solo aparece cuando el cansancio desarma un poco la vigilancia.

“Mi vida, mi amor.

Hace tiempo que has partido para luchar por lo que mejor sabes hacer, lo que daría por abrazarte y besarte en estos momentos cuando las cosas se ponen difíciles, paso mis tardes de descanso mirando nuestras fotos y aquellas capturas que nos enviamos por mensaje, es tan duro estar tan lejos de ti, quiero localizarte, hablamos a diario, pero tengo unas inmensas ganas de darte ternura, darte mi calor, apreciar tu nariz, tus dedos y acariciar tu pelo, mientras te hago sentir que nada te pasará mientras haya pulso en mí. Me entristece saber que no estás en casa para decirme cómo debo hacer los dobleces de mis corbatas o hacer chistes sobre todo, todos extrañan el solecito que nos abrazaba en las mañanas lleno de energía, extraño el frío de tus pies en mi espalda y ver tus pinceles regados en nuestra habitación. Es muy duro no estar contigo, me aterra pensar que estarás pasando frío o una pequeña incomodidad. No puedo vivir con el hecho de imaginar que mis victorias no las puedo compartir. Espero que esta carta no sea un punto que nos haga menos unidos, pero cuando me siento intranquilo como en estos días, ponerlo en palabras es mejor para mí cuando no dejo que nada me interrumpa y solo me concentro en amarte tanto y que la distancia no puede corroer ese vínculo tan único que tenemos.

Con amor,
Mati”

Leyó la carta una vez, no para corregirla, sino para volver a sentirla. No había en ella la sobriedad que exigía para el resto de su vida, ni la exactitud cortante que solía imponer en la palabra pública; ahí, en cambio, estaba ese otro Mateo que solo aparecía cuando la distancia lo obligaba a saberse necesitado. No la encontró ridícula. La encontró justa. La envió.

Antes de finalmente acostarse, decidió mirar las fotografías de sus viajes juntos a Bali e Ibiza. Esos viajes habían sido sus favoritos por muchas razones, por lo apartados, por la posibilidad de disfrutarse sin interrupciones y, sobre todo, porque cada uno de ellos le permitió conocer un poco más de la personalidad de Diego, no la que se mostraba en cenas, reuniones o actos públicos, sino la otra, la minuciosa, la doméstica, la que solo se revelaba en la convivencia. En Ibiza, por ejemplo, descubrió que Diego era obsesivo con el vello facial y que su malhumor era prácticamente previsible cuando los rastrillos provistos por el hotel eran malos. Así, entre nimiedades y pequeñas irritaciones, habían ido afianzando su relación, aprendiendo uno del otro sobre todo en los conflictos, que era donde más se revelaba el carácter. Recordó una vez, por ejemplo, cuando ambos, sin saberlo, tomaron un taxi local sin cargar efectivo en moneda del país y el trayecto, que en cualquier otra pareja habría terminado en reproches, se convirtió en una escena ridícula que resolvieron con inventiva, humor y una mezcla de torpeza y encanto que después contaron durante semanas a sus amigos como si hubiera sido una hazaña. Esos inconvenientes, lejos de alejarlos, los unían, porque siempre encontraban formas creativas de darles la vuelta y transformarlos en anécdotas.

Por alcurnia, ambos estaban involucrados en la política desde sus padres, aunque en cada uno esa herencia había adoptado formas distintas. Para Mateo, su padre se había desempeñado como un respetado jurista durante la época de la dictadura militar, y Mateo no podía recordarlo sin pensar en la severidad sobria de su voz, en la forma en que sus argumentos parecían buscar siempre una limpieza moral del lenguaje. Resaltaba, por encima de todo, el hecho de que se hubiera vuelto un férreo defensor de los derechos humanos, de los derechos de las mujeres y que, ya desde la academia, hubiera ocupado la rectoría de la Universidad Nacional durante su proceso de autonomía. Ese itinerario le había otorgado una reputación de hombre comprometido con los históricamente oprimidos, una reputación hecha tanto de méritos como de relato público.

