Capítulo III "Hoy me quiero quedar"

 

Hoy me quiero quedar

—Con más cariño —recriminó Mateo al masajista que lo atendía esa mañana de esos primeros días de febrero, sin apartar el rostro del hueco acolchado donde descansaba la cabeza, como si incluso su voz tuviera que filtrarse a través de esa superficie para no romper del todo el momento.

Los masajes no eran su estilo. De hecho, hasta antes de convertirse en presidente, odiaba el contacto físico con una firmeza que no admitía matices. Nunca fue muy expresivo ni efusivo; las emociones y las palabras reprimidas constituían su forma habitual de estar en el mundo, una manera de control que había perfeccionado con los años, como si cada gesto contenido le devolviera una mínima sensación de dominio sobre sí mismo.

Y, sin embargo, ahí estaba ahora, entregando la espalda a unas manos ajenas, permitiendo que alguien más marcara el ritmo de su respiración, buscando en ese contacto algo que no terminaba de reconocer del todo.

Por la puertecilla del fondo, Frida se hizo presente intempestivamente en el cuarto, irrumpiendo con ese aroma frutal e incienso que parecía precederla, como si su presencia no pudiera entrar sin anunciarse primero en el aire.

—Señor presidente…

—¿Sí?

—Cuando termine, es preciso verlo en su oficina.

—Claro, claro… ¿Es urgente?

—Todo lo es.

No quiero que acabe. Me quiero quedar.

—Siga, siga… —insistió Mateo al masajista, con una urgencia que no se esforzó en ocultar.

—A la orden, presidente.

Cerró los ojos y se concentró en la sensación placentera de unas manos recorriendo su espalda, intentando fijar ese instante como si pudiera prolongarlo más allá de su propia duración, como si en ese acto mínimo pudiera resistirse al resto del día.

A esa misma hora, en otro punto de la ciudad, lejos de ese cuarto contenido, Diego se alistaba en su casa.

El contraste no era abrupto, pero sí inevitable: mientras Mateo buscaba retener un instante de quietud, Diego se preparaba para entrar en un día que ya lo reclamaba.

Miró a su esposa y habló sin suavidad, sin rodeos, como si no encontrara motivo para medir el tono:

—¿Así te vas a vestir?

Ella sostuvo la sonrisa con una delicadeza que no pedía aprobación, sino que evitaba conflicto.

—Creo que me veo linda. Pero… lo puedo cambiar.

Diego no respondió.

El silencio no se impuso como algo incómodo; estaba ahí desde antes, como una presencia conocida. En él cabían las palabras no dichas, los gestos omitidos, todo aquello que ya no necesitaba ser explicitado. Se tomaron de la mano y salieron de la habitación.

El camino por la autopista era largo y agotador. El tránsito detenido no solo detenía el vehículo, sino que obligaba a mirar hacia adentro, a recorrer pensamientos que normalmente quedaban suspendidos. Diego miraba por la ventana, dejándose llevar por el lento desplazamiento de los autos, por los paisajes que apenas se movían frente a sus ojos.

Disfrutaba esos recorridos.

Le permitían perderse sin irse.

Pasó todo el trayecto sin dirigir palabra a Magdalena.

Ella, en cambio, repasaba el pequeño diálogo de la mañana. Lo había reprobado con una mirada que él no recogió. Lo consideraba injusto, pero también parte de algo que ya no intentaba modificar.

Así es él, pensaba, no como resignación, sino como una forma de nombrar lo que ya conocía.

La congestión era insoportable. Más de veinte minutos sin avanzar inquietaban a cualquiera en ese espacio donde el automóvil imponía su lógica.

Diego tomó su teléfono y escribió a Ricardo, avisando del retraso.

—Señor secretario, el señor Ricardo ha ordenado despejar el tránsito. Llegaremos pronto. Disculpe el camino elegido.

—No hacía falta… no quería…

—Fue la orden, señor.

El vehículo escolta, en punta, comenzó a empujar a los autos como una barredora. Diego observaba en silencio.

Todo aquel despliegue le parecía excesivo.

Se avergonzaba.

No le gustaba ser notado.

Con la caravana nuevamente en movimiento, se hundió otra vez en sus pensamientos, con esa sensación difusa de agobio que no terminaba de tomar forma. Magdalena estaba a su lado, pero él la percibía distante, como si su presencia no alcanzara a atravesar esa capa en la que se encontraba.

Poco después llegaron.

Un equipo los recibió con una amabilidad que parecía ensayada, poco natural. A ella la apartaron sin demasiada consideración, conduciéndola a un cuarto equipado con toda clase de comodidades.

—Podemos hacerle la manicura, señora.

—No es necesario, gracias, quiero estar con mi marido.

