Capítulo VI "Los duelos"
Los
duelos
Qué
locura de ciudad: ruidosa, sofocante, con olor pestilente que se pega a la
piel. El correo jamás llega a tiempo, y no queda ya rincón que no haya sido
devorado por la urbanización. Del campo al asfalto, un salto brusco,
traumático. Los días en el Imperio Confederado transcurrían con una calma
envenenada, una quietud sostenida por la única obra del gobierno que parecía
avanzar contra toda expectativa. Ese resquicio de eficacia daba al gabinete un
aire de alivio y una aprobación que no era sincera, pero era suficiente para
esos estándares.
En
el despacho de Ricardo, los acabados de caoba brillaban bajo una luz
controlada. Tras cristales, tomos ordenados guardaban años de saber, junto con
decenas de novelas policiacas. Entre libros y ornamentos aparecían consolas de
videojuegos, lámparas de lectura, bonsáis y medallas que evocaban la sombra de
su pasado como presidente. Dominaba la estancia un retrato solemne de Leviev;
al costado, una fotografía de Ricardo mismo, retocada hasta volverlo más
afilado de lo que era en verdad, y, finalmente, otra de Santiago Alviz. La
bandera del Imperio Confederado, dispuesta con cálculo detrás de su silla,
esperaba siempre el disparo de una cámara o la presencia de algún invitado.
A
diferencia de otros despachos, este no se hallaba en la torre nacional, sino
sobre la avenida Unidad, arteria esencial de la ciudad. Ricardo había exigido
insonorización, con un desprecio visceral hacia todo ruido que no fuese su
música. Así lograba acallar el clamor de los cláxones, protesta perpetua contra
el tráfico inmóvil de la capital. La oficina se completaba con lujos y excesos
—cuartos dobles, cámaras de vigilancia, máquinas expendedoras, pisos calefactados,
sofás convertibles, infusiones aromáticas para enmascarar la grasa de las
calles.
En
los días de tedio, Ricardo se recostaba en el sofá cama, instrumental de fondo,
zapatos apartados y litros de café colombiano a mano. Su pasatiempo era hurgar
en los perfiles de funcionarios del gobierno, desentrañar sus vidas privadas y
extraer conjeturas. Ese hábito lo condujo a detenerse en un rostro conocido:
Alejandro Alvarado. De él había escuchado antes, a través de Ulises, secretario
del trabajo, que le había confiado rumores y anécdotas vagas.
Ricardo
y Alejandro se habían cruzado años atrás, casi sin palabras, en un congreso
sobre comercio sustentable en México. Ricardo era entonces secretario de
Gobernación bajo la presidenta Marqués; Alejandro, un funcionario menor en la
secretaría de Comercio. Apenas un par de miradas, pero suficientes para sembrar
algo en Ricardo: atractivo,
pensó.
El
tiempo los volvió a reunir. Alejandro ya ocupaba una subsecretaría en
Programación y Presupuesto, y en las reuniones técnicas sobre finanzas públicas
intercambiaron teléfonos. Al inicio, sus conversaciones fueron formales, pero
pronto se infiltró cierta intimidad.
Pasó un tiempo antes de que volvieran a acordar un
encuentro en persona. La complicidad ya se había instalado entre ambos, discreta
pero firme. Ricardo mostraba un interés cada vez más evidente por Alejandro, y
por eso una cita en una cafetería no resultaba descabellada. El ambiente
tranquilo y bohemio del lugar les resultaba natural, como si ese espacio
estuviera hecho para su complicidad.
Cuando se encontraron, Alejandro lo abrazó con una
efusividad inesperada, casi torpe, y comentó lo difícil que había sido dar con
el sitio. No estaba lejos del edificio de la Secretaría de Gobernación, y esa
cercanía lo volvía doblemente conveniente: accesible y, a la vez, lo bastante
discreto. Ambos estaban complacidos, como si el simple hecho de verse
confirmara una espera que había sido larga.
