Capítulo IV "Retorno"

 Retorno

Visitar su propia casa era un gesto extraño, ajeno. Desde que se había mudado a la torre nacional, Mateo solo había llevado consigo lo esencial. El resto, lo consideraba desecho. Había adoptado la idea de que la vida debía reducirse a los objetos que uno toca a diario; lo demás es lastre. Sus días transcurrían entre firmar papeles y escuchar informes que poco importaban, convencido de que cumplía con su deber. Su liderazgo, sin embargo, se percibía distante, burocrático, vacío.

Los cambios más palpables de su gestión eran ridículos: usar menos tinta en los membretes, imponer que la fecha se escribiera también en calendario hebreo.

Ese día, en cambio, Mateo estaba tomado por una energía particular, una euforia semejante a la que lo acompañaba en sus años de estudiante. Decidió ir a su casa, convencido de que algunos objetos olvidados lo ayudarían a concentrarse en sus tareas diarias.

Tomó un suéter gris colgado en el perchero, se lo anudó en el pecho y ordenó a su equipo que lo preparara todo. La caravana presidencial salió a recorrer las avenidas de Distritos Unidos. Antes, un amplio despliegue había cerrado calles: policías en las esquinas, otros en azoteas vigilando con rifles, patrullas punteras abriendo paso como si cortaran el agua. Aquella coreografía era herencia de los peores años de Vivanco, pero también de una historia más sangrienta: cuando la Guardia Nacional y la policía de la capital, antaño enemistadas, llegaron a enfrentarse durante el golpe que derrocó al presidente Fernando Alonso Ruíz en 2011. La coordinación de ese aparato militarizado era hoy celebrada como precisión, pero para los ciudadanos no era más que un fastidio que agravaba el tránsito insoportable de la ciudad.

Mateo, sin embargo, permanecía ajeno. Escroleaba su correo en el teléfono, indiferente a la maquinaria que paralizaba calles enteras a su paso.

Su casa, en Paseo Albatros, una residencial exclusiva a los pies de un volcán, lo recibió como un fantasma. Era minimalista: líneas duras, fachada blanca, un jardín sencillo con un camino de piedra hacia una gran puerta, un garaje para dos autos anexo. En el balcón, un telescopio apuntaba a la ciudad. Desde allí se podía ver casi todo: avenidas, y barrios enteros. Con nostalgia recordó cuando Antonio, entonces su novio universitario, miraba con él a través de ese aparato: “Mira, ahí está nuestra universidad”, decía. Disfrutaban encontrar siluetas de edificios conocidos. Ahora, en silencio, Mateo se detuvo frente al telescopio como si quisiera invocar aquel instante.

Recorrió la casa en penumbra, avanzando sin hacer ruido, como un extraño en su propio hogar. Pasó por el antiguo escritorio, hojeó libros empolvados, se detuvo frente a los discos que Antonio había dejado en una estantería. El silencio le resultaba tan denso como un reproche.

Tomó el teléfono y lo llamó.

—Hola, ¿estás ocupado? —preguntó.


—Zangolotito… qué alegría escucharte —respondió Antonio desde Londres, donde estudiaba administración. Antonio y Mateo sostenían una relación a distancia, habiendo ya compartido ya muchos años previos de romance universitario, se habían casado días antes de que empezara su nueva vida en el extranjero.

Te extraño, y mucho. He vivido días difíciles y no te había escrito. ¿Hace cuanto despertaste?

Hace no mucho en realidad, es muy temprano, pero me gusta salir a caminar antes de que hagan los desayunos insípidos de siempre.

Hablando de eso, ¿quisieras cenar conmigo? Me puedes contar una a una de tus aventuras.

 ¡Por supuesto! Dijo Antonio con emoción.

Conversaron un momento. Mateo improvisó la idea de una cena compartida a distancia. Comenzó a cocinar con habilidad: cebolla, apio, pasta, carne. El sonido de la sartén lo sumió en un trance doméstico, acompañado de un podcast cualquiera. Ordenó ingredientes que no tenía en la cocina, reprendió a su ayudantía cuando dudó ¿De dónde sacaremos eso? Es tarde. “Haz lo que el presidente ordena y calla”, susurró el jefe del equipo. Mateo limpiaba con habilidad los sartenes y preparaba su cocina. Cortaba cebolla y apio con habilidad, como un chef de habilidad consumada. Hirvió una pasta, mezclaba ingredientes para una salsa digna de una pasta, sabía cocinar, aprendió a hacerlo durante su época de estudiante, una habilidad que no había perdido y que disfrutaba hacer.