—Señora, este es momento de relajarse, vamos… —respondían, sin atender realmente a su petición.

Diego, en cambio, experimentaba otra cosa. Había en él una fascinación discreta por entrar en espacios que no estaban destinados a cualquiera, por atravesar límites sin ser detenido, por no requerir revisión. Ese acceso directo le producía una satisfacción que no verbalizaba.

Cuando pisó el cuarto y observó el acto, sintió ese leve estremecimiento de adrenalina.

—Esto es muy grosero, el presidente se cree intocable, ¿por qué no vas tú a buscarlo? —increpó un hombre con bigote y cabello corto, señalándolo.

Diego sonrió apenas y miró su agenda.

—Por favor, caballeros, damas… Empecemos por lo primero del orden del día. Quiero empezar diciendo que hablo en nombre del gobierno: nuestra prioridad, sin lugar a dudas, es garantizar que esto no vuelva a ocurrir. Comprendo cómo deben sentirse. Nunca podré entenderlo del todo, pues no soy yo quien ha perdido una parte de quienes son, pero estoy comprometido para que, genuinamente, aprendamos todos de esto y…

En ese instante, Mateo entró con un brusco movimiento de apertura de puerta.

—Buenos días, ¿cómo están? Gracias por esperar.

Se apresuró a saludar de mano, acomodándose la corbata que se agitaba con cada movimiento. Su sonrisa deslumbraba.

—Hola. ¿Cómo estás? Buenos días… —repetía.

Las familias respondían sin expresión.

Diego enmudeció un segundo y retomó:

—Señor presidente, estábamos hablando de nuestro compromiso con ellos.

—Compromiso que no está demostrando…

—Claro, les agradezco la espera. Estuve ocupado atendiendo la agenda de seguridad. No fue intencional.

—¿Y por eso tiene el pelo mojado? ¿Cree que somos estúpidos?

—Jamás. Ustedes tienen toda mi atención. Bajemos el tono, ¿sí?

—Señor presidente, como decía… —prosiguió Diego—. Nuestro compromiso es serio…

—Prosiga, señor secretario —apuntó Symanski, y con un gesto breve, casi imperceptible, ordenó apagar la luz para que el proyector dominara el espacio.

La sala se sumió en una penumbra que no lograba suavizar la tensión.

—Antes que todo, quisiera comentarles que lo dicho aquí es confidencial y, para manejar esto de manera adecuada, les pediría no comentar esto con los medios —expresó Diego, midiendo cada palabra como si de su precisión dependiera la estabilidad del momento.

—Eso depende de lo que nos muestres, muchacho —recriminó un anciano, sin apartar la mirada.

Mateo guardó silencio.

—Empecemos con la cronología de los hechos. Ustedes ya saben perfectamente cómo fue. El vuelo despegó a las 22:08 hora local con destino a Vladivostok con 198 ocupantes, incluyendo tripulación. Aquí también se encuentra el representante de la aerolínea y del sindicato de tripulantes; ellos pueden dar fe de ello.

Durante largo rato, todos recapitularon los sucesos que condujeron a la catástrofe aquella noche. Cada palabra parecía arrastrar consigo el peso de lo ya vivido, como si el relato no fuera solo reconstrucción, sino también repetición del dolor.

—También queremos confirmarles, por conducto nuestro, que efectivamente, según lo ha reportado ciertos medios, aparentemente sí existió un cargamento de un kilo y medio de diamantes y medicamentos que, según el manifiesto oficial, no fue reportado. La aerolínea —y Gael no me dejará mentir— asume que esto se trató de un contrabando de mercancías, un hecho que hemos, activamente, intentado reducir.

Hizo una pausa breve, como si necesitara ordenar la siguiente parte.

—Aunque no hemos podido deducir quién o quiénes lo orquestaron, lo que sí sabemos, por conducto del señor Belmont, es que el destino final de los cargamentos no era Rusia, sino posiblemente Irán, a través de múltiples intermediarios. Es aquí cuando todo se complica bastante, pues todos han negado las acusaciones.

—¿Y es por eso que no recibimos los restos de nadie? ¿Por los negocios de esa aerolínea de mierda?

—Disculpe, eso no es verdad, nosotros somos también víctimas de esto… —expresó Gael, intentando sostener una defensa que parecía desmoronarse antes de completarse.

El hombre canoso no esperó.

Tomó la jarra que actuaba como centro de mesa y la lanzó.

—¿De qué eres víctima, pedazo de mierda? ¡Si lo único que han hecho es llenarse de dinero a costa de negocios como este! ¿Tú qué sabes? ¿Por qué no nos dices qué llevaba ese avión? ¿Y si lo que llevaban se incendió? ¿Quién nos dará esas respuestas?