Su madre, en cambio, pertenecía a otra zona de la memoria y de la historia. Había fallecido varios años atrás, en un siniestro de aviación que todavía a veces se le presentaba a Mateo como una imagen incompleta, como una noticia que no terminaba de adquirir forma del todo, y había sido ministra de la Suprema Corte de Justicia, también durante el periodo de la dictadura militar. A diferencia del padre, ella fue juzgada con dureza por la historia, que la consideró más un instrumento del aparato opresor que una figura honorable. Sin embargo, Mateo conocía la otra parte de esa historia, la menos citada, la menos cómoda. Su madre, Lidia Tenenbaum, hizo lo propio, asumió su rol con la dignidad que cabía en un tiempo así y votó en contra de muchas resoluciones que, a su juicio, violaban la presunción de inocencia. Ese gesto, quizá insuficiente para absolverla ante la memoria colectiva, había bastado para colocarla en las listas del Servicio Federal de Inteligencia como persona de interés.

Por su parte, el padre de Diego se había desempeñado como congresista desde 1989, uno de los primeros en pertenecer a los bloques opositores al régimen. El Imperio Confederado, empujado por presiones internacionales, había tenido que demostrar que su democracia mostraba al menos algunos rasgos de autenticidad y, cuando la junta militar se vio obligada a abrir un poco la compuerta, Armando Noriega, el padre de Diego, reunió suficientes simpatías para representar y liderar uno de los primeros movimientos de liberación en el país. Posteriormente, de 2014 a 2018, fungió como alcalde de Distritos Unidos en una gestión marcada por el aumento del costo de la vivienda y la criminalidad al alza, mezcla ingrata de modernización urbana y descomposición cotidiana que caracterizaría, durante años, a la capital.

La madre de Diego, de perfil mucho más discreto, provenía de una familia de clase media que se había beneficiado del sector de la construcción de vivienda social durante el periodo presidencial de Fernando Alonso. Graduada en arquitectura, dedicaba su tiempo libre a las artes y a gestionar su compañía. Fue así como conoció a Armando: no en una oficina ni en una negociación, sino durante un concierto de artes escénicas en la ciudad, como si incluso ese encuentro hubiera querido diferenciarse de la lógica dura de la política.

Esos antecedentes eran, sin saberlo, el inicio de la historia de la pareja presidencial que años después gobernaría la nación. En 2017, cuando el padre de Diego seguía siendo alcalde de la ciudad, Mateo asistió a uno de los múltiples eventos estudiantiles organizados por sociedades de alumnos que buscaban patrocinios gubernamentales. Por entonces, Mateo trabajaba como coordinador en la Secretaría de Educación Pública. Su presencia allí no obedecía a una inclinación personal ni a entusiasmo alguno, sino a una mera cuestión de trámite gubernamental, a una obligación menor dentro de una cadena de obligaciones mayores.

Diego, que siempre había sido extrovertido y elocuente, inició la conversación mientras Mateo, sentado, juzgaba a la distancia.

—¿Qué es lo que miras? —preguntó Diego, de pie, detrás de él.

Al inicio, Mateo no se percató de que el comentario iba dirigido a él. Estaba absorto en sí mismo, en esa forma de retraimiento vigilante que lo acompañaba casi siempre en espacios ajenos.

—Eh, ¿estás bien? —insistió Diego.

—¿Es a mí? Ah, no es nada, es que esto me parece excesivo… Disculpa, ¿quién eres?

—Soy Diego y, no, no soy excesivo.

—Diego, un gusto, no, no lo digo por ti.

—Es broma, lo sé, tú eres Mateo.

—Sí, vengo por parte del secretario Juárez Cervantes a supervisar personalmente esto.

—Tranquilo, Mati. Conmigo no tienes que ser tan formal, yo también estoy aburrido, ahora yo soy tu consuelo.

