Capítulo V "La cuestión trascendental"

La cuestión trascendental

Con el cuello torcido, el cuerpo pesado y el aletargamiento propio de quien apenas ha conseguido arrancarle unas pocas horas al sueño, Mateo recorría la casa como un fantasma. Odiaba aquella sensación. Odiaba la rigidez de la espalda, el cansancio que le nublaba las ideas y, sobre todo, odiaba estar lejos de las comodidades a las que se había acostumbrado en su habitación de la Torre Nacional. Seguía abatido. Seguía humillado. La discusión de la noche anterior permanecía adherida a él como una segunda piel.

Deambulaba sin rumbo fijo de una habitación a otra, incapaz de sostener un pensamiento durante más de unos segundos. Cuando recordaba que tenía sed, de inmediato pensaba en el pantalón que lo había incomodado toda la noche. Cuando decidía ir por agua, se detenía a mitad del trayecto porque se acordaba de que debía cambiarse de ropa. Aquellas pequeñas molestias, insignificantes para cualquiera, parecían enormes dentro de su cabeza. Todo le irritaba.

Terminó refugiándose en su habitación.

Frente al librero empotrado permaneció inmóvil unos segundos, observándolo. Luego se arrodilló y comenzó a sacar las cajas almacenadas en los compartimientos inferiores. Lo hizo con brusquedad. Los papeles volaban por el suelo. Carpetas, fotografías, documentos viejos, notas escritas a mano, recuerdos que en otro momento habría tratado con cuidado fueron cayendo sin orden alguno sobre la alfombra. No le importaba el desorden. Buscaba algo concreto y lo buscaba con la desesperación de quien necesita encontrar una explicación para sí mismo.

Vació una caja.

Luego otra.

Y después una tercera.

Finalmente lo encontró.

Años atrás había preparado una cápsula del tiempo. La había sellado con instrucciones precisas: abrirla en 2030. Todavía faltaba tiempo para llegar a esa fecha. Apenas habían transcurrido nueve años desde que la cerró, pero aquella mañana la prohibición le pareció absurda. Necesitaba respuestas ahora.

Abrió la caja.

Dentro encontró recortes de periódicos que hablaban de acontecimientos que entonces parecían trascendentales, impresiones de conversaciones mantenidas con amigos que ya no veía, letras de canciones que había escuchado hasta el cansancio durante la universidad, fotografías de viajes, un tefilín cuidadosamente doblado y varios objetos cuyo significado ya no recordaba.

Nada de eso era lo que buscaba.

Continuó revisando hasta encontrar un sobre.

Lo reconoció de inmediato.

Era la carta.

La tomó con ambas manos y, por primera vez en toda la mañana, sintió algo parecido al miedo. Regresó apresuradamente a la cama, se dejó caer sobre el colchón y abrió el sobre.

Comenzó a leer.

"Querido Mateo del futuro:

Cuando leas esto, seguramente ya serás alguien que ha recorrido un largo camino, habiendo cumplido muchas de las metas que ahora me propongo. Quizá ya seas un gran licenciado en ciencias políticas, quizá tengas una familia y, sobre todo, espero que hayas dejado una huella imposible de borrar.

Aunque nada de eso servirá si no eres pleno. Estoy seguro de que serás alguien independiente, decidido, alguien que habrá dejado atrás sus miedos. Yo aún no puedo decir eso, pero quien reciba estas líneas es, sin duda, una mejor persona. Espero que seas congruente, amable, comprensivo, generoso, alguien que viva según sus principios.

Estas sesiones de terapia me han ayudado a entenderme. He recibido cariño de los amigos. Han pasado tantas cosas y el futuro me emociona. ¿Qué me puedes contar tú, desde allá? Por favor, mira todo con calma. Respira. Camina hasta los jardines que tanto me gustan y ahí reconoce lo que sientes, valida tus logros y no olvides cuál es la cuestión trascendental de todo esto."

Terminó de leer y permaneció inmóvil.

