Contra el polvo
Hace unos meses, mi vida se transformó por completo. Odio definir nuestras personalidades con etiquetas; me resisto, con obstinación, a esa tentación fácil de reducir lo humano a una palabra, a un signo, a un diagnóstico que pretende contenerlo todo. Soy más que un VIH+.
Mi sonrisa, el amor inconmensurable que le doy a los demás, el calor de mis brazos, el cuidado que le doy a mi jardín, ese pequeño territorio donde cada hoja parece responder a una paciencia que no sabía que tenía, me gusta pensar que soy esa energía que voy dejando por el caminar de mi vida, como si cada paso, incluso los más torpes, fuese depositando una huella tenue, invisible, pero persistente.
Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera.
Decidí aprender a recitar poesía para mi público: dos aves que se paran en mi ventana, fieles, elegantes, atestiguando la vida mientras yo enfrento, sin mucho éxito, una revuelta contra el polvo que entra a diario por las interminables obras de esta ciudad. Hay algo casi irónico en esa escena: yo, declamando versos con solemnidad, y el mundo, afuera, desmoronándose en partículas diminutas que se cuelan sin permiso, como si la realidad insistiera en recordarme que todo intento de orden es provisional.
Sé que soltarte esta novedad al inicio puede generarte un impacto enorme, una sacudida, una incomodidad que no sabes muy bien dónde colocar, así que estoy tratando de distraerte, de rodear el asunto, de ofrecerte otras imágenes, otros ritmos, pero como sé que tienes interés en preguntar todo aquello que crees indiscreto hacer, y sé también que no lo harás por pudor, por educación o por miedo, tendré la amabilidad de contestarte, de adelantarte lo que no te atreves a formular.
¿Cómo fue? Disfrutando de mí y de los demás. Quizá te sorprenda pensar que nunca fui, o al menos no me considero como promiscuo. Mi hermana piensa que soy de lo peor, que debí reconocer al chico que me transmitió el virus. Siempre decía: “Oh, eres tan pequeño e iluso, no seas tan confiado”, como si pensar y creer en la bondad de los extraños fuese un crimen, como si la confianza fuese una forma de negligencia moral.
“I have always depended on the kindness of strangers.”
Esa frase, que suena como una confesión, o peor aún, como una condena, se me quedó grabada. Tal vez, sin saberlo, yo también había decidido vivir así: confiando, entregándome a esa idea de que en los otros hay algo rescatable, algo digno de ser abrazado. Y ahora, al mirar hacia atrás, no sé si esa dependencia fue una forma de valentía o una ingenuidad que se paga caro, pero sé que, aun con todo, no me arrepiento de haber creído.
No creo que quieras entrar en detalles. Mil veces en mi mente ha dado vueltas ese momento y, algo que disfruté, ahora se volvió amargo y repulsivo, como si el recuerdo hubiese sido contaminado por una verdad posterior que lo reescribe todo. No diría que odio a esa persona; cada uno, a mi forma de ver las cosas, tiene su responsabilidad, y la mía no es menor por el simple hecho de que me duela.
¿Cómo lo supe? Comer en la calle siempre fue habitual en mí. Corriendo a la escuela y a mi pasantía eran la alternativa perfecta ante tan apretada agenda, una solución práctica que nunca cuestioné demasiado. Algo de lo que comí, en algún punto, fue lo suficientemente en mal estado como para hacerme saber que debía elegir mejor los lugares, tal vez con mejor higiene, quizá con mejor sabor, o al menos con una promesa menos evidente de desastre. Esa infección, desde el inicio, se sentía extraña, no era común, se sentía con mucha más ferocidad que en ocasiones anteriores; me estaba tratando peor que un cadete en la ciudad de los perros, como si hubiese una voluntad detrás del malestar, una insistencia, una crueldad metódica. Algo fue distinto, lo supe desde el principio, aunque no quise admitirlo.
Como medida de control, procuré hacerme estudios y, cuando recibí la noticia, al inicio quería creer que se trataba de un error, una equivocación técnica, un desliz del laboratorio, hasta que las pruebas de respaldo lo confirmaron con esa frialdad que no deja espacio para interpretaciones. En ese momento me derrumbé; no hubo transición, no hubo proceso, fue un colapso inmediato. Solo pude atinar a llamarle a mi mejor amiga, contarle y tirarme. Mis piernas no respondían a mi llamado, permanecí ahí durante horas, como muñeco de trapo, despersonalizado, sin alma, con una gran etiqueta que cayó del cielo y me catalogaba como “enfermo”.
Así me sentía: como indeseable.
Pensaba que ni una sola gota de amor podría recibir de ahora en adelante. Me sentía con la obligación de decirlo, como si ocultarlo fuese una falta moral, y esa obligación pesaba más que cualquier otra cosa. A esa carga se sumaba lo que asumí como la decepción de todos. “El enfermo”, me pensaba, reduciéndome yo mismo a esa palabra, como si anticipara el juicio ajeno para hacerlo menos doloroso.
No entendía nada. La negación era dura, insistente, repetitiva: “tiene cura”, “quizá es un error”, “¿dónde?”, “¿con quién?”. Preguntas que no buscaban respuestas, sino refugio.
Contarle a mi círculo fue declarar una unilateral ruptura de relaciones. No hubo acuerdos, no hubo términos, solo consecuencias. Ahí supe quién estaba conmigo por amor genuino a mí y quién quería algo más de mí; supe quién me sostenía, quién permanecía, quién dudaba. Pero, por encima de todo, encontré la versión más resistente de mí, aquella versión que, aceptando esta nueva realidad, fue capaz de darse el amor que merece, el sitio en mis consideraciones personales que me permite reunir el valor cada vez que recibo mis estudios de control. Aquella versión con el coraje suficiente para leer y entender mejor al VIH, para mirarlo de frente sin que eso significara rendirme ante él.
Esta es la versión que quiero ser, a la que encontré por los motivos equivocados, pero que siempre estuvo ahí, esperando quizá una crisis, una fractura, una caída que la obligara a salir.
Hoy soy todo aquello que enterré en el pasado, cuyo peso de las expectativas ajenas ocultaron bajo una alfombra, como si esconderlo bastara para hacerlo desaparecer, pero que de sus cadenas liberé cuando enfrenté esto con la responsabilidad debida. Mis medicamentos a tiempo, una rutina baja en estrés, una alimentación ligeramente controlada y, sobre todo, buenas dosis de medicina con quienes me sostienen, para quienes puedo significar algo por todo lo que tengo que dar, porque sentirme digno de dar amor y de recibirlo en la misma medida fue un gran paso, quizá el más difícil de todos.
Hoy no soy el mismo y lo agradezco. No te diré que no pienso en ello y no decaigo; hay días duros, días en los que el peso vuelve, en los que la etiqueta intenta reaparecer con más fuerza, pero entendí que esos días no me definen, así como las etiquetas no definen quiénes somos ni lo que podemos entregar.


Comentarios
Publicar un comentario