Eligieron una mesa en la terraza. El espacio se
resguardó solo para ellos, como si hubieran pactado un refugio contra el resto
del mundo. Ordenaron bebidas frescas y, sin demoras, retomaron las
conversaciones pendientes. Hablaron de todo: chistes espontáneos, experiencias
compartidas con conocidos, recuerdos de los primeros días de trabajo, disgustos
con la prensa, tensiones con superiores. Entre risas y cumplidos, el tiempo fue
disolviéndose hasta volverse irrelevante.
—Y
entonces leí tu mensaje, decías que había que tener cuidado conmigo, y yo así…
—Alejandro imitó un gesto de tristeza exagerada.
—Definitivamente no sabía lo que decía, estaba loco. No me hagas mucho caso.
—Ricardo jugueteaba con su vaso de café frío, como atrapado en la mentira.
Alejandro se inclinó, le apoyó una mano en la pierna y lo tranquilizó:
—No fue mi intención incomodarte. No estoy molesto.
Hubo
un silencio breve, y Ricardo sintió que algo se había desplazado dentro de él.
Alejandro habló con serenidad:
—No sé qué pasará con nosotros, pero me alegra que coincidamos. Teníamos que
vivirlo. Me gusta que hayas abierto el horizonte.
—¿Quieres
ir a otro lado? Pido el coche.
—Por supuesto. No podría negarme.
Rieron
de banalidades mientras caminaban a la salida. En el auto, Alejandro impuso su
música, y Ricardo, por primera vez en años, cedió. Ese gesto simple, de entrega
mínima, fue para él un acontecimiento. La noche se consumió en casa de Ricardo,
donde el tiempo se volvió irrelevante.
Max
había amanecido con una idea fija: un homenaje. Su orgullo reposaba en dos
acciones que consideraba decisivas. Planeaba demandar al gobierno de la
dictadura por compensaciones tributarias y, además, crear un sistema de empleos
temporales con la iniciativa privada. Lo suyo era la cautela, la cercanía con
empresarios y técnicos, pero también el gusto infantil de aparecer en la
prensa.
En
alguna ocasión habló en televisión con el fervor de quien confunde obsesiones
con política:
—Debemos destinar más dinero al turismo. Es fundamental, fundamental para que
la gente se sienta plena. No somos nadie para privarlos de eso. Es como cuando
se dice que la salud es responsabilidad individual: uno es lo que come, por
ejemplo, ¿No?
Los
presentadores guardaron silencio incómodo, y ese mutismo les costó sanciones.
Al
día siguiente, Max convocó a un anuncio oficial en la Torre Libertad. Había
elegido uno de los salones más amplios de la Torre Libertad, en la planta
octava. El espacio estaba trabajado con acabados cuidados, de una belleza fría.
Los ventanales dejaban entrar una luz vasta e indiferente, y las comodidades
hacían soportable la presencia de multitudes. Las paredes y columnas estaban
cubiertas por muebles solemnes y cuadros cuyo valor histórico resultaba
incalculable, piezas que parecían exhibirse más como recordatorio de un pasado
ajeno que como ornamento vivo. En un costado, la librería albergaba escritos y
copias de archivos de catastro del primer gobierno colonial del Imperio, cuando
todavía funcionaba bajo la forma confederal que le dio origen.
Fue
en ese salón donde Max eligió anunciar los cambios al presupuesto federal.
Estaban convocados todos los actores relevantes, expectantes de conocer las
nuevas prioridades del régimen. El lugar, con su peso escenográfico, parecía
hecho para ese propósito. Y, como en todo lo que rodeaba a aquel gobierno, lo
idóneo se confundía con lo inevitable.
—Antes
de comenzar, quisiera que todos nos pongamos de pie. ¿Estamos todos? ¿Todos
atentos? Gracias por estar aquí. Como saben, para la Secretaría de Hacienda es
prioritario dar cauce a los proyectos de nuestro señor presidente, licenciado
Mateo Siddartha Leviev Tenenbaum. Con su venia, me permito, antes que nada,
rendir un homenaje. —Carraspeó la garganta, acomodó las manos sobre el atril y
prosiguió—.
