Ya no se presentan oficios en duplicado
Gracias por venir. A ver, ¿cómo empiezo a hablar de mí?
Tengo un trabajo que me gusta. Trabajo de nueve a cinco, de lunes a viernes, en el Departamento de Programación y Presupuesto de la Secretaría de Hacienda. ¿Ves ese edificio que destaca allá? No, no es la Torre Nacional, tampoco llego a tanto. Me refiero al edificio de Hacienda. Es uno de los más grandes de la ciudad. Siempre me ha gustado. Desde lejos impone bastante, aunque después, cuando entras, descubres que está lleno de gente común haciendo su trabajo, como en cualquier otro sitio.
Quiero empezar diciendo que estoy muy contento con este gobierno. Creo que nuestro presidente, el licenciado Leviev, es un hombre muy preparado. Un estadista en toda regla. Va trabajando poco a poco para seguir haciendo grande al país. Claro que no todo puede lograrse en unos cuantos meses, eso es evidente. A veces me sorprende que la gente espere resultados instantáneos para problemas que llevan décadas acumulándose. Pero bueno, así es la política. Hay quienes prefieren creer lo que dicen ciertos medios golpistas, que viven instalados en una realidad alterna donde todo está mal y nada funciona. O peor todavía, hay quienes parecen añorar los tiempos en que cualquier decisión importante dependía de lo que pensaran en los Estados Unidos. Yo no.
Me gusta mucho lo que hago. Me dedico a elaborar proyecciones financieras. Utilizo variables macroeconómicas, construyo escenarios, reviso tendencias, ajusto modelos y, a partir de esos números, los equipos técnicos definen junto con el secretario de Hacienda qué decisiones conviene tomar y cuáles no.
Los números siempre fueron lo mío.
No por nada fui uno de los mejores promedios de la Escuela Superior de Física y Matemáticas Aplicadas, de la que soy orgullosamente egresado. Mi educación fue pública. Por eso mi postura siempre ha sido favorable al Estado. Gente como yo, que no nació entre privilegios ni fortunas, pudo estudiar gracias a que existían instituciones públicas. El pueblo, pues. Además, me remuneran bien. Bastante bien, diría yo. Vivo en la justa medianía, como debe ser. No necesito más.
Los salarios mejoraron con la presidenta Marqués durante su último año y, sinceramente, nunca he entendido esa obsesión de algunas personas por acumular cosas. Yo estoy cómodo. Tengo mis libros, mi bicicleta, mi departamento y la posibilidad de ayudar a mi mamá cuando lo necesita.
De hecho, voy al trabajo en bicicleta.
No entiendo a esos conductores que viven enojados por el tránsito. Dicen que la ciudad es un caos, que es imposible moverse, que todo está colapsado. Yo los veo quedarse detenidos durante horas mientras paso a su lado escuchando música. Sus caras no tienen desperdicio. Claramente les molesta. A mí me parece hasta divertido.
Mi bicicleta me lleva prácticamente a cualquier lugar que necesito. Y cuando la distancia es mucha, siempre está el metro. Tenemos una red amplia, eficiente y bastante más cómoda de lo que la gente reconoce. La verdad, esta ciudad me gusta mucho. Se vive bien aquí.
Yo no sé qué más quiere la gente.
En la administración pública trabajamos jornadas completas. Tenemos los mismos días de vacaciones que cualquier trabajador. Sin embargo, pareciera que a los empleados públicos siempre nos toca recibir los golpes. No pueden vernos comiendo porque ya somos unos flojos. No pueden vernos salir a la hora porque ya somos unos privilegiados.
Y no es así.
De hecho, el gobierno se ha modernizado bastante. Antes había que presentar un oficio por duplicado para prácticamente cualquier trámite. Ahora gran parte de eso se hace desde una plataforma digital. La información llega directamente al sistema y puede capturarse de inmediato. Lo sé porque antes ocupaba un escalafón más bajo y me tocó vivir todo ese proceso. Ahora ya no, pero la gente rara vez reconoce esas mejoras.
Incluso pienso que, si el Estado tuviera algunas facultades adicionales, muchas cosas podrían funcionar todavía mejor. Somos extremadamente respetuosos con ciertos sectores que no siempre actúan de buena fe. A veces me pregunto por qué el gobierno no ha expropiado esa televisora que se dedica exclusivamente a atacar al presidente y a su equipo. Técnicamente podría hacerse. Y si necesitaran ayuda para calcular una indemnización justa, yo levantaría la mano encantado.
Pero bueno, si me pongo a hablar de política no terminamos nunca, ¿verdad?
Ja, ja, ja.
Insisto en algo: estoy contento con este gobierno. Claro que tiene errores. Todos los gobiernos los tienen. Pero por primera vez siento que la gente como nosotros está representada. Mi mamá siempre dice que antes las cosas eran para otros. Que nosotros solo mirábamos desde afuera. Que había puertas a las que ni siquiera valía la pena tocar porque sabías que jamás se abrirían.
Ahora no siento eso.
No sé si sea una revolución, como dicen algunos. Pero sí creo que es un país un poco más justo. Y si me preguntas qué ocupa mis pensamientos en este momento, la respuesta es sencilla: mis vacaciones.
Tengo planeado llevar a mi mamá al norte del país, a Olegário. Este invierno habrá mucha nieve. Quiero verla hacer siluetas sobre el hielo, caminar por las calles cubiertas de blanco y reencontrarse con sus hermanas, a quienes no ve desde hace años.
Pienso en eso y me pongo feliz.
Imagino el chocolate caliente, las tardes viendo televisión, una cama cómoda después de caminar todo el día y, por supuesto, salir a esquiar. Para mí el frío nunca ha sido un problema. Soy de esos que llaman Team Frío.
Además, el vuelo es relativamente largo, así que tendré tiempo de continuar leyendo varios libros que llevan meses acumulando polvo en mi biblioteca. Pienso volar con All National Airways. Es la aerolínea del Estado y siempre me ha parecido importante apoyar lo nacional cuando se puede.
Aunque, si te soy sincero, hay otra cosa que me tiene pensando.
Estoy indeciso sobre si invitar a un chico que recién estoy conociendo.
Obviamente tendría que pagarse su boleto. Eso ni siquiera está a discusión.
Pero no sé.
¿Es muy atrevido proponer algo así?
Imposible decidir.


Comentarios
Publicar un comentario