La carta lo desarmó con una violencia inesperada. Tuvo que volver a leer las primeras líneas porque, durante unos segundos, creyó estar leyendo a otra persona. Ni siquiera recordaba haber ido a terapia. De hecho, le costaba aceptar que aquel muchacho que hablaba de plenitud, de principios y de caminar despacio por los jardines hubiera sido él. Si no reconociera la letra, habría jurado que alguien más se la escribió.

La sostuvo un largo rato entre las manos.

La nostalgia que había comenzado la noche anterior regresó con más fuerza.

En aquellas líneas estaba el hombre que había querido ser.

También estaba el hombre que había dejado atrás.

Durante los últimos años su carácter se había endurecido. Primero como funcionario menor, obligado a sobrevivir entre jerarquías, egos y ambiciones ajenas. Después en la Secretaría de Educación, donde aprendió que la firmeza producía más resultados que la paciencia. Finalmente como presidente, donde la dureza había dejado de ser una herramienta para convertirse en una costumbre.

La carta le planteaba una pregunta incómoda.

¿Dónde estaba aquel joven que soñaba con ser congruente, amable y comprensivo?

La pregunta apareció sin estridencias, pero permaneció ahí.

Se sintió pequeño.

Pequeño frente a sus propias expectativas.

Pequeño frente a la versión de sí mismo que había escrito aquellas palabras con absoluta convicción.

Pensó en los últimos años. Pensó en las veces que había levantado la voz, en las ocasiones en que había disfrutado humillar a alguien durante una discusión, en la facilidad con la que había aprendido a desconfiar de todos. Había construido una reputación de hombre fuerte, decidido, inteligente y capaz. El país entero parecía admirar precisamente esas cualidades.

Pero mientras observaba la carta, no pudo evitar preguntarse si aquel prestigio tenía algún valor si ya no reconocía a la persona que lo había construido.

La duda permaneció allí.

No encontró respuesta.

Y comprendió que tampoco la encontraría ese día.

Los golpes en la puerta interrumpieron el silencio.

Mateo dobló la carta con cuidado y la dejó sobre la cama.

—Adelante.

La puerta se abrió y apareció Santiago Alviz.

Como secretario de Relaciones Exteriores y, en los hechos, una especie de secretario de Estado, había sido enviado por el resto del gabinete para asegurarse de que Mateo no continuara aislándose después de la discusión telefónica de la noche anterior.

Mateo lo observó unos segundos.

Todavía estaba demasiado inmerso en sus pensamientos como para fingir cordialidad.

—¿Estás bien? —preguntó Santiago.

—Claro. Solo estoy indispuesto. ¿Por qué estás aquí?

—Tenemos una reunión programada para hoy. Podemos cancelarla, si lo prefieres.

Organizar reuniones sin propósito se había convertido en una costumbre. Mateo encontraba en ellas una sensación de control difícil de explicar. Le gustaba observar a todos reunidos alrededor de una mesa por una decisión que únicamente él podía tomar. Aquella vez ni siquiera existía un asunto concreto. Había colocado "asuntos generales" en la orden del día y convocado a todo el gabinete. En realidad, se reunirían para tomar café, intercambiar bromas sobre las notas de prensa del día, comentar algún rumor político y prolongar el tedio colectivo en una sala apartada de la Secretaría de Gobernación.

—No, estaré listo enseguida. Gracias.

Santiago asintió en silencio y abandonó la habitación, cerrando la puerta con cautela.

Mateo permaneció inmóvil.

Entrar al mundo de la política había sido, en cierto modo, un accidente. Una consecuencia de muchas otras cosas. El camino que lo había conducido hasta allí no había comenzado en la universidad, ni en la Secretaría de Educación, ni mucho menos en la presidencia. Había comenzado mucho antes, en una época en la que todavía era un niño convencido de que los adultos entendían el mundo.

Durante los primeros años de escuela casi todo había salido bien. Recordaba a sus padres, los domingos en familia y, sobre todo, a su abuela. Las visitas a su casa eran una ceremonia silenciosa de felicidad. Todavía podía evocar el aroma de las sopas calientes que aparecían cada domingo por la noche y que parecían abrazar el alma. Mientras el viento golpeaba las ventanas y los adultos hablaban de asuntos que él apenas comprendía, aquellas comidas le daban la sensación de que el mundo era un lugar seguro. La sopa, el pan caliente, las conversaciones lejanas y la presencia de su abuela formaban un refugio invisible contra todo aquello que existía fuera de esas paredes.