—Mis
dos duelos. Este espacio es para ellas: mi madre y mi perrita Shei. Seres de
luz que el mundo no supo merecer…
El
silencio fue más pesado que las columnas del salón. Lo que debía ser un anuncio
presupuestal se transformó en confesión íntima, y la prensa recogió el ridículo
con voracidad. El evento se tornó confuso. Los empresarios se refugiaron en los
canapés, murmurando entre ellos con una indiferencia creciente hacia el orador.
Parecían más felices de encontrarse entre pares que de presenciar el ridículo
que se desarrollaba en el estrado. El discurso se prolongó demasiado. Max,
entre memorias personales, dejaba escapar lágrimas en los momentos de mayor
exaltación. La escena incomodaba a los pocos que aún le prestaban atención: su
ayudantía y algunos reporteros oficialistas que escribían por inercia.
Cuando el discurso terminó, una de sus sobrinas subió al estrado, lo abrazó y lo ayudó a descender. Max parecía agotado, como si aquellas palabras —que a sus ojos habían sido poderosas— lo hubieran dejado sin fuerzas. Ignoró al resto de los asistentes y abandonó el recinto sin agradecer ni cerrar el acto. El gesto dejó un vacío confuso.
Algunos
de los empresarios y productores más ególatras, se ofendieron de inmediato. Lo
comentaron con reporteros, lo difundieron en comunicados internos de lectura
obligada para sus empleados, lo repitieron en sobremesas y lo hicieron llegar a
funcionarios menores en todas las secretarías bajo su influencia. Los medios
críticos del gobierno amplificaron el episodio hasta convertirlo en un pequeño
escándalo.
Ricardo,
siempre atento, no se detuvo a medir el alcance de esas voces. No le
interesaban las quejas, sino la oportunidad. El desliz de Max encajaba
perfectamente en sus planes.
Ricardo
comentó después a Mateo:
—Un secretario de Hacienda tan ajeno a la realidad no puede conducir las
finanzas de un país.
—Quizá tengas razón —respondió Mateo, sin firmeza.
—Míralo así: es tu amigo, pero no es la primera vez.
Días
después, Max presentó su renuncia. Ricardo ya tenía reemplazo.
—Alejandro Alvarado. De Programación. Un perfil limpio, técnico, sensible. Lo
que necesitamos.
—¿Lo apoyará el Congreso?
—No tiene pasado político, eso es lo mejor. Nuestro gobierno se beneficiará de
alguien así. Confía en mí, Mateo. La última vez fallaste. Es momento de
enderezar la vara.
Maximiliano
Montoya presenta su renuncia; Alejandro Alvarado, propuesto como sucesor en
Hacienda
Por: Francisco Gutiérrez
Distritos
Unidos, 18 de febrero de 2020.– El secretario de Hacienda, Max Montoya,
presentó este lunes su renuncia al cargo tras encabezar la estrategia de
empleos temporales apoyada en la iniciativa privada, uno de los proyectos estratégicos
impulsados por la actual administración.
En
un breve mensaje, Montoya agradeció al presidente Mateo Leviev la confianza
depositada en él desde el inicio del gobierno:
“Agradezco
la entera confianza de nuestro señor presidente, quien, desde el inicio, dejó
claro que la vocación por servir a la nación debe predominar, ante todo. En
este proyecto, deposité la mejor voluntad de mi equipo para enfrentarnos a los
retos que nos importan a todos. Las alianzas y estrategias que definimos al
comenzar esta administración dan las bases para construir el país que queremos”,
afirmó.
Durante
su intervención, Montoya rindió un homenaje personal a la memoria de su madre y
de su mascota, gesto que, aunque fue aprovechado por sectores de la oposición
para el golpeteo político, también es muestra de la humanidad que caracteriza
al gobierno del presidente Leviev.
El Ejecutivo confirmó que, de inmediato, se envió al Congreso la propuesta de nombramiento de Alejandro Alvarado, actual subsecretario de Programación y Presupuesto, para ocupar la titularidad de la Secretaría de Hacienda. En la Torre Nacional, Montoya y Alvarado sostuvieron un encuentro en presencia del presidente Leviev, con el fin de garantizar una transición ordenada que dé certeza a empresarios e inversionistas sobre la continuidad del proyecto económico en curso.


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