Olvidamos un cuaderno
Olvidamos un cuaderno
De nuevo vamos tarde a la escuela.
Estos son mis dos niños, hermosos, han pasado siete años haciéndonos felices. Fueron muy esperados por mi marido, por mi familia y por mí. El cabello les brilla, los ojos son de su padre, la piel conserva la misma belleza que yo tuve en la juventud. Somos una familia afortunada. Mis hijos empiezan a resolver operaciones, sumas de dos cifras; aventajados frente a su clase, tan listos como su padre.
Elegimos para ellos uno de los mejores colegios de la zona. Procuramos llevarlos en coche de manera alternada: un día me toca a mí, otro día a él. Nuestros trabajos nos exigen ausencias largas en las mañanas, pero la escuela queda de camino, lo que nos simplifica el tránsito, aunque siempre sea intenso, desesperante, interminable. Me cuesta creer que nadie haga nada por arreglar esta ciudad. Esos semáforos parecen estar ahí solo para probar nuestra paciencia.
Mis niños son el mejor regalo de la vida. Desde que llegaron, vivo por y para ellos. No quiero que les falte nada. Quiero que su mayor preocupación sea querernos sin reservas, y claro, cumplir con sus deberes escolares, aprender a ser buenos y amables. Quizá por eso a mi marido y a mí no nos pareció mala idea adoptar a una paloma que no podía volar. Ahora es parte de la familia. Una mascota peculiar, pero siempre les repito: debemos aprender a amar a todos los seres de este planeta. Es perfecto así como es.
Cada anochecer, mi esposo y yo nos organizamos para prepararles el desayuno y las loncheras: jugo, una manzana o un plátano, un pan con queso, algo de verdura. Queremos que crezcan sanos, bien nutridos. Nos esforzamos por elegir lo mejor. No queremos que vivan lo que nosotros vivimos, cuando apenas alcanzaba para comer una vez al día, una simple lata de atún.
Perdón, qué desconsiderada: he hablado tanto sin presentar a mi esposo. Nos conocimos a los diecisiete. Ambos nacimos en Kansai. Nos enamoramos de inmediato. Él me propuso escapar de sus padres. Yo era muy joven, hice locuras, pero no me arrepiento. Él es trabajador, halló un buen empleo como administrador en el Instituto Nacional de Salud. Nos escapamos juntos y, aunque al principio nuestros padres no lo aprobaron, con el tiempo aceptaron nuestra decisión. Ahora somos una familia sólida, feliz. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Estoy agradecida con esta ciudad y con lo que me ha dado.
Anhelo ver a mis hijos crecer, convertirse en hombres, seguir nuestros pasos con el mismo amor incondicional que solo los padres comprenden. A veces son traviesos, pero siempre estoy ahí para tenderles la mano. Richi, el mayor, ha empezado a usar la bicicleta. Aún tengo que sostenerle la espalda para darle confianza. No importa cuánto me canse corriendo detrás de él, lo seguiré haciendo. Eso hace una madre.
El más pequeño es Ángel. Le pusimos así porque lo es. Siempre sonríe, siempre trae un abrazo para calmar la angustia. Cuando nos atormentan las deudas o la incertidumbre, aparece y nos rodea con sus brazos. En esos momentos siento que todo lo malo se disipa y entra en mí una claridad inexplicable, como si nos diera la respuesta a nuestras cargas. Por eso es nuestro Ángel.
Hoy en la escuela deben disfrazarse de héroes nacionales. Este mes recordamos a quienes dieron su vida por el país. Quiero que mis hijos recuerden al presidente Alonso, que murió defendiendo la república. Que no olviden nunca los años de dictadura militar que vivimos. Ellos lo tendrán presente y serán buenos ciudadanos.
…
“En estos momentos se reporta un accidente en la avenida Bandeirantes, al norte de la ciudad. Un vehículo de carga ha colisionado lateralmente contra un automóvil particular. Los cuerpos de emergencia trabajan en el rescate de los ocupantes, que permanecen atrapados en el interior. La zona ha sido acordonada por bomberos…”
…
La culpa es mía. No puedo perdonarme. No estuve ahí para protegerlos. Me desgarra imaginar el miedo que sintieron, el dolor. Solo puedo pedirles perdón por no haber sido suficiente.
Los vi. Estaban aterrados. Yo atrapada entre fierros, incapaz de moverme. Quise alcanzar sus manos, pero no pude. El destino me juzgará. Yo solo quería ser una buena madre.
Ricardo quizá crea que sigo molesta por olvidar su cuaderno. Quisiera decirle que no importa. Que no debe preocuparse más. Que algún día estaré con él para cubrirlo con mi cuerpo, como debí hacerlo.
Ángel, mi niño, quizá querría abrazarme ahora para curar mi alma de esta pena que me destruye. Pero no pude hablarles. Me desmayé antes. Ni siquiera logré tranquilizarlos. Estaban solos. Tenían miedo. Lo arruiné. Lo arruiné.
Hoy no sé por qué vivo. Se me han acabado los motivos. Tal vez lo único que me sostiene es pensar en una causa justa. No entiendo por qué estas cosas nos ocurren a los que solo queríamos ser buenos.
Ahora lucho porque nuestras leyes exijan estándares mínimos de seguridad en los autos. Yo no sabía que nuestro coche estaba entre los peor valorados en seguridad. Yo no sabía que esa avenida carecía de señalización adecuada.
Con suerte, la llamarán “Ley Hermanos”, en honor a mis dos hijos.


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