¡Nada es gratis!

 Empecé estudiando ingeniería industrial en la Universidad Nacional. La verdad, como pasaba las tardes viendo televisión en mi casa, de niño imaginaba que de grande me dedicaría a construir máquinas. En aquel entonces veía como algo ideal trabajar en una fábrica. Esa era la imagen que tenía del éxito profesional, así que terminé estudiando una ingeniería.

Fueron años muy buenos. Estar con los amigos, reprobar uno que otro examen, estudiar cuando tocaba, salir con mi novia, jugar videojuegos hasta el amanecer en casa de Paco. Tiempos buenos aquellos.

Al salir de la universidad, y gracias a las prácticas profesionales, entré a la Secretaría de Comercio y Fomento de la Industria. Trabajaba gratis para el gobierno de la junta militar. Para ese entonces tenía un walkman que escondía en el baño para escuchar música mientras sacaba copias o me esclavizaba foliando tomos interminables.

Afortunadamente, una tarde un excompañero de clase dejó un recado con mi mamá. Lo encontré al volver de la oficina. Me informaba que el licenciado Robles me estaría esperando al día siguiente en sus oficinas de la avenida Salitre.

Tomé prestado un traje de uno de mis hermanos, que me quedaba grande, conseguí unos zapatos más o menos decentes y al día siguiente llegué antes incluso de que abrieran las oficinas. Quise tomar todas las precauciones posibles porque nunca había salido mucho más allá del centro de la ciudad. La zona corporativa me parecía otro mundo y no quería perderme ni llegar tarde.

La entrevista fue un éxito. Prácticamente enseguida empecé a trabajar con el licenciado y, demostrando esfuerzo y constancia, fui ascendiendo dentro de la empresa.

Aunque nunca ejercí exactamente lo que estudié, me convertí en un referente dentro de mi área. Todos los administrativos de nómina que trabajan con prestaciones quisieran saber lo que yo sé sobre normativa de seguros, salarios, compensaciones y beneficios laborales. A mi cargo, ningún asalariado venido a más recibe algo que no le corresponde conforme a la reglamentación.

No cualquiera llega a dominar esos temas.

Hace algunos años incluso me entregaron un reconocimiento interno por organización y eficiencia administrativa. Todavía conservo el diploma. Cuando llevas décadas viendo cómo funciona una empresa, aprendes rápidamente quién produce resultados y quién simplemente ocupa espacio. No me pueden pedir que ignore esa diferencia en una organización tan importante como esta.

Por eso, cuando surge un problema complicado, terminan buscándome a mí.

Los jefes saben que no hay como yo.

A veces llegan los que quieren que uno se conmueva por su situación. Pero así como yo tuve que aguantar enfermedades, hambre y carencias para llegar a donde estoy, ellos también tienen que aprender esa lección. La vida funciona así y la empresa no está para regalar nada. Mi responsabilidad es protegerla.

Claro que nunca falta el insurrecto, el villero que intenta acusarme con la administración. En esos casos saco la normativa, abro el reglamento y le digo: “Permíteme que te ilustre un poco”. Ahí está todo escrito. Todo justificado. Incluso el argumento mejor construido puedo desarmarlo en cuestión de minutos.

Si quieren más, que se pongan a camellar.

Aquí nada es gratis.

Cuando compré mi carro fue exactamente así: ahorrando y ahorrando. Dejando de comer fuera, privándome de muchas cosas y ahorrando otra vez. Nadie me regaló nada. Por eso me cuesta simpatizar con esos pelados que viven pidiendo subsidio tras subsidio, que no pagan impuestos, se saltan el metro y después exigen que el Estado les resuelva la vida.

Y claro, este gobierno comunista sabe perfectamente cómo hablarles.

Les promete cobertura médica gratuita, apoyos, programas y beneficios. Yo he visto por dentro esos nidos de corrupción que llaman oficinas públicas. Todo es burocracia. Todo es lentitud. Se atienden dos asuntos en la mañana y después la conversación pasa a ser: “¿Y qué vamos a comer?”. Yo estuve ahí, trabajé ahí.

A mí nadie me lo cuenta.

Lo que pasa es que a las clases medias nos quieren castigar porque les molesta que algunos hayamos progresado. Les incomoda que haya personas que sí hicieron las cosas bien.

Pues que se pongan a camellar.

No me quiero imaginar el precipicio al que va a llegar este país cuando estos bandoleros terminen de acabar con todo. Basta con mirar el precio de la gasolina. Nos quieren pobres para depender de sus políticas.

Y eso que soy una persona viajada.

He conocido Europa, Asia y los Estados Unidos.

A mí nadie me cuenta cómo funcionan las cosas afuera.

Por eso me parece increíble que haya gente que jamás ha salido de su barrio y pretenda explicarme cómo funciona la economía. No estaría de más que todos esos que viven rascándose la barriga con el dinero de nuestros impuestos ahorraran unos cuantos dólares al mes y salieran a conocer el mundo. Les haría bien.

Yo ya conozco el éxito en la vida.

Calzo bien.

Visto bien.

Viajo.

Y en algún momento tendré mi propio apartamento para compartir con mis amigos una tarde de fútbol, un buen asador, cortes finos y mucha cerveza.

Por ahora sigo viviendo con mi hermano mayor.

No porque no pueda independizarme, que quede claro, sino porque ambos entendemos las ventajas de compartir gastos. Además, la casa es grande y cada uno tiene su espacio.

Mi hermano piensa parecido. Casi no nos vemos porque ambos trabajamos todo el día, pero el arreglo funciona bien, por ahora, aunque a veces no quieran poner para arreglar el baño

Estoy esperando que el licenciado Robles me apruebe un préstamo y con eso creo que salgo tablas para todo lo que quiero hacer.

¿Puedes escribir una carta de recomendación para mí?

Eso puede ayudar.




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