Cronología del dolor: Una dictadura y la democracia confederada
Los guardianes
En los mejores años del presidente Vivanco podía decirse que existía una verdadera democracia. Los tormentosos años de la dictadura militar habían quedado atrás hacía ya un tiempo, aunque el país seguía en el lento aprendizaje de ser un país. Una nación joven necesita construir su propia mística: los valores que la sostienen, los héroes que la representan, los símbolos que le otorgan permanencia, el reconocimiento de la cultura, la identidad compartida.
El Imperio Confederado es, en ese sentido, una nación culturalmente abundante. Sus festividades lo prueban: la mayoría se celebran en familia, pero existen también fechas reservadas a los introvertidos, jornadas dedicadas a la autorreflexión y al arrepentimiento, en las que el eje central es la memoria íntima antes que la celebración pública.
Fue en marzo de 2001 cuando la antigua dictadura militar, que había gobernado con puño de hierro desde 1915, finalmente se derrumbó. Durante casi un siglo los mandos castrenses sofocaron la disidencia, aislaron al país del exterior y se empeñaron en una autosuficiencia económica, alimentaria y tecnológica. El experimento resultó un fracaso. La nación atravesó periodos oscuros en los que las hambrunas eran la norma, la energía eléctrica un lujo y el acceso a aparatos tecnológicos casi imposible para el ciudadano común. El aparato productivo estaba sometido por completo a las necesidades de los militares. Eran años complejos, duros, que hoy resultan difíciles de imaginar.
En abril de 2001, el nuevo gobierno civil encabezado por Fernando Alonso Ruíz García puso las bases del país que hoy se conoce. La economía se liberalizó, las tecnologías comenzaron a entrar, y el modo de “defensa” dio paso a una apertura escuálida, pero suficiente para calmar muchas de las dolencias nacionales. Sin embargo, quedaron heridas profundas: personas desaparecidas sin causa judicial, derechos nunca reconocidos. El nuevo gobierno civil, a pesar de su legitimidad, no ofreció justicia ni para las víctimas ni contra los artífices de la dictadura: desde el tribunal militar que impartía su versión de “justicia” hasta los guardias que mantenían el “orden”. Todos ellos, culpables seguros de crímenes, se disolvieron bajo nuevas identidades y los salvoconductos que el propio presidente Alonso les concedió. Después de todo, una transición “pacífica” debía pagar un precio.
Se adoptó el dólar como moneda y se fundaron instituciones civiles. Fueron años de avance acelerado en lo económico, lo social y en materia de derechos y libertades. De ese aire de plenitud nacieron muchos de los valores que todavía hoy identifican al país.
El nuevo gobierno civil, con la intención de crear una nueva clase política, comenzó a reelegirse. Alonso debía permanecer en el poder hasta 2004, pero no existían partidos capaces de presentar candidatos. Con el voto del aparato bastaba: Alonso fue reelegido. Los cambios eran tantos y tan novedosos que nadie cuestionaba nada. Así pasaron los periodos de gobierno hasta que, inevitablemente, el Partido Nacional Social presentó a su primera candidata: Angélica Concepción Cárdenas, empresaria que defendía una mayor liberación económica y la aplicación de valores cristianos en un país ya profundamente diverso. Allí convivían tres lenguas oficiales —español, portugués e inglés— junto a una docena de lenguas indígenas en las regiones montañosas. La candidata perdió las elecciones de 2010, pero su postulación fue señal clara: la población no aceptaría indefinidamente un mismo presidente.
En 2011 llegó uno de los episodios más oscuros. El 3 de septiembre, militares retirados con apoyo de políticos radicales intentaron recuperar el poder por la fuerza mediante un golpe de Estado. Primero bloquearon el acceso al Congreso y a los bancos más importantes; después atacaron el Palacio de Gobierno. El palacio se encontraba entonces en las cercanías de Puerto Espadas, en lo que hoy es un auditorio y anexo de la Facultad de Ingeniería.
Ese día, el Departamento de Policía de Distritos Unidos y las fuerzas militares se enfrentaron frente a frente. La policía, con su escaso equipo de primer respondiente, tenía poco que hacer, pero defendió hasta la muerte al presidente Alonso. Quedaron grabadas las imágenes de fuerzas del orden combatiendo entre sí; recorrieron el mundo. Alonso fue asesinado, pero la intervención rápida de almas heroicas impidió la toma definitiva del poder.
El país quedó sacudido por años convulsos, vacío de liderazgo. Alonso había sido una figura influyente, y su ausencia dejó acuerdos inconclusos, tratos en suspenso.
La vicepresidenta Claudia Mónica Solís asumió entonces el mando, cuando aún existía esa figura. Gobernó de 2011 a 2014 y se le recuerda por acentuar el aislamiento internacional, por los años de efervescencia cultural, por las protestas que paralizaban las ciudades casi a diario, por los desastres naturales que dejaron huella y por un crecimiento económico relativamente sólido durante su gestión.
Con el paso de los años la población comenzó a exigir más del país. Llegó una nueva generación: jóvenes nacidos en la república que alcanzaban la edad universitaria. Ese reto imponía la necesidad de una visión fresca sobre el panorama nacional. Pero la clase política confederada seguía siendo pequeña, y los candidatos, escasos.

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