La sangre apareció en el rostro de Gael con una rapidez que nadie procesó de inmediato.

Ese acto activó a los cuerpos de seguridad. Dos hombres se colocaron de inmediato frente a Mateo, mientras otros inmovilizaban al agresor. Las sillas se movieron, las voces se alzaron, el orden se quebró por completo.

Diego quedó atónito.

—Tranquilos… calma… mucha calma… —insistió Mateo, levantándose.

Se abrió paso entre sus propios guardias, desplazándolos con una determinación que no admitía resistencia. Caminó hacia el hombre y, sin medir la distancia ni el gesto, lo abrazó.

El cuerpo del otro cedió.

Se derrumbó en llanto, cubriéndose el rostro con las manos.

Las luces se encendieron.

Diego, aún sin terminar de procesar lo ocurrido, anunció un receso de varias horas.

Todos comenzaron a salir, arrastrando consigo murmullos, incomodidades, miradas cruzadas que no encontraban descanso.

Al salir, Diego recibió una invitación.

Era una cena del sindicato de pilotos.

La carta membretada tenía un peso que no era físico, sino simbólico. Sostenerla implicaba algo más que aceptar una invitación: era ser reconocido como parte de un circuito al que no todos accedían.

Informó al equipo que asistiría, procurando que el gesto no pareciera una celebración.

—Qué deliciosas galletas de avellana en la sala eh —dijo Malena al reencontrarse con él.

—Ja… si las comparo con las que horneamos. ¿Trajiste para mí?

Ella le extendió un pedazo mordido.

Diego lo tomó, lo probó.

Aprobó con una sonrisa leve.

—Vamos con Mateo, te quiero presentar. ¿Vienes? —dijo, todavía con la boca ocupada.

—Desde luego.

Con un gesto galante, Diego abrió la puerta para su esposa.

Ella pensó, sin decirlo: es un hombre dulce.

Malena disfrutaba caminar tomada del brazo de Diego. Había en ese gesto una afirmación silenciosa de pertenencia, de elección. Se sabía afortunada. Él era guapo, tenía porte, era amable, era importante. Imaginaba las miradas ajenas, las comparaciones inevitables, la envidia contenida.

Mateo ya se encontraba en un cuarto contiguo, frente a su computadora.

Levantó la mirada.

—Señor presidente, ella es Malena, no te había presentado.

—Es un gusto, un placer. Diego siempre te menciona.

—Presidente, el gusto es mío. ¿Cómo les fue?

Mateo sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.

Fulminó a Diego con un gesto breve.

—Bien… son reuniones difíciles. ¿Quieres tomar algo? —dijo, soltando un suspiro que no disimuló.

—No, gracias. De hecho, solo saludo y me retiro, no les quito mucho tiempo.

—Claro, ven cuando quieras, aquí tienes tu espacio.

Malena salió con elegancia, sin apresurarse, como si incluso su retirada debiera conservar una forma. La puerta se cerró con un sonido seco, breve, y en ese instante el aire del cuarto cambió, como si la presencia de ella hubiera contenido algo que ahora quedaba expuesto.

Diego permaneció.

Mateo no levantó la voz de inmediato. Esperó apenas un segundo, lo suficiente para asegurarse de que nadie más escuchaba.

—Qué desastre… qué desastre… —dijo al fin, dejando caer las palabras con una mezcla de fastidio y cansancio que ya no intentaba disimular.

—Sí… a veces todos son imprudentes —respondió Diego, midiendo el tono, buscando no escalar aquello que intuía ya venía cargado.

Mateo giró ligeramente en su silla.

—Como tú comprenderás… —hizo una pausa breve, como si buscara la forma exacta de lo que iba a decir— no me jodas más. Recién tomé mi masaje y encuentro esto. ¿Qué te pasa?

La frase quedó suspendida con una naturalidad incómoda, como si el reproche fuera parte de una rutina que ninguno de los dos necesitaba justificar.

—No sé qué decirte… déjame manejarlo —respondió Diego, sin oponerse, pero tampoco cediendo del todo—. Por cierto, en un rato más estaré con el sindicato de pilotos. ¿Te llegó la invitación?

Mateo volvió la mirada hacia la pantalla de su computadora, como si ahí encontrara un punto fijo que le permitiera ordenar el resto.

—Sí, pero no asistiré. Tengo bastantes asuntos que atender. Por favor, encárgate y que no salga como hoy. Necesito que seas empático con ellos y quítales todo lo que puedan lanzar. Es más, adviérteles que no vamos a tolerar esos comportamientos. Por más enojado que estés, no puedes comportarte así.

—Sí, señor.

Diego asintió con esa disciplina que no exigía convicción, solo cumplimiento. No añadió nada más. Sabía que, en ese punto, prolongar la conversación no modificaría el fondo de lo dicho.

