Una dama hecha a la usanza de antes

 Bienvenidos a esta su humilde residencia, ¿desean café?

La verdad es que no sé muy bien cómo describirme. Nunca me habían pedido algo así. Supongo que diría que soy una buena persona. Una mujer bastante normal. Soy divorciada, no tengo hijos y vivo con mi madre. Trabajo como recepcionista en uno de los hoteles que están sobre la avenida Camiles, aquí en Distritos Unidos.

El propietario es un hombre bueno. De verdad bueno. Se preocupa por nosotros, pregunta cómo estamos y, cuando las cosas van bien, reparte una parte de las ganancias entre el personal. Incluso a veces dispone cierres anticipados para que podamos irnos a descansar. No es el empleo de mis sueños, pero después de todo me sirve para lo que realmente importa, que es estar para mi viejita.

Ya está muy mayor. Requiere muchas medicinas, terapias y consultas. A veces tengo que pedirle mucho, pero mucho perdón por estirar unas horas las pastillas. No porque quiera hacerlo, sino porque esos precios son impagables. No hay forma de que un salario honesto alcance para cubrir todo eso. Ni se diga los especialistas particulares, esos son un mundo aparte.

Diría que los doctores del sector público son buenos. A veces tienen poco tacto, pero son muchachos muy preparados, elegantes incluso, y en cierto modo entienden la situación. Claro que cuando descubren que he retrasado algún medicamento termino regañada, pero tampoco puedo decir que no tengan razón.

No puedo quejarme de mi vida.

Elegí divorciarme porque siempre he sido muy fiestera. Me gusta tomar cerveza, uno que otro trago de vodka, salir a bailar salsa y divertirme con mis amigas. Cuando ellas no pueden, mi prima me acompaña. Siempre hay espacio para hacer la vida un poco más ligera.

Además, tampoco soy de noches largas. Por mucho, a las cuatro de la mañana ya estoy acostada con un vaso de agua junto a la cama para aminorar los efectos de la resaca.

Mi marido nunca entendió que me gustara la salsa. Para él fue un escándalo verme en una cancha de fútbol llanero viendo jugar al hijo de una amiga mientras me tomaba una cerveza. Yo solo estaba disfrutando el ambiente. Para él aquello era un problema. Para mí era una tarde cualquiera.

Yo tampoco me dejo. Así que terminamos acordando separarnos.

Ahora que lo pienso, quizá sí soy una persona responsable.

En el trabajo procuro ser amable. Mi uniforme está planchado, sin manchas y bien presentado. Me gustan los tacones. Sí, todavía uso tacones. Una dama hecha a la usanza de antes entenderá perfectamente la elegancia de esos centímetros extra, de caminar derecha, de la postura y de esa sonrisa que sale natural cuando una se siente bien consigo misma.

A mí me gusta verme así.

Cuando salgo del trabajo tomo mi bolsa, la aprieto contra el pecho, miro el cielo mientras cae la tarde y agradezco al Eterno un día más. Las llaves y los pendientes se quedan en la oficina. Al salir, soy otra persona.

Lo único que quiero es que el trayecto en autobús termine rápido para llegar a casa, abrazar a mi mamá, servirle el caldo que le gusta, quitarme los zapatos, sacarme el pantalón y prepararme ese té de frutas que tanto me encanta.

Eso es probablemente lo que más disfruto de mis días.

Bueno, eso y pintarme un poco para sentirme bonita. Solo que a veces me despierto demasiado desvelada como para pensar demasiado en eso, aun así, nunca me paso, que horror parecer fantasma trabajando.

En fin, algunas personas dirían que debería ver mi situación con menos optimismo. Yo no lo creo.

He aprendido a abrazar el presente.

También he entendido que las noches que me quedan sentada en el sofá junto a mi mamá no van a durar para siempre.

Le he dado mucho amor, tal como ella me lo dio a mí, aunque fue una mujer severa.

Un día encontré una fotografía suya cuando era niña y entendí algo que me tomó años comprender: muchas de las cosas que hizo las hizo porque tenía miedo. Miedo de equivocarse, miedo de que nos faltara algo, miedo de no saber cómo cuidarnos. creo y he entendido que hizo lo mejor que pudo.

Ella no es una mujer afectuosa. Quizá nunca me agradezca las horas que pido para salir antes del trabajo o que mis vacaciones ya no sean viajes a la playa, sino consultas médicas y terapias. Pero la he perdonado.

Y, de alguna manera, siento que ella también me ha perdonado a mí.

Así que aquí seguimos.

Un día tras otro.

Y mientras ella siga aquí, yo seguiré teniendo prisa por volver a casa.

Ahora sí.

¿Un café para seguir?




Comentarios

Entradas populares