—¿Y tú estás aquí por…?

—Soy hijo de Armando Noriega, siempre lo acompaño, me gusta ver chicos lindos.

Mateo desvió la mirada. No porque no le agradara el atrevimiento, sino porque le gustó demasiado rápido y no quiso concederle de inmediato la ventaja que eso implicaba.

—Ah vaya, sí que es un trabajo difícil entonces. Ah… el alcalde… quiero decir, él… el alcalde es alguien muy ocupado y lo acompañas a todos lados… Amm, seguro conoces a muchas personas.

—Qué cosas dices. ¿Y si salimos de aquí y nos vamos a caminar? Estar sentado es malo para la salud.

—¿Y a dónde? ¿Tardaremos mucho? Tengo que estar aquí.

—Confía en mí, yo sé a dónde podemos ir y estarás aquí para cuando esto esté por terminar.

Ese día tuvieron su primera cita informal. Para Mateo, conocer hombres era un acto novedoso y rebelde, aunque nunca se negó a sí mismo, tampoco se mostró abiertamente ante los demás. Se había impuesto una restricción: no hablarlo con nadie. Pensaba que su entorno, en algunos casos ortodoxo y anticuado, le representaría un mar innecesario de complicaciones y preocupaciones. Había reservado para sí sus intenciones y deseos, mostrándolos solo a un par de chicos durante su etapa preuniversitaria, con quienes se frecuentó ocasionalmente y experimentó el amor, las citas a escondidas, las noches de placer y romance, los celos y las discusiones por sus decisiones respecto a quién podía enterarse de su condición y quién no. Esas primeras experiencias resultaron lo suficientemente desagradables como para convencerlo de que era mejor construir una vida paralela, una donde su mejor amiga actuaba como su novia cuando resultaba conveniente.

Las memorias de esos días y de aquella primera cita fueron un recuerdo amable y relajante que terminó por inducirle, al fin, un reposo necesario para el día siguiente. Su ritual nocturno, intacto y estricto, se impuso antes de entregarse al sueño.

Ya con la energía recargada, Mateo tomó su desayuno habitual. Su equipo de servicio lo conocía lo suficiente como para no equivocarse en aquello que respecta a la rutina de la casa. Mateo era, en ese terreno, del tipo predecible: alguien que prefería lo conocido, aunque no siempre resultara conveniente. A veces, sin embargo, como fue el caso de ese día, se atrevía a rebelarse un poco y, eligiendo jugo en lugar de café, se preparó como siempre, con esmero, y se adelantó a escuchar las novedades del día. Por la mañana debía asistir a una asamblea estudiantil en la Universidad Nacional, a la que había sido invitado como muestra de apertura a la juventud. Desde luego no estaba obligado a asistir, pero cuando la presión y el buen recibimiento de esa posibilidad se hicieron demasiado grandes, ya no pudo desdecirse. El recuerdo, la añoranza de tiempos anteriores, se hizo presente y, con certeza, influyó en su decisión de estar allí.

—¿Sabes por dónde es? —cuestionó al conductor antes de abordar el pesado sedán.

—Sí, señor, seguiremos la ruta que el equipo preparó anoche.

—No, no. Quiero que tomes Av. Palacios y, después, entremos por la puerta M.

—Tendr…

Mateo lo interrumpió.

—Encárgate de seguir esa ruta, coordínalo con todos.

El cambio de ruta no respondía a un capricho ni a uno de sus delirios de mando, sino a la añoranza de recordar sus pasos matutinos desde su antiguo departamento hasta su facultad. Así fue. Su deseo se concedió y el auto, junto con el resto del equipo, emprendió el rumbo hacia la Universidad Nacional por el trayecto que él había elegido.

¿Quién se encarga de todo esto?, se preguntaba, casi estupefacto, mientras caminaba hacia el salón principal de la asamblea estudiantil.

