Capítulo III "Hoy me quiero quedar"
Hoy me
quiero quedar
La
popularidad del nuevo gobierno apenas se sostenía. La sombra de la presidenta
anterior aún cubría el ánimo público. El nuevo equipo parecía improvisado,
incapaz de responder con claridad. Desde fuera todo parecía más fácil de lo que
era.
Diego
Méndez, secretario de Comunicaciones y Transportes, preparaba la ceremonia para
recibir cinco aviones Boeing 787-9 de la aerolínea estatal All National Airways. El
acto tenía algo de solemne. El país, montañoso y quebrado, había hecho del
cielo su única vía. Carreteras y trenes se detenían en la roca. Los aviones se
habían vuelto esenciales. Nadie lo discutía.
Diego
no era experto. No lo necesitaba. Bastaba con su carácter afable. Hablaba bien,
sonreía con naturalidad. Eso lo hacía confiable para los empresarios. No era su
vocación servir al Estado, pero Marqués lo había llamado al gabinete y él
aceptó sin preguntas. La disciplina era suficiente.
La
memoria de los accidentes aún pesaba. Durante años, la seguridad aérea fue un
fracaso. Hubo muertos cada mes. La gente aprendió a olvidar, porque el olvido
también es una forma de seguir. Los nuevos aviones eran un símbolo. No tanto de
progreso, sino de estabilidad.
Diego
se alistaba en su casa. Miró a su esposa y habló sin suavidad:
—¿Así te vas a vestir?
Ella
sonrió apenas.
—Creo que me veo linda. Pero… lo puedo cambiar.
Diego
no respondió
En
silencio se tomaron de la mano y salieron de la habitación. Tenían que abordar
el vehículo oficial rumbo al aeropuerto de Distritos Unidos. La ciudad era tan
grande que contaba con dos aeropuertos: uno doméstico y otro internacional. La
cita de ese día era en el internacional, lejos del centro, situado ya en la
periferia metropolitana.
El
camino por la autopista era largo y agotador. El tránsito, detenido, obligaba a
reflexionar sobre la propia vida. Diego miraba por la ventana. Disfrutaba esos
recorridos porque podía perderse en los autos pasar, en los paisajes que apenas
se deslizaban frente a sus ojos. Pasó todo el trayecto sin hablar a Magdalena.
Ella repasaba el pequeño diálogo de la mañana. Lo había reprobado con una
mirada. Lo consideraba injusto, pero estaba acostumbrada a aceptarlo. Así es él, pensaba siempre.
La
congestión era insoportable. Más de diez minutos sin avanzar inquietaban a
cualquiera en el reino del automóvil. Diego tomó su teléfono y escribió a
Ricardo, avisando del retraso.
—Señor
secretario, el señor Ricardo ha ordenado despejar el tránsito. Llegaremos
pronto. Disculpe el camino elegido.
—No hacía falta… no quería…
—Fue la orden, señor.
El
vehículo escolta, en punta, comenzó a empujar a los autos como una barredora.
Diego observaba en silencio. Todo aquel despliegue le parecía excesivo. Se
avergonzaba. No le gustaba ser notado.
Con
la caravana nuevamente en movimiento, se hundió otra vez en sus pensamientos,
con esa vaga sensación de agobio. Magdalena estaba a su lado, pero él la sentía
invisible. Poco después llegaron. Un equipo los recibió con amabilidad torpe. A
ella la apartaron sin delicadeza, la llevaron a un cuarto con toda clase de
comodidades.
—Podemos hacerle la manicura, señora.
—No es necesario, gracias, quiero estar con mi marido.
—Ja, señora, es momento de relajarse, vamos. —le respondían a toda petición.
Diego,
en cambio, le fascinaba entrar en lugares prohibidos para la gente común.
Pensar que su acceso no requería revisiones lo llenaba de una satisfacción
secreta. Cuando pisó la rampa, sintió ese leve estremecimiento de adrenalina.
El
escenario era austero. Poca gente. Casi ningún fotógrafo. Una bandera nacional
frente al hangar con un sencillo atrio. Y tres aviones alineados, inmóviles,
listos para la foto.
El
evento transcurrió con calma. Los medios de prensa fueron invitados al interior
de una de las aeronaves. Diego habló largo rato. Enumeró las prestaciones
técnicas, el plan de rutas, lo estratégico del transporte aéreo. Agradeció a
los directivos de la aerolínea. Todos escuchaban embobados. Asumían la verdad
de sus palabras y celebraban estar en un lugar reservado a pocos.