En aquellos años la junta militar castigaba con dureza cualquier desviación. Los adultos lo sabían y los niños también. Bastaba una mirada severa, un gesto de desaprobación o una reprimenda pública para recordar quién tenía autoridad y quién debía obedecer. La disciplina impregnaba la vida cotidiana de una forma que muchos ya ni siquiera cuestionaban. Sin embargo, en casa de su abuela las reglas parecían distintas. Allí el mundo era más amplio, más amable y más libre. Incluso sus padres parecían perder parte de su autoridad cuando cruzaban aquella puerta.

—¿Qué quieres comer? —preguntaba ella con una sonrisa.

Mateo siempre llegaba preparado para responder. Los reportajes de televisión sobre países lejanos y culturas desconocidas alimentaban constantemente su imaginación.

—Quiero comida japonesa.

—La semana pasada querías comida francesa.

—Porque ya probé la francesa.

La abuela reía y terminaban haciendo lo de siempre: llamar al conductor de la familia y emprender el recorrido hacia el centro de Distritos Unidos.

La ciudad todavía era distinta. Conservaba amplias avenidas afrancesadas, edificios de piedra clara, balcones ornamentados y plazas que parecían pertenecer a otro siglo. La modernidad comenzaba a abrirse paso entre aquel paisaje, pero aún no lo había transformado por completo. Para Mateo, el trayecto era tan importante como el destino. Se sentaba junto a la ventana observándolo todo mientras bombardeaba a su abuela con preguntas.

—Pero cuéntame más historias de cuando eras joven. ¿Cómo se veía esto antes?

—Hijo, esa parte todavía no existía.

—¿No?

—No. Cuando mi mamá nos traía por aquí había grandes llanos. Podías ver las montañas con claridad. Había agricultores, corrían aves por todas partes y casi no circulaban automóviles.

A Mateo le costaba imaginarlo.

—¿Nuestra casa no existía?

—No.

—¿Entonces dónde vivían?

—Tu bisabuelita nos trajo aquí cuando yo tenía veinte años. Yo no crecí en esta ciudad.

—¿Y dónde vivías?

La abuela sonreía.

—Eso te lo mostraré otro día.

Aquel "otro día" parecía siempre posible.

Los restaurantes eran exactamente tan fascinantes como un niño podía imaginarlos. Algunos resultaban tan elegantes que parecía prohibido correr o levantar demasiado la voz. Otros estaban decorados como selvas tropicales, con plantas artificiales, sonidos de animales y enormes peceras iluminadas. Había lugares donde pequeñas cintas transportadoras llevaban la comida directamente hasta la mesa y otros con interminables bufetes de postres. Sin embargo, ninguno competía con el restaurante italiano.

Era el favorito de ambos. Allí celebraban buenas calificaciones, logros deportivos, alguna habilidad recién aprendida o simplemente cualquier excusa que justificara reunirse.

—¿Qué vas a pedir? —preguntaba la abuela.

—¡Pasta con carne!

La respuesta llegaba siempre antes de que terminara la pregunta.

A veces los acompañaba su padre o algún otro familiar, pero los recuerdos que Mateo más atesoraba eran los de aquellas tardes compartidas únicamente con ella. Todo el personal los conocía, los saludaba por su nombre y preguntaba por la escuela, los deportes o la familia. Para Mateo aquello era suficiente. Tenía los juguetes que le gustaban, la comida que disfrutaba y la compañía que quería. Nada más parecía importar.

En la escuela también era feliz. Desde muy pequeño dirigía un periódico elaborado por él mismo. Escribía notas, inventaba entrevistas, organizaba secciones y distribuía ejemplares entre compañeros y profesores. Aquella afición llamó la atención de los docentes, quienes celebraban su entusiasmo.

—Serás un gran periodista.

Lo escuchó tantas veces que terminó creyéndolo.