El trayecto hacia el hotel Imperio fue distinto al del resto del día. La ciudad empezaba a soltarse, a bajar el ritmo, y eso se sentía incluso desde el interior del auto. Miraba hacia afuera sin pensar demasiado en lo que veía; le bastaba con no tener que reaccionar a nada. El hotel apareció sin imponerse, como si su presencia fuera suficiente. Líneas limpias, una modernidad que no necesitaba explicarse. Hospedarse ahí no era un lujo, era una señal.

Por sus espacios pasaban reuniones de todo tipo: empresarios, sindicatos, foros de criptomonedas, acuerdos que no se anunciaban pero que ocurrían. Las habitaciones eran amplias, los precios inflados, el personal hablaba varios idiomas con una precisión mecánica, los desayunos eran excesivos, y en la alberca descansaban perversos hombres obesos, completamente indiferentes a cualquier cosa que no fuera su propia comodidad.

La cena había sido organizada con cuidado: una mesa privada, suficiente cercanía para conversar, suficiente distancia para no perder la jerarquía. Diego se movía bien ahí. Hablaba cuando tocaba, escuchaba lo necesario, sostenía la conversación sin apropiársela. Los líderes del sindicato respondían en la misma línea, asentían, intervenían lo justo.

En algún punto, Diego decidió presentar a Malena.

El efecto fue inmediato. Para ella, significó entrar a un espacio que no era suyo, pero que le era concedido. Para algunos en la mesa, en cambio, fue un gesto innecesario. No faltaron las miradas entre quienes llevaban años en ese mundo, comentarios apenas murmurados sobre que esas cenas eran para caballeros del “grandioso mundo de la aviación”. Nadie lo dijo en voz alta, pero todos lo entendieron.

Las horas pasaron sin que se sintieran. Los tragos fluían, los canapés circulaban más de lo que valían, y las conversaciones se movían sin esfuerzo entre lo técnico y lo trivial. Cuando Malena se inclinó hacia Diego para decirle que se fueran, que estaba agotada, él no lo dudó.

—Sí… estoy un poco ebrio.

El evento, sin embargo, no terminaba ahí. La razón de fondo era la presentación de los nuevos aviones de la aerolínea estatal All National, programada en el aeropuerto internacional Castiblanco, a las afueras de la ciudad. Lo suficientemente lejos como para seguir siendo un problema.

Desde su inauguración en 2016, el aeropuerto arrastraba su propia historia: intentos de sabotaje, campesinos desplazados, procesos de expropiación violentos, uno de los episodios más criticados del presidente Vivanco. Nada de eso formaba parte del discurso de esa noche, pero estaba ahí.

Mientras en Torre Nacional todo volvía a su curso tras el incidente, en Castiblanco la escena era otra. Normalidad. Orden. Control. Los medios fueron llevados al interior de una aeronave y Manuel, director de la aerolínea estatal, habló durante varios minutos. Expuso características técnicas, rutas, la relevancia estratégica del transporte aéreo en un país donde la geografía imponía límites claros. Agradeció, estructuró, cerró.

Todos escuchaban. Asentían. Celebraban estar ahí.

Cuando salieron, ya era de noche. El tiempo había pasado sin aviso. Los tragos habían sido buenos, la comida no. Malena caminaba junto a Diego pensando en algo mucho más simple que todo lo que había ocurrido esa noche: cómo cuidarlo al llegar a casa.

Televisión Resistencia – 7 de febrero de 2020
“All National Airways incorpora cinco aviones de última generación”
Por: Francisco Gutiérrez

En una ceremonia celebrada en el Aeropuerto Internacional Castiblanco, el gobierno del Imperio Confederado presentó la incorporación de cinco aeronaves Boeing 787-9 a la flota de la aerolínea estatal All National Airways.

Los nuevos equipos, con capacidad para 215 pasajeros y un alcance de 13,000 kilómetros sin escalas, representan un avance decisivo en la conectividad aérea del país. El secretario de Comunicaciones y Transportes, Diego Méndez, destacó que estas aeronaves se destinarán principalmente a rutas hacia los Estados Unidos, dadas sus prestaciones de comodidad y amplitud.

Por su parte, el director general de All National Airways, Manuel Cervantes, subrayó la relevancia de la inversión y su impacto en la proyección internacional del país. Con esta flota, la aerolínea reforzará la red de vuelos desde Distritos Unidos hacia San Francisco, Nueva York, Los Ángeles y también Taipéi, todos sin escalas.

La llegada de los nuevos aviones marca un hito en la modernización del transporte aéreo y reafirma el compromiso del gobierno con la conectividad y el desarrollo económico del Imperio Confederado



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