Estaba allí para presentar su plan de gobierno. En realidad, no era más que una repetición de lo ya dicho en el congreso, aunque vestido esta vez de victoria y revolución. Sabía que la juventud se exaspera con facilidad. Hablar de revolución para ellos era casi lo mismo que hablar de juventud: una forma de identidad, una coartada sentimental, un mandato estético. Él también había sido joven y conocía la manera de encenderlos, citando a los grandes nombres de su tiempo. Le convenía identificarse con ellos, porque serían quienes llevarían la discusión a las mesas familiares, en los momentos más inoportunos. El cambio ideológico generacional podía empezar allí: los hijos enfrentando a los padres. No había mejor excusa para ello que la presencia de un líder fuerte.

Al llegar, lo sorprendió escuchar que los asistentes de las primeras filas coreaban frases de apoyo que ni él mismo habría inventado. Amaba la adulación, pero incluso aquello le parecía excesivo.

—Nuestro señor presidente, el ciudadano licenciado presidente Mateo Leviev, está hoy con nosotros embelleciendo nuestro recinto y se dirigirá a la juventud para empaparnos de su liderazgo —anunció, nervioso, el maestro de ceremonias.

Mateo tomó el auditorio por completo. Su elegante traje negro, con franjas blancas en las mangas como sello inconfundible de aquellos que servían al Estado desde el poder, atraía miradas. Su estatura y sus pasos no dejaban a nadie indiferente. El auditorio enmudeció al verlo, mientras la escolta tomaba posición discretamente detrás del escenario principal; todo estaba calculado para transcurrir sin perturbar, siquiera en la mirada, al presidente. Sin titubear ni dar tiempo a la duda, comenzó. Su discurso estaba calculado para dar en el blanco. Citó a exponentes juveniles de Venezuela, Chile, Cuba, México, Bolivia y Colombia. Con voz firme presentó su plan de gobierno y se permitió anunciar, como primicia, el aumento al presupuesto en educación pública. Era solo una verdad a medias: el incremento existía, pero se destinaría a la creación de la Autoridad Especializada en Educación Superior, un nuevo aparato burocrático. Con su habilidad habitual, supo presentar un logro como dos.

El recinto estalló en aplausos.

—¡Presidente, presidente, presidente! —retumbaba en cada rincón.

Sonreía forzadamente cada vez que escuchaba las frases de apoyo, sin mirar realmente a quienes lo vitoreaban. Sus ojos permanecían fijos como anclas en el discurso y, ocasionalmente, en un fugaz intercambio de miradas, se cercioraba con su asesor de que todo estuviese saliendo como había sido planeado. Llegó entonces la sección de participación estudiantil.

Una joven de pelo corto y anteojos tomó la palabra, emocionada y cuidando sus gestos:

—Hoy nos sentimos muy orgullosas de tenerlo aquí, presidente. Es un honor que esta lucha…

¿Qué lucha?, pensó Mateo.

—…culmine con su visita a nuestra universidad, la mejor del país. Tenemos certeza de que las mujeres ganamos con usted y, sobre todo, la comunidad LGBT. Presidente, todas, todos y todes estamos con usted. ¡Viva!

Más fanfarronería, pensó.

Mantuvo el gesto de atención, las sonrisas calculadas y los movimientos de la mano dirigidos a los oradores.

Otro estudiante, trajeado, intervino:

—Nuestro presidente es un exponente de la libertad, una libertad que este pueblo lleva años reclamando. Estos acercamientos nos convierten en una nación próspera y soberana, con la juventud al frente. Estamos agradecidos de que nos haya concedido un lugar en su agenda y que reciba de primera mano la grandeza de esta institución. Esta siempre será su casa.

Mateo se sorprendió. Había esperado al menos un reclamo justo: la reparación del cuarto de cómputo, que ya en sus tiempos era deplorable. Nada de eso ocurrió.

Después de todo, esto es demasiado fácil. Debería haber traído mis audífonos.