Gozaba de cierta popularidad. Era capaz de dividir una clase entera en dos grupos únicamente con sus opiniones y las defendía con una pasión desproporcionada, incluso cuando no estaba completamente convencido de ellas. No era un gran orador todavía; apenas era un niño descubriendo el placer de discutir.

Aquellos años fueron sencillos. No tuvo conflictos importantes, no sufrió rechazo y no conoció la hostilidad. Su generación permanecía relativamente unida y el ambiente general era cordial.

Pero al llegar al sexto grado todo cambió.

La nueva escuela estaba lejos de casa. El barrio era distinto. Nadie conocía su nombre ni sabía quién era. Las reglas eran nuevas, el uniforme era obligatorio y los códigos sociales eran completamente diferentes. De pronto, todas las pequeñas ventajas que había construido desaparecieron.

La ausencia de su abuela hizo que la transición fuera todavía más difícil. Ella había muerto de manera inesperada, tan inesperada que ni siquiera le permitieron despedirse.

—Te evitaremos ese dolor.

Eso le dijeron.

Durante años odiaría aquella frase.

En el aula todos parecían conocerse entre sí. Las amistades ya existían, los grupos estaban formados y nadie mostraba interés por acercarse. Desde el primer día tuvo la sensación de estar llegando tarde a un lugar donde todos ocupaban ya un sitio.

Su condición de judío complicó todavía más las cosas. La dictadura militar había impuesto una política agresiva contra cualquier manifestación religiosa dentro de los colegios. Los profesores castigaban cualquier expresión visible de identidad y los constantes regaños terminaron señalándolo. Los niños detectaron rápidamente aquella vulnerabilidad.

Para Mateo fue humillante.

Ya había aprendido a identificar a quienes ejercían el acoso y a quienes lo padecían. Se negó a convertirse en uno de ellos. Si no podía imponerse físicamente, encontraría otra forma. Se refugió en el estudio. Decidió destacar y volverse indispensable.

La estrategia funcionó. Los profesores comenzaron a señalarlo nuevamente como ejemplo. Lo utilizaban para ilustrar comportamientos deseables, buenos resultados académicos y disciplina. Aquello creó una complicidad tácita con varios docentes y, al mismo tiempo, una especie de protección.

Durante esos años desarrolló algo más que excelencia académica. Aprendió a debatir, a construir argumentos y a reconocer premisas y falacias. Descubrió que una voz podía ser tan intimidante como la fuerza física. Poco a poco dejó de utilizar el cuerpo para defenderse y comenzó a utilizar las palabras.

El recuerdo de su abuela, sin embargo, nunca desapareció. La herida seguía abierta. Lo que más le dolía no era únicamente la pérdida, sino la ausencia de un cierre. No haber podido despedirse. No haber tenido la oportunidad de decir adiós. No haber entendido lo que ocurría.

Una tarde, mientras regresaba a casa después de clases, llegó a una conclusión que lo acompañaría durante años.

—Jamás volveré a dejar que nadie decida por mí.

La frase apareció con la claridad de una revelación. Con el tiempo comprendería que aquella decisión había moldeado buena parte de su carácter. Fue el origen de su ímpetu, de su necesidad de control y de su obsesión por dirigir los acontecimientos antes de que los acontecimientos lo dirigieran a él.

A medida que aprendió historia, comprendió los conflictos sociales, observó la desigualdad, descubrió la segregación y comenzó a preguntarse por la justicia, terminó entendiendo cuál sería el camino que debía seguir.

Sin saberlo todavía, estaba acercándose a la política.

Los recuerdos fueron disipándose poco a poco, como suele ocurrir con los sueños cuando la realidad insiste en reclamar atención. Por más que hubiese deseado permanecer refugiado en ellos, el tiempo continuaba avanzando y la agenda del día seguía aguardándolo. La política tenía esa desagradable cualidad: siempre terminaba imponiéndose sobre cualquier emoción.

La reunión estaba programada para media mañana.

