Capítulo V "La cuestión trascendental"

 La cuestión trascendental

Ese amanecer tuvo algo extraño, aunque no sabría decir qué con precisión. Había dormido mal: el cuello torcido, el cuerpo pesado, el aletargamiento propio de quien apenas ha conciliado el sueño. Odiaba esa sensación, como odiaba carecer de las comodidades a las que se había acostumbrado en su habitación de la Torre Nacional. Seguía abatido, humillado.

Deambulaba por la casa, distraído, de un lado a otro, como si no pudiera fijar un propósito. Cuando recordaba que quería agua, enseguida venía a su mente el deseo de quitarse el pantalón que lo había incomodado toda la noche. Esa tensión mínima, absurda, lo desbordaba. Al final resolvió ir a su habitación. Sacó varias cajas empotradas en el librero y, de rodillas, como una alegoría de su derrota, comenzó a vaciar los papeles con rabia. No le importaba el desorden. Buscaba algo con desesperación, expulsando hojas y objetos como si al hacerlo arrojara también la incomodidad que lo consumía. Finalmente lo encontró.

Hacía algunos años había creado una cápsula del tiempo, fechada para abrirse en 2030. Solo habían pasado ocho años desde entonces, pero estaba decidido a violentar la restricción. Así lo hizo.

Dentro halló noticias de la época, recortes de mensajes intercambiados con amigos, letras de canciones que solía escuchar, un tefilín. Pero nada de eso le interesaba. Lo que buscaba era la carta que se había escrito a sí mismo. La tomó con manos temblorosas, corrió a su habitación y, echándose en la cama, abrió el sobre. Comenzó a leer:

“Querido Mateo del futuro:

Cuando leas esto, seguramente ya serás alguien que ha recorrido un largo camino, habiendo cumplido muchas de las metas que ahora me propongo. Quizá ya seas un gran licenciado en ciencias políticas, quizá tengas una familia y, sobre todo, espero que hayas dejado una huella imposible de borrar.

Aunque nada de eso servirá si no eres pleno. Estoy seguro de que serás alguien independiente, decidido, alguien que habrá dejado atrás sus miedos. Yo aún no puedo decir eso, pero quien reciba estas líneas es, sin duda, una mejor persona. Espero que seas congruente, amable, comprensivo, generoso, alguien que viva según sus principios.

Estas sesiones de terapia me han ayudado a entenderme. He recibido cariño de los amigos. Han pasado tantas cosas y el futuro me emociona. ¿Qué me puedes contar tú, desde allá? Por favor, mira todo con calma. Respira. Camina hasta los jardines que tanto me gustan y ahí reconoce lo que sientes, valida tus logros.”

La carta lo desarmó. Ni siquiera recordaba haber ido a terapia. Si no fuese por la letra y el estilo, juraría que no la había escrito él. Era extraño. Veía en esas líneas al hombre ingenuo que fue alguna vez. La nostalgia lo volvió más sentimental que la noche anterior.

En realidad, su carácter se había endurecido en los últimos años, primero como funcionario de menor rango, luego en la secretaría de Educación, hasta llegar a la presidencia. La carta lo confrontaba con una pregunta inevitable: ¿dónde había quedado aquel joven que soñaba con ser congruente, amable, comprensivo? La duda lo invadió como un reproche íntimo. Se sintió pequeño.

El recorrido mental por sus últimos años se volvió inevitable. Había ganado fama de ser duro, decidido, con principios bien definidos. Pero ¿de qué servía esa fama si ya no reconocía en sí mismo a aquel que la construyó? Esa pregunta lo acompañaría en los días siguientes, como un peso que no podía soltar.

Unos golpes en la puerta interrumpieron su ensimismamiento. Era Santiago Alviz, secretario de Estado de facto y de Relaciones Exteriores. Lo habían enviado para aligerar el ambiente tras la discusión telefónica de la noche anterior.

Mateo lo recibió sin cortesías. Seguía absorto en las palabras que resonaban desde la carta.

—¿Estás bien? —preguntó Alviz.

—Claro. Solo indispuesto. ¿Por qué estás aquí?