Los halagos continuaron sin pausa. No veía la hora de cortar el listón e inaugurar los cursos para marcharse. Sabía, sin embargo, que debía agregar un gesto espontáneo.

—¡Y que viva Ciencias Políticas! —exclamó con una energía impostada.

El grito encendió otra vez el entusiasmo. Posó para las fotos oficiales con su mejor sonrisa tras cortar el listón, y para otra más con la chica de anteojos. Para ella era el momento cumbre, la proximidad con el presidente.

Ojalá ser presidente me dé la autoridad para insultar a ese odioso prefecto, pensó, recordando las extravagancias sugeridas.

—¿Tú organizaste esto? —cuestionó con dureza.

—No, señor. ¿Por qué lo dice?

—¿Entonces? ¿De dónde sacaron todo eso? No puede ser así de sencillo, me hacen desconfiar de ustedes. Esperaba, no sé, quizá alguien que me pidiera algo, no sé, diferente…

—Lo investigaré, señor —sostuvo Frida.

—Necesito ver a Elena, hazla ir al despacho.

El tiempo se escurrió de sus manos. Entre entrevistas, fotos y abrazos, la tarde ya acariciaba la ciudad. El recorrido a Torre Nacional fue más corto de lo habitual y, al entrar al despacho presidencial, Elena estaba firmemente sentada en la antesala, aguardando al presidente.

—¿Cómo va la designación de la estructura de la autoridad de educación superior? —dijo en voz alta mientras caminaba hacia el despacho.

—Tenemos buen avance, presidente. Al menos la mitad de las posiciones importantes ya están ocupadas y sus responsables han empezado a hacer funcionar todo. Aquí le traje la estructura orgánica con nombres y todo.

Elena se levantó sobresaltada y lo siguió, extendiendo la mano con una carpeta llena de hojas.

—De hecho, presidente, el único asunto urgente que tendríamos que resolver es la continuidad de los cursos de inglés. La empresa que nos daba esos servicios está esperando que el nuevo coordinador de esta nueva institución autorice los recursos financieros y se haga formal el aprovechamiento de instalaciones para comenzar en una semana.

—De acuerdo, gestiónalo y habla con Max para que libere el recurso. ¿Hay cambios respecto al anterior?

—Ninguno, señor; solo que ahora ellos insisten en que deberíamos dejar vender sus libros o, bien, subsidiarlos.

—Bien, bien. Resuélvelo y regresa con novedades. La estructura que propones tiene muchas dependencias, hazla más simple. Por ejemplo, esto, ¿cómo vas a trabajar por separado las ilustraciones de los libros de la dirección de arte? Una misma puede hacer ambas.

—Enterado, señor.

—¿Firmas?

—Sí, de favor. Al menos este oficio, para el presupuesto que le mencioné para los cursos de inglés.

—Ah, por cierto. También espero que el calendario unificado de días de descanso ya esté funcionando para todas las escuelas, ¿has tenido problemas con eso?

—No, señor. El sindicato de trabajadores de servicios de limpieza estuvo de acuerdo; de hecho, agradecieron que se les tomara en cuenta para la programación de actividades. Algunos rectores no estuvieron, pero, ignorando eso, los pondré a trabajar.

—Muy bien, si surge algo más te hago llamar.

Antes de cerrar la puerta, tomó su tableta y abrió el portal de noticias. Se tumbó sobre un sillón mientras hojeaba las páginas de internet de los principales medios. En ese momento, su obsesión compulsiva por el clamor popular estaba apaciguada. A él le importaba otra cosa: que no se hablara sobre Diego. Quería mantenerlo ajeno a su realidad. De hecho, salvo unos rumores lejanos, nadie más que sus personas de confianza conocían aquella relación.

—Señor… —dijo una voz desde la puerta.

—¿Sí?

—Lo busca Ulises, señor.