Al
terminar, Diego recibió una invitación para una cena del sindicato de pilotos.
La carta membretada parecía un trofeo, tenerla haría a cualquier sentirse
afortunado. Informó al equipo que asistiría y ordenó poner rumbo al hotel.
—Qué
deliciosas galletas de avellana en la sala —dijo Malena al reencontrarse con su
marido.
—Ja, si las comparo con las que horneamos. ¿Trajiste para mí?
Ella le pasó un pedazo mordido. Diego lo probó. Aprobó con una sonrisa.
—Vamos con el sindicato, te quiero presentar. ¿Vienes? —dijo con la boca llena.
—Desde luego —respondió ella.
Con
gesto galante, Diego abrió la puerta del auto para su esposa. Ella pensaba: es un hombre dulce.
En
el trayecto, sumergido en sus pensamientos como de costumbre, la paz fue rota
por una llamada.
—Diegochas, excelente trabajo. Te luciste. ¿Dónde estás? —era Mateo.
—Señor presidente, vamos camino al hotel Imperio. El sindicato de pilotos
organiza una cena.
—Haz lo que tengas que hacer. ¿Alguna novedad?
—Nada relevante. Creo que todos quedamos satisfechos. Solo faltó más difusión.
—Claro, claro. Habla con Santiago y pregunta.
—A la orden, presidente.
El
hotel Imperio era de los más importantes de la ciudad. Su arquitectura, de
líneas finas y minimalistas, sugería modernidad. Hospedarse ahí era sinónimo de
credibilidad. Eventos de negocios, también criptomonedas, sindicatos: todo
pasaba por sus salones. Habitaciones amplias, precios inflados, personal
polígloto, desayunos abundantes. En la alberca descansaban perversos hombres
obesos, indiferentes a sus cuentas y a su edad.
Malena
adoraba caminar tomada del brazo de Diego. Se sabía afortunada. Era guapo, con
porte, amable e importante. Imaginaba la envidia de las mujeres que los miraban
de reojo.
En
la cena, los organizadores prepararon una mesa privada para la pareja y los
líderes del sindicato. Todos parecían complacidos con la diplomacia de Diego.
En un gesto repentino, interrumpió el acto para señalar la presencia de su
esposa. Malena se sintió engrandecida. Algunos lo consideraron un detalle
amable. Otros, más viejos, murmuraron que esas cenas eran solo para caballeros
del “grandioso mundo de la aviación”. Pasando las horas, con tragos encima y
canapés de mala calidad, alguien le susurró al oído.
—Vámonos
a casa, estoy agotada —dijo Malena.
—Sí, estoy un poco ebrio —respondió Diego.
Se
levantaron discretamente. Afuera ya era de madrugada. El tiempo había pasado
sin que lo notaran. Los tragos eran buenos, la comida, mala. Malena pensaba en
consentirlo al llegar a casa.
Televisión Resistencia – 7 de febrero de 2020
“All National Airways incorpora cinco aviones de última generación”
Por: Francisco Gutiérrez
En una ceremonia celebrada en
el Aeropuerto Internacional Castiblanco, el gobierno del Imperio Confederado
presentó la incorporación de cinco aeronaves Boeing 787-9 a la flota de la
aerolínea estatal All National Airways.
Los nuevos equipos, con
capacidad para 215 pasajeros y un alcance de 13,000 kilómetros sin escalas,
representan un avance decisivo en la conectividad aérea del país. El secretario
de Comunicaciones y Transportes, Diego Méndez, destacó que estas aeronaves se
destinarán principalmente a rutas hacia los Estados Unidos, dadas sus
prestaciones de comodidad y amplitud.
Por su parte, el director
general de All National Airways, Manuel Cervantes, subrayó la relevancia de la
inversión y su impacto en la proyección internacional del país. Con esta flota,
la aerolínea reforzará la red de vuelos desde Distritos Unidos hacia San
Francisco, Nueva York, Los Ángeles y también Taipéi, todos sin escalas.
La llegada de los nuevos
aviones marca un hito en la modernización del transporte aéreo y reafirma el
compromiso del gobierno con la conectividad y el desarrollo económico del
Imperio Confederado


Comentarios
Publicar un comentario