La sala elegida era pequeña y discreta, una de tantas repartidas en los niveles inferiores de la Secretaría de Gobernación. Las paredes estaban cubiertas por pizarrones que conservaban rastros de anotaciones anteriores, ecuaciones presupuestarias, nombres tachados y diagramas de proyectos olvidados. En el centro descansaba una pesada mesa de caoba cuya superficie reflejaba tenuemente la luz de las lámparas. Los sillones grises mostraban señales de uso constante y algunos cuadros solemnes representaban escenas glorificadas de la historia nacional: generales montando a caballo, fundadores pronunciando discursos imposibles y paisajes heroicos que poco se parecían a la realidad.

Como siempre, se pidió a todos dejar sus teléfonos en la entrada. Era una práctica habitual, una costumbre heredada de los años más desconfiados del régimen. Nadie protestó ni preguntó por qué; simplemente obedecieron.

Los asistentes fueron ocupando sus lugares lentamente. Algunos llegaron con carpetas, otros con tazas de café y otros únicamente con el cansancio acumulado de las últimas semanas. Las conversaciones comenzaron dispersas, saltando de un tema a otro con la naturalidad de quienes se veían prácticamente todos los días. Comentarios sobre notas de prensa, bromas privadas, observaciones sobre entrevistas recientes y rumores administrativos fueron desplazando cualquier posibilidad de orden.

Como ocurría en casi todas las reuniones convocadas por Mateo, el propósito real empezó a diluirse apenas comenzó. Los temas aparecían y desaparecían sin dirección aparente. Al cabo de unos minutos alguien mencionó problemas recientes en el sector transporte, otro respondió, un tercero agregó una anécdota y poco a poco toda la conversación terminó orbitando alrededor de la aviación.

Aquello no era extraño. La aviación ocupaba un lugar especial dentro de la historia nacional. Desde los años de la dictadura había sido uno de los pocos símbolos capaces de sobrevivir a los cambios políticos sin perder legitimidad. Mientras otras instituciones se desprestigiaban, desaparecían o eran reformadas constantemente, los aviones seguían volando.

El país había comprendido muy pronto que necesitaba conectarse por aire.

Las características del territorio hacían inevitable esa conclusión. Las cadenas montañosas dividían regiones enteras, los archipiélagos dispersaban población y actividad económica a lo largo de miles de kilómetros, y muchas zonas industriales quedaban demasiado alejadas entre sí para depender exclusivamente de carreteras o ferrocarriles. Desde las primeras décadas del siglo XX, el transporte aéreo dejó de verse como un lujo para convertirse en una herramienta de integración nacional.

Las primeras compañías fueron pequeñas operaciones de correo que enlazaban ciudades aisladas. Más adelante aparecieron servicios regulares de pasajeros y, con ellos, una nueva forma de entender las distancias. Viajes que antes requerían días podían completarse en cuestión de horas. La expansión fue lenta, pero constante.

Los grandes turborreactores tardaron años en llegar. Durante mucho tiempo fueron las aerolíneas extranjeras quienes mostraron el futuro. Sus aeronaves aparecían en los aeropuertos como visitantes provenientes de otro mundo, trayendo consigo una modernidad que el Imperio Confederado observaba con fascinación y cautela.

Como en casi todos los sectores estratégicos, las concesiones se otorgaban con lentitud y bajo una estricta supervisión estatal. Algunas empresas nacieron con grandes expectativas y desaparecieron pocos años después. Otras sobrevivieron a duras penas hasta ser absorbidas por competidores más grandes. Con el paso del tiempo el mercado terminó concentrándose alrededor de dos nombres que acabarían formando parte de la identidad nacional: All National Airways y Republic Airlines.

Si los ferrocarriles habían contribuido a construir las grandes naciones europeas, los aviones habían desempeñado ese papel en el Imperio Confederado moderno. La geografía prácticamente obligaba a ello. Mantener conectadas las distintas regiones del país exigía una red aérea robusta y confiable, capaz de transportar personas, mercancías y servicios esenciales con una rapidez que ningún otro medio podía ofrecer.

