Estoy anclado a ti
Estoy anclado a ti. No sé cuánto más lo estaré.
Solía
disfrutar mis paseos al trabajo. Cualquiera habría dicho que era afortunado:
tenía empleo en una gran empresa alemana, monté mi propio negocio, manejaba un
coche elegante, viajé por el mundo para conocer sabores y colores de otras
banderas. Fui siempre el chico disciplinado en los estudios. No porque mis
padres lo exigieran, sino porque en el fondo esperaba que se sintieran
orgullosos. Destaqué en todo: buen deportista, bebedor ocasional con amigos,
cumplí el servicio militar obligatorio y, mejor aún, era un buen ciudadano. Me
paraba del lado derecho en las escaleras, no tiraba basura, daba monedas a los
necesitados. Incluso adopté un gato que se metió una tarde por la ventana del
departamento que rentaba.
No
recuerdo el día exacto en que la cama comenzó a tener un imán tan fuerte. Antes
cargaba pesas en el gimnasio, soñando con viajes a Panamá o a España, y eso me
llenaba de energía. De pronto mis brazos y piernas comenzaron a pesar. Hasta lo
más simple, cocinar, se volvió cuesta arriba. El único alivio era escuchar que
el repartidor subía hasta mi puerta con la comida. Odiaba a los que llamaban
desde la entrada para que uno bajara a recibirlos.
Mi
trabajo era bueno. Al inicio, cuando recién egresé y obtuve un contrato de
prácticas, mi familia decía que era el empleo de mis sueños. Y lo era.
Trabajaba en estado de flujo: música en los audífonos, dedos veloces sobre el
teclado, planos desplegados en la pantalla. Todo se me daba con facilidad.
Ascendí muy rápido. Tuve todo. Hasta que te conocí.
Te
amé con una intensidad obscena. Al principio no sabía si me corresponderías.
Persistí hasta que cediste a mis mensajes torpes. Me propuse entrar en tu
mundo, incluso lo escribí como propósito de año nuevo: “Estaré tan cerca de ti
que un día nos daremos el beso más grande que la humanidad haya visto”. Eras
hermosa. Tu cuerpo definido, tus labios carnosos, tu pelo esponjoso. Brillaba
todo a mi alrededor cuando iba a verte. Los problemas eran de papel contigo. Yo
era el hombre más poderoso del mundo cuando me dabas tu atención.
Al
menos así solía ser.
No sé
si podré perdonarme por lo que hice. Soy desconfiado, cobarde, imbécil. Creí
que con un perfil falso descubriría una deslealtad tuya. Qué equivocado estaba.
No sé qué quería comprobar. Siempre fuiste mía, lo decías todo el tiempo cuando
en tu coche hablábamos por horas. Escuchabas con paciencia, aunque no siempre
de acuerdo, porque me querías. Fui un tonto.
Cuando
todavía lograba vencer al imán de la cama, me vestía como otro hombre: saco,
zapatos, cantaba en el tráfico. En la oficina bromeaba con mis compañeros, reía
mucho. Debí haber buscado apoyo. Nunca fui sociable: mi círculo se limitaba al
trabajo. ¿Salir con amigos? Olvidé lo que era desde que terminé la universidad.
Ignoré
todo porque pensaba que la depresión era solo llorar todo el día. En realidad,
dolía el pecho a menudo. Después llegó el vacío: incapaz de sentir nada. Todo
gris, incluso los días más calurosos. Poco a poco todo se volvió fastidio: los
niños gritando en la calle, los aviones en el cielo, el clic de los semáforos
peatonales. Todo era odioso.
Me
convertí en autómata desde que te perdí. En el trabajo aún recibía halagos,
pero al llegar a casa el infierno comenzaba. Mi mente se dedicaba a destruirme,
hasta que lo consiguió.
Ojalá
algún día me perdones. No tiene justificación lo que hice. Me aferro al último
abrazo, al último entrenamiento juntos en el gimnasio, a la última comida
compartida. Esos días fueron lo mejor de mi corta existencia.
No
dejo mucho atrás. Solo pido que nadie cargue con la culpa. El único responsable
fui yo.

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