Ulises, secretario de Cultura, hombre de toda la confianza del presidente, se había vuelto uno de sus principales pilares emocionales desde que se conocieron en un congreso. Si bien no habían compartido demasiados momentos por las agendas apretadas de ambos, Mateo le tenía simpatía por su estilo pausado y racional de jalar, de opinar, de estar.

Estaba empezando a extrañar las buenas compañías. Efusivo, saludó Mateo a su invitado.

—Perdona que no he avisado, hace tiempo no nos vemos. Déjame felicitarte nuevamente.

—Gracias, muy honrado. ¿Qué gustas?

—Nada, solo quería verte, ¿cómo estás?

Ambos se tiraron sobre el sillón, que era lo suficientemente ancho como para acoger a los dos, pero estrecho como para dejar poco espacio entre ambos. Sus miradas apuntaban al techo.

—Honestamente no lo sé. Me he sentido disociado, como que no… no soy yo, ¿sabes?

—Claro, el poder embriaga.

—No me refiero a eso, tú sabes. Todavía no lo creo. Es Diego.

—¿Qué con él? ¿No hablan a diario?

—Claro que sí, pero la diferencia de horarios nos distancia, creo. Lo veo feliz, a veces creo que no me necesita y eso me duele en el alma. Es decir… no quiero una dependencia, ¿sabes? Simplemente, no sé, lo extraño. ¿Tú sabes algo de él? ¿Te ha dicho algo sobre mí?

—No mucho en realidad, de lo que estoy seguro es de que te quiere. Se ven muy bien juntos, tú lo quieres, es recíproco, no deberías preocuparte.

—Te confieso que tengo miedo. O no sé qué sea, debería ir con una especialista.

—¿A qué le tienes miedo?

—No lo digas así, yo soy valiente.

—Explícame.

—Es solo que, ahora que tengo todo, literalmente todo, he vuelto a hablar con muchas personas, algunos que siempre me han parecido buenas personas.

—Es decir, que te gustan.

—Sí, digamos que sí, me da miedo sentirme solo y buscar su compañía. No me juzgues.

—Yo no podría hacerlo.

—Es eso, a veces creo que él podría estar haciendo lo mismo. No sé, puede ser. Como sea, él no sabe nada de esto, a veces solo lo escucho y yo no puedo decirle nada, se detiene poco a oírme, no me molesta, lo ahora, pero es extraño.

—Hablen, lleguen a acuerdos. Eso es lo más sensato.

—Quizá, no es tan fácil.

Su conversación siguió extendiéndose hasta entrada la noche, momento en que Leviev se detuvo a probar café y aprovechó para retomar una idea de club de lectura que tenía con su amigo. En su despacho sonó música y los pendientes se acumularon para el día siguiente. Esa tarde, al menos para el presidente, había sido más ligera de lo acostumbrado.

Televisión confederada – 15 de enero de 2020
“Leviev anuncia incremento en educación ante universitarios”
Por: Francisco Gutiérrez

El presidente del Imperio Confederado, Mateo Leviev, se reunió este viernes con estudiantes en el salón principal de la Rectoría de Ciudad Universitaria, en el Distrito de Puerto Espadas, donde presentó su plan de gobierno y reiteró el compromiso de su administración con la juventud.

Recibido entre vítores y aplausos, el mandatario destacó la importancia de la participación de las nuevas generaciones en la vida pública y citó a líderes políticos de distintos países de la región como ejemplo de compromiso y transformación social.

Durante su discurso, anunció un incremento en el presupuesto destinado a la educación pública, medida celebrada como un paso decisivo hacia la consolidación de un sistema más inclusivo y moderno. El encuentro concluyó con la inauguración oficial de los cursos lectivos, en un ambiente de entusiasmo y respaldo a la gestión presidencial.

Con ello, el gobierno de Mateo Leviev reafirma que la educación será uno de los pilares fundamentales en la construcción de un Imperio Confederado más justo y cercano a su juventud.



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