—Tenemos una reunión programada para hoy. Podemos cancelarla, si lo prefieres.

Organizar reuniones sin propósito se había convertido en costumbre. Mateo encontraba en ellas una sensación de control. Aquella vez apenas había colocado “asuntos generales” en la orden del día. Todo el gabinete estaba convocado. En realidad, se reunían para tomar café, intercambiar bromas sobre las notas de prensa y prolongar el tedio en una sala apartada de la Secretaría de Gobernación. Era una sala pequeña: pizarrones en las paredes, una mesa de caoba en el centro, sillones grises y algunos cuadros solemnes con escenas de la historia nacional. Como siempre, se pidió a los asistentes dejar sus teléfonos en la entrada.

Los temas de conversación variados empezaron a desviarse poco a poco hasta hacer recuentos sobre problemáticas en el sector del transporte recientemente reportados, reuniones como esa no tenían rumbo y era sencillo perder el hilo si no se estaba atento.

La aviación había sido, desde la dictadura, uno de los pocos símbolos de continuidad. El país entendió pronto la necesidad de conectarse por aire: primero con aerolíneas de correo, luego con pequeños aviones de pasajeros. Los turborreactores tardaron en llegar. Eran primero las compañías extranjeras quienes mostraban el porvenir. El Imperio Confederado, aislado como siempre, dosificaba las concesiones. Nacieron empresas, murieron otras. Al final, All National Airways y Republic Airlines ocuparon el espacio.

Manuel Cervantes, director de All National, tenía fama de hablar sin rodeos. Esa mañana volvió a hacerlo.

—Y es ahí, señor secretario, cuando ustedes deben tener apertura. No es posible que un reclamo sencillo tarde meses en resolverse.

—Espera, no nos acuses de ineficientes, siempre…Interrumpió Santiago.

—Déjalo terminar —intervino Mateo, señalándolo.

—No pretendo acusar, pero debemos reconocer lo evidente —continuó Manuel—. La Administración Federal de Aviación tiene muy poco personal para supervisar. Eso nos deja en desventaja, incluso en rutas domésticas esenciales. Usted sabe cuáles son. El servicio no se puede interrumpir.

Diego, titubeando, murmuró:

—Claro… las rutas al sur, en las islas de Letrán.

—No solo esas —replicó Manuel con dureza—. También al centro: Hachi, Leticia, Resistencia. Industrias enteras dependen de esos vuelos.

El silencio en la sala se volvió incómodo.

Mateo, con gesto resolutivo, concluyó:

—Hagamos algo. Reúnanse después con Diego y Ricardo. Pidan al Congreso una comisión técnica. Que nos den un diagnóstico.

Manuel lo miró fijo.

—A mi entender no hace falta complicar tanto. Usted tiene las respuestas aquí. Pero como ordene.

La reunión terminó poco después. Manuel se levantó y salió de inmediato. Ricardo lo siguió a toda prisa, apresurando los apretones de manos y despedidas con los presentes.

—¿Qué te pasa? —le preguntó.

—Nada. Solo quiero irme. ¿Te queda? Vámonos en el coche.

—De acuerdo. Dame un minuto, voy al baño. ¿No te despides?

—No. Te espero.

Más tarde, en el estacionamiento, ambos se encontraron frente al austero auto blanco de Manuel. Subieron en silencio. Manuel dejó caer el cuerpo contra el asiento, las manos en la nuca, y lanzó un largo suspiro.

—Me duele todo esto —dijo al fin—. Te lo confieso por la confianza que te tengo. No sé si puedas ayudarme, pero me siento atado. Impotente.

Ricardo le acarició el codo, murmurando frases de aliento.

—Enciende el aire, ¿sí?

Permanecieron así casi media hora. Manuel hablaba; Ricardo lo escuchaba sin atender realmente a lo que decía. Para él, no se trataba de comprender, sino de aprovechar. Veía en aquel desahogo una oportunidad para acercarse, para asegurarse un lugar distinguido en las prioridades de Manuel. Poco importaba que eso desgastara aún más la escasa credibilidad que todavía conservaba ante el presidente.



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