Con el paso de las décadas se desarrolló una auténtica cultura aeronáutica. Los aeropuertos eran motivo de orgullo nacional, los ingenieros aeronáuticos gozaban de reconocimiento internacional y las aerolíneas mantenían una reputación positiva incluso entre quienes rara vez viajaban. Para buena parte de la población, aquellas compañías representaban eficiencia, modernidad y estabilidad.

Por eso mantener la confianza pública era una prioridad política. No se trataba únicamente de imagen o popularidad. Detrás de cada vuelo existían cadenas de suministro, industrias completas, ciudades dependientes del transporte aéreo y miles de personas cuya actividad económica requería desplazamientos constantes entre distintas regiones del país.

Toda esa estructura descansaba sobre una condición básica: que los aviones siguieran volando con seguridad.

Y precisamente esa confianza intentaba reconstruirse después del último gran siniestro ocurrido en 2018, una tragedia cuyos efectos todavía se sentían en los despachos gubernamentales y que, apenas unos días antes, había estado cerca de provocar una crisis política considerable.

Por eso nadie se sorprendió cuando Manuel Cervantes tomó la palabra.

Manuel tenía fama de hablar sin rodeos. No era particularmente diplomático y tampoco pretendía serlo. Esa mañana volvió a demostrarlo.

—Y es ahí, señor secretario, cuando ustedes deben tener apertura. No es posible que un reclamo sencillo tarde meses en resolverse. Además, como industria, no podemos tolerar que nos desacrediten en privado.

Santiago se incorporó inmediatamente en su asiento.

—Momento. Tú no has dado la cara en nada. Tus comunicados, sintiéndolo mucho, son la burla nacional. Yo soy quien ha tenido que...

—Déjalo terminar —interrumpió Mateo, levantando una mano.

Santiago guardó silencio.

Manuel continuó.

—No pretendo acusar a nadie, pero debemos reconocer lo evidente. La Administración Federal de Aviación tiene muy poco personal para supervisar. Eso nos deja en desventaja incluso en rutas domésticas esenciales. Usted sabe perfectamente cuáles son. El servicio no puede interrumpirse, pero tampoco podemos fingir que no vemos lo que está ocurriendo. Los países comienzan a cerrar fronteras. Las restricciones aumentan. Las noticias están ahí.

Diego intervino con cautela.

—Claro... las rutas al sur, en las islas de Letrán.

Manuel negó con la cabeza.

—No solamente esas.

Su tono se endureció.

—También las del centro. Hachi. Leticia. Resistencia. Hay industrias completas que dependen de esos vuelos. No estamos hablando de turismo ni de comodidad. Estamos hablando de regiones enteras cuyo funcionamiento depende de mantener la conectividad.

Nadie respondió de inmediato.

El silencio que siguió fue incómodo. No porque Manuel estuviera diciendo algo nuevo, sino porque estaba diciendo algo que todos sabían.

Mateo observó los rostros alrededor de la mesa. Algunos evitaban mirarlo. Otros fingían revisar documentos. Era evidente que nadie quería asumir responsabilidad.

Finalmente habló.

—Hagamos algo. Reúnanse después con Diego y con Ricardo. Soliciten al Congreso una comisión técnica. Que nos entreguen un diagnóstico y recomendaciones.

Manuel sostuvo la mirada del presidente durante algunos segundos.

—A mi entender no hace falta complicar tanto las cosas. Las respuestas están aquí mismo. Usted las tiene frente a usted.

La sala quedó inmóvil.

—Pero como usted ordene.

Mateo no respondió.

Lo observó acomodarse en la silla, cruzar los brazos y desviar la vista hacia la mesa.

Por alguna razón, aquella última frase le resultó mucho más incómoda que toda la discusión anterior.

 

 

 

La reunión se extinguió poco después, no porque el asunto hubiese quedado resuelto, sino porque todos comprendieron que ya no quedaba nada útil por decir. Las carpetas comenzaron a cerrarse. Las tazas vacías fueron desplazadas hacia los extremos de la mesa. Algunos funcionarios aprovecharon para intercambiar comentarios de pasillo antes de regresar a sus oficinas. Otros simplemente recogieron sus cosas y se marcharon.

Manuel fue el primero en levantarse.