Finalmente, una hora después, los platos estuvieron listos. Colocó una tablet en la mesa y proyectó la imagen de Antonio en el televisor del comedor. La ilusión era perfecta: una cena juntos, a kilómetros de distancia.

—Qué lindo emplatado. Seguro sabe bien, como todo tú —dijo Antonio con ternura.

-Tenía antojo de pasta, quise algo de carne, pero también ensalada, todo balanceado en realidad, no pensé en ningún plato en específico, solo lo junté todo.

-Entonces lo llamaremos el plato de Zangolotito. Dijo Antonio con risa juguetona.

-Seguro que si… ¿Y tú? ¿Qué vas a desayunar?

Solo fruta, todo aquí sabe mal, no es como en casa.

Por unos minutos fueron dos enamorados compartiendo lo cotidiano. Pero entonces sonó el teléfono de Mateo. Él lo ignoró. Volvió a sonar. La mirada de Antonio cambió.

—¿Quién te llama? —preguntó con un gesto seco.

—Trabajo… pero pedí no ser molestado.


—Pues parece que no te hicieron caso.

Espera, espera, ¡Ah! No es nada…  Mateo sabía quién era, pero decidió poner el teléfono en silencio.

Continúa, corazón… ¿Cómo que el inglés de tu maestra es muy bueno? Será el primer inglés que habla como en… Nuevamente la pantalla del teléfono se encendió, los ojos de Mateo se desviaron temporalmente y perdió la idea.

Puede ser algo urgente. De cualquier modo, estaba por terminar mi fruta, casi no tocaste tú la comida.

—¿Me das un momento? Ya vuelvo. Mateo sonrió nervioso. Antonio, en cambio, calló. Al final, mientras mordía distraídamente un trozo de fruta, dijo con un tono cargado de molestia:

En realidad podemos hablar después, fue un lindo gesto. Cuídate, no te acuestes tarde.

La pantalla se apagó. Mateo, herido, sintió que la velada se había desmoronado. La mesa quedó servida, pero intocada.

Respiró hondo y, resignado, tomó el teléfono. Llamó a Ricardo.

—¿Qué quieres? Estaba ocupado.


—Nada, presidente, solo quería preguntar…


—¿Para eso llamaste? ¿Para estupideces? ¿No sabes lo que es la privacidad?


—Cuidado, Mateo —replicó Ricardo con dureza—. No me hables así. Si quiero, te lo quito todo y vuelves a la calle como el imbécil que siempre fuiste.

El insulto fue un golpe seco, insoportable. Mateo recordó de inmediato a sus padres, cuando lo comparaban cruelmente con otros, recordándole que nunca había hecho nada sin ayuda. Apagó el teléfono, lo encerró en un cajón, como si quisiera contener en él toda esa humillación.

Se dejó caer en el sillón, respirando agitadamente. El corazón le golpeaba el pecho. Las lágrimas le subieron a los ojos. Sentía la culpa y el remordimiento como una carga física. No volveré a ser normal, pensó. Nunca más.

La aprobación del presidente Leviev cae en picada

Por: Miguel Hernández

La luna de miel del presidente Mateo Leviev parece haberse terminado antes de comenzar. Según la más reciente encuesta de Imparcial noticias, la aprobación del mandatario cayó dos puntos porcentuales en menos de un mes de gestión.

La ciudadanía lo percibe como un presidente carente de liderazgo real, más preocupado por gestos simbólicos que por construir una agenda de gobierno concreta. Sus discursos, teñidos de solemnidad, no se han traducido en medidas tangibles, y gran parte de sus proyectos centrales permanece varado en el Congreso, donde incluso la mitad de su gabinete sigue sin aprobación.

A ello se suma la creciente incomodidad de la comunidad internacional. Diversas naciones han calificado la postura del gobierno confederado como “poco amistosa” y “cerrada al diálogo”, lo que ha aislado aún más al país en un momento donde las alianzas exteriores son vitales. Muchos reconocen que la retórica presidencial poco tiene que ver con su realidad inmediata.

El presidente insiste en que su estilo es el de un liderazgo firme, ajeno a la complacencia. Pero en los hechos, lo que se ve es un gobierno que tropieza en su propio laberinto de promesas.

La pregunta es inevitable: ¿están los Confederados dispuestos a concederle más tiempo o la paciencia empieza a agotarse antes de que termine el primer trimestre de su mandato?



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