Mi idiota
Mi idiota
Mi
esposo es un idiota, pero es mi idiota.
Hace
meses que no tiene trabajo. El desempleo está tan severo que esta noche
tendremos que omitir el cereal con leche. Estamos precarizados. Nuestros
políticos prometen; creo que el presidente guapo puede sacarnos del atorón en
el que nos dejó la arpía de su jefa. Siempre que le pido que se esfuerce un
poco más, retuerce la boca. No soporto su vello facial. Odio que se deje crecer
la barba: se ve sucio, abandonado. Tan guapo sin barba, y parece no importarle
lo que pienso.
Trabajo
como burro día y noche. Salgo de casa siendo de noche y vuelvo cuando ya
oscureció. Las horas extras apenas sostienen la casa. Vivo de marear al
raboverde de mi supervisor, mantenerlo contento para que autorice esos pagos.
Es incómodo, es agotador. ¿Has estado en algo así? Son sacrificios por la
familia. No quiero a mi suegra metida en nuestra casa aportando dinero; apenas
cabríamos. No me malinterpretes: me agrada, pero siempre quiere opinar sobre
nuestra vida, y eso es inoportuno.
Después
de todo, disfruto vivir. “Tará, tará”… esa canción es genial. “¡Buenos días!”,
le digo siempre al conductor del autobús, y él me responde. Es refrescante. La
vida se siente bonita cuando el sol calienta mis pies. Incluso de camino al
trabajo.
Pienso
en mi esposo cada vez que veo enamorados en la calle andando en el autobús.
Pienso en nuestros años de universidad, cuando el futuro parecía prometedor.
Eran tiempos bonitos. Hablábamos de viajar a México en verano. Nunca lo
hicimos. Quizá llegue otra época mejor. Aunque me cueste levantarme temprano,
pienso que tengo un gran hombre a mi lado. Soy afortunada. Entrena para un
maratón; eso lo motiva. Y yo lo amo tanto como para recoger sus tenis apestosos
en el pasillo cuando regresa. Es desordenado, pero me tiene a mí para cuidarlo.
El
domingo salimos a tomar un helado a Jabaquara. Dios, qué vestidos se venden
ahí. Esos vestidos Ivory, esas perlas discretas, ese diamante en un anillo… sé
que me compraría algo así si se lo pido, prefiero no hacerlo para no
presionarlo, el dinero no nos sobra, pero no hace falta tampoco. Una interrupción
más…odio en lo que se convierte cuando habla con sus amigos. Lo desconozco. Le
pesa acompañarme a hacer las compras. Debería agradecer que tenemos una tienda
24 horas; puedo abastecer la casa después del trabajo. Pero es un buen hombre.
Discutimos y llegamos a acuerdos. Él lavará los platos dos veces por semana. A veces
debo volver a lavar los vasos, pero sé que se esfuerza. Me ama.
Tengo
la sensación de que no sabe poner límites a mi suegra. A veces creo que hablan
mal de mí. Ella le da la razón sin preguntarme. Podría tener mi versión si
supiera que no me pesa amarlo y cuidarlo a la vez.
Me
gusta cuando me abraza por las noches, aunque amanezca con la boca apestosa por
no cepillarse. Se burla de mi ritual de piel, pero ese es mi único momento de
paz tras atender a millares de clientes.
El
vestido que me compró me queda genial para el trabajo. Verme bien me hace
disfrutar la vida. Lo amo tanto, aunque desearía que no guardara en su teléfono
tantas fotos de mujeres que dejan poco a imaginar.


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