Ni siquiera intentó disimular su fastidio.

Guardó los documentos en una carpeta negra, acomodó distraídamente el saco sobre los hombros y se dirigió a la salida sin despedirse de nadie.

Ricardo lo observó alejarse.

Conocía ese tipo de silencios. Los había visto antes en ministros, empresarios y gobernadores: silencios que no nacían de la calma, sino del desgaste. Sabía reconocer cuándo una persona estaba molesta.

Aceleró las despedidas, estrechó algunas manos sin prestar demasiada atención a los nombres y salió detrás de él.

Lo alcanzó apenas unos metros más adelante.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—No te creo.

—Solo quiero irme.

Continuaron caminando por el pasillo.

—¿Te queda de paso? Vámonos en el coche.

Ricardo sonrió.

—De acuerdo. Dame un minuto. Voy al baño.

Manuel ni siquiera lo miró.

—No tardes.

—¿No te despides?

—No.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

—Te espero.

Más tarde se encontraron en el estacionamiento.

El vehículo de Manuel contrastaba con la flotilla gubernamental que ocupaba los espacios cercanos. Era un automóvil blanco, sobrio, sin mayores pretensiones. Había quienes encontraban extraño que el director de la aerolínea más importante del país condujera algo tan ordinario. Manuel nunca entendió aquella crítica. Consideraba absurdo gastar fortunas en demostrar estatus a desconocidos.

Subieron.

Durante varios minutos ninguno habló.

Manuel dejó caer el cuerpo sobre el asiento. Apoyó la cabeza contra el respaldo, entrelazó las manos detrás de la nuca y cerró los ojos.

Parecía agotado.

No físicamente.

Era un cansancio distinto, acumulado durante meses de decisiones difíciles, llamadas interminables y problemas que nunca terminaban de resolverse.

Finalmente soltó un largo suspiro.

—Me duele todo esto.

Ricardo permaneció en silencio.

—Te lo confieso por la confianza que te tengo. No sé si puedas ayudarme. En realidad ni siquiera creo que puedas hacerlo. Pero me siento atado. Impotente.

El aire acondicionado seguía apagado y el calor comenzaba a acumularse dentro del vehículo.

Ricardo le dio unas palmadas suaves sobre el brazo.

—Tranquilo.

—No puedo.

—Claro que puedes.

—No. No entiendes.

Se quedó mirando el parabrisas, como si buscara una respuesta detrás del cristal.

—Enciende el aire, ¿sí?

Ricardo obedeció.

El ventilador comenzó a expulsar aire frío y un zumbido constante llenó el silencio.

Permanecieron allí largo rato.

Quizá media hora.

Quizá más.

Manuel hablaba.

Ricardo escuchaba.

O al menos daba la impresión de hacerlo.

Porque en realidad no estaba concentrado únicamente en las palabras. Estaba concentrado en Manuel: en sus gestos, en sus preocupaciones, en las grietas que comenzaban a aparecer bajo la imagen de hombre competente que proyectaba ante todos.

Ricardo había aprendido hacía mucho tiempo que la influencia rara vez se construía en los grandes actos públicos. Nacía en momentos como aquel, cuando alguien bajaba la guardia y hablaba desde la vulnerabilidad.

Se habían conocido apenas unos meses atrás durante un congreso aeronáutico.

Por entonces Manuel coordinaba operaciones logísticas para una empresa especializada en servicios aeroportuarios y participaba como ponente en varias conferencias. Ricardo había asistido como invitado político.

Lo vio hablar.

Lo escuchó responder preguntas.

Observó la facilidad con la que dominaba asuntos técnicos que él apenas comprendía.

Y decidió acercarse.

Así era Ricardo.

Nunca esperaba demasiado.

Simplemente aparecía.

Una conversación casual se convertía en una comida. Una comida en una amistad. Una amistad en una alianza.

Con Manuel había ocurrido exactamente eso.

Cuando el gobierno le ofreció dirigir All National Airways, Ricardo había sido uno de quienes impulsaron discretamente el nombramiento.

Le convenía tenerlo cerca.

Y también le agradaba.

Ambas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.

—Yo podría estar en Australia —dijo de pronto Manuel—. Retirado. O trabajando en algo que me guste de verdad.

Ricardo sonrió.

—¿Y qué te gusta de verdad?

Por primera vez en toda la tarde Manuel pareció relajarse.

Una sombra de nostalgia cruzó su rostro.

—Cuando era niño hacía cohetes de agua en el patio.

Se rio brevemente.

—Extraño eso.

—Si mañana apareciera la oportunidad, ¿te irías?

Manuel tardó en responder.

—No lo sé.

Miró por la ventana.

Las luces del estacionamiento comenzaban a encenderse una a una.

—Creo que no.

—¿Por qué?

—Porque me siento responsable.

Su voz se volvió más grave.

—Hay demasiada gente que confía en mí.

Guardó silencio unos segundos.

—Cuando veo a alguien recién contratado tramitar su crédito para comprar su primer coche... cuando escucho que matricularon a sus hijos en una escuela porque creen que el empleo es estable... cuando hablan de planes para los próximos años...

Negó lentamente con la cabeza.

—Veo sus sueños.

Ricardo permaneció callado.

—Y veo que esos sueños dependen de que nosotros hagamos bien nuestro trabajo. Confían en la empresa. Confían en nosotros. Confían en que los aviones seguirán volando.

Su mirada se endureció.

—Eso no puede fallar.

Apoyó ambas manos sobre el volante.

—No sé cómo explicarlo. Es una carga enorme.

—Creo que te lo has tomado demasiado personal.

Manuel soltó una carcajada amarga.

—¡Claro que me lo he tomado personal!

Se giró hacia él.

—La gente como nosotros es así.

Luego bajó la voz.

—Tú lo entiendes, ¿no?

Ricardo no respondió.

No hizo falta.

—Yo sé que a ti también te importa.

Volvió a acomodarse en el asiento.

—Puedes ayudarme con el presidente.

—¿Cómo?

—No dejes que acepte todo lo que le dicen.

—Eso no es tan sencillo.

—Haz que escuche a quienes están en primera línea.

La intensidad regresó de inmediato.

—A los controladores. A los supervisores. A los despachadores. A los pilotos.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Nuestros vuelos salen tarde porque no hay quien procese planes de vuelo. Hay regiones enteras trabajando al límite. Todo mundo lo sabe y nadie quiere admitirlo.

Ricardo asintió lentamente.

—Veré qué puedo hacer.

—Hazlo.

—Lo intentaré.

Después sonrió.

—Pero no hablemos de eso ahora. No me gusta verte tan estresado.

Manuel soltó una risa cansada.

—A mí tampoco.

El trayecto hacia la casa de Ricardo resultó tan pesado como el resto de la tarde.

El tránsito parecía inmóvil y la ciudad avanzaba con la lentitud de una maquinaria agotada.

Los semáforos tardaban una eternidad.

Los vehículos avanzaban apenas unos metros antes de volver a detenerse.

Ni siquiera la presencia de los escoltas de Ricardo, abriéndoles paso cuando podían, lograba mejorar demasiado la situación.

En algún punto del recorrido un camionero hizo sonar la bocina con furia sin reconocer el vehículo “oficial”

El escolta que viajaba delante reaccionó de inmediato.

Hubo gritos.

Después una patrulla.

Más tarde el conductor sería detenido.

Ninguno de los dos comentó el incidente.

Era una escena demasiado habitual para sorprenderlos.

Cuando finalmente llegaron a la casa de Ricardo ya había oscurecido.

Las luces del jardín iluminaban la fachada con una calidez artificial que contrastaba con el ánimo de Manuel.

Permaneció sentado unos segundos más antes de apagar el motor.

Ricardo abrió la puerta.

—Pensaré en todo lo que hablamos.

—Eso espero.

Se estrecharon la mano.

La despedida fue breve.

Pero para Manuel había significado mucho más que una conversación cualquiera. Había sido una rara oportunidad para compartir el peso que llevaba encima, aunque fuera por unas horas.

Y para Ricardo también había sido importante.

Aunque por razones completamente distintas.






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