En estos tiempos modernos
En estos tiempos modernos
En
estos tiempos modernos todo es por computadora. Los muchachitos nacen con ellas
y se hacen expertos. ¿Qué esperanzas de que yo le entendiera? No, no, no.
Muchos botones, demasiado rápido… yo no sabría ni picarle. Hoy todo depende de
esos aparatos: no puedes hacer nada sin computadora. En el banco me piden que
descargue una aplicación. Y yo ni teléfono tengo. Le pedí a mi hija que me compre
uno, que mi nieto me explique. Ya no vienen a visitarme, pero con suerte
vendrán más seguido si les pido ayuda con eso.
Mi
hija es profesionista, trabaja en una gran empresa extranjera, tiene su casa,
su camioneta, dos preciosos hijos y una familia como Dios manda. Es mi orgullo
entre mis amigas de la iglesia y entre mis hermanas. La vida nos llevó por
caminos distintos. De mi sacrosanta madre, solo yo me quedé a vivir aquí.
Fueron años de dictadura muy duros, no todos pudieron soportar. Tremendos años
aquellos.
Salgo
todas las mañanas a barrer mi banqueta y aprovecho para saludar a los vecinos.
Son amables, considerados, a veces me traen pan y lo agradezco. Aquí todavía se
cocina buen pan. Tengo una casa bonita y amplia, no como esas cajas de fósforos
donde ahora meten a la gente. Mira mis macetones de la puerta: esa planta la
tengo desde 1995 y sus hojas ya tocan el techo. Es como otra hija.
Déjame
poner café de olla y ya verás que te sigo contando. No me gusta salir muy
lejos, apenas camino alrededor de un restaurante. Miro a la gente comer sin
hablarse, todos con la vista en sus teléfonos. Me da curiosidad si de veras son
tan interesantes como para mirarlos todo el tiempo y no alzar la cara a los
colibríes que aparecen en la ventana. Ay, los jóvenes de ahora con sus
perdiciones. Ya nadie quiere estudiar ni jugar a la pelota en la calle.
Me
disculparás si no tengo más comida. ¡Nombre! A mis años… ya me da pereza
cocinar. Jijiji. Después de setenta y seis años entre ollas, a veces prefiero
salir a comer tranquila. Hay una panadería que sirve porciones generosas, sin
azúcar en el agua; mi diabetes lo agradece.
El
ritmo de esta ciudad me pesa. Ya nadie piensa en los viejos como yo. No aplanan
las banquetas, los autobuses son muy altos, las escaleras del metro no
funcionan, ningún coche te cede el paso. Y se molestan si me demoro en la fila
porque no alcanzo a leer. He aprendido a no amargarme. Cuando se es tan vieja
como yo, ya no queda tiempo para preocuparse por nimiedades. Los demás tendrán
el tiempo que